At His Beck & Call (Sterling House) 8. Lissa #2
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8. Lissa #2

Contengo el bufido que amenaza con escaparse de mis labios. No soy preciosa, pero quizá lo dice para tranquilizarme.

Después de completar un círculo, vuelvo a quedar frente a él.

Poco a poco, como si tratara de no asustar a un animal salvaje y espantadizo, se levanta y camina detrás de mí, coge mi silla y la aparta contra la pared. Permanezco de pie, escuchando sus movimientos y el sonido de la ropa que se quita, preguntándome qué querrá hacerme.

Entonces vuelve a colocarse frente a mí. Se ha quitado la chaqueta, pero aún lleva puesta la camisa. Recorro con la mirada su enorme pecho. Es impresionante, está hecho como de granito y es ridículamente alto. Yo apenas le llego a la clavícula.

—Me gustaría hacerla sentir bien —dice mientras levanta una mano y me coloca detrás de la oreja un mechón suelto—. ¿Qué le parece?

Me muerdo el labio y asiento, sin tener ni idea de lo que significa eso.

El dorso de sus dedos me roza la mejilla y desciende hasta el cuello.

Después sigue bajando, pasa sobre la curva de mi pecho y, con el pulgar y el índice, me pellizca el pezón con muchísima suavidad.

Algo se agita en mi interior, pero, sobre todo, siento los nervios mordiéndome el estómago por dentro.

—¿Todo bien? —pregunta.

Asiento y entonces se aleja. Al otro lado de la habitación hay una escultura. Es de bronce, como todo lo demás en el despacho, pero, al mirarla, me doy cuenta de que su forma resulta un tanto extraña.

La escultura descansa sobre algo que sobresale de la pared. Parece un par de alas en pleno vuelo, cuyas bases forman una V contra la pared.

Coge la escultura, la levanta de las alas y la deja en el suelo. Después vuelve a incorporarse y hace algo que no alcanzo a ver. Se oye el sonido de metal moviéndose y desbloqueándose.

Al volverse, me tiende una mano. Me acerco a él, con tanta curiosidad que ya no me siento tan cohibida por mi desnudez, y frunzo el ceño cuando veo lo que ha hecho.

La figura alada que sostenía la escultura se ha separado de la pared y, ahora que la veo de cerca, no son tanto unas alas.

Se parece más bien a dos letras U colocadas una junto a la otra, con una tela acolchada y suave sobre una plataforma más ancha en la base.

La miro, todavía confusa de cojones, y entonces Oliver me pone las manos en la cintura.

—Se lo enseñaré —dice, y contengo el aliento cuando me levanta sin ningún esfuerzo y me deposita encima de aquello.

Mis muslos encajan perfectamente en el hueco de cada forma y mi espalda queda apoyada contra la pared, con las piernas abiertas, el culo sostenido y el cuerpo expuesto ante él de una manera que me aterra y, a la vez, me intriga muchísimo.

—Mmm, muy bien —dice con una voz baja y profunda mientras retrocede para mirarme—. Si lo necesita, puede agarrarse a las asas que tiene debajo.

Mis dedos descienden de forma automática, necesitados de algo a lo que aferrarse, y mis palmas se cierran en torno a las dos frías asas metálicas.

Tiene esto a plena vista en su despacho. Para que cualquiera lo mire sin llegar a saber nunca cuál es su verdadera función. Joder.

Entonces Oliver se arrodilla y alza la mirada hacia mí con una ceja arqueada.

—Voy a saborearla y quiero que intente relajarse. ¿Cree que podrá hacerlo, Lissa?

Se me escapa un pequeño sonido involuntario y después hago un asentimiento casi imperceptible.

Se inclina entre mis piernas y, sin previo aviso, su lengua traza una larga línea ascendente por mi cuerpo con una intensidad que me hace sacudirme violentamente hacia atrás.

Al instante, levanta las manos para agarrarme los muslos mientras succiona mi clítoris, y un grito de sorpresa escapa de mis labios. Hace años, años, que James no hacía esto, y nunca con tanta habilidad.

Estoy jadeando antes de darme cuenta, con la zona lumbar hundiéndose en el asiento blando mientras él me lame y su lengua penetra dentro de mi cuerpo al tiempo que emite un gemido grave desde el fondo de la garganta.

Ese sonido ya está haciendo que pierda el control. Oír a este hombre enorme expresar su placer resulta embriagador.

Se aparta mientras dejo escapar otro pequeño gemido, y bajo la mirada hacia él con asombro. Debo de tener la confusión y la sorpresa escritas en la cara, porque suelta una risita grave.

—¿Todo bien? —pregunta. Asiento, y él se sienta sobre los talones—. Otra regla. Necesito que me lo diga con palabras.

—Sí —digo sin aliento.

—Y, al mismo tiempo, necesito que haga el menor ruido posible.

Diga lo que necesite, pero nada de ruidos fuertes.

Este despacho está insonorizado; necesito el máximo silencio posible cuando me concentro en el trabajo, pero no me fío al cien por cien, y no quiero que nadie sepa lo que sucede aquí fuera del horario laboral. ¿Lo entiende?

Asiento.

—Sí.

—Me gustaría probar otra cosa —dice mientras alcanza uno de los estantes inferiores de la librería que tengo al lado y coge uno de los adornos de bronce. Es pequeño, con forma de huevo, y comprendo al instante lo que es en cuanto lo veo en su mano.

—¿Me permitiría introducir esto dentro de usted? Me gustaría verla perder el control para mí.

Me estremezco y lo miro con una punzada de inquietud. Hace más de un año que no tengo nada dentro. ¿Me hará daño? Es pequeño, pero aun así...