8. Lissa
Lissa
La habitación está tan oscura como antes, con la iluminación tenue y las persianas bajadas.
¿Este tío es un vampiro o qué?
Me quedo junto a la puerta, incómoda, mirándolo.
Está sentado ante su escritorio, con las yemas de los dedos unidas sobre el estómago.
Señala la silla que tiene enfrente y voy a sentarme, agradecida por la sensación reconfortante del cojín bajo el culo.
Siento que las piernas podrían fallarme en cualquier momento.
Hay algo distinto en el despacho, y miro alrededor con curiosidad, intentando averiguar qué es. La superficie del escritorio parece igual, pero hay varios adornos de bronce dispuestos por el borde. También hay más en las estanterías. Esos son nuevos; estoy casi segura.
Durante un buen rato, reina el silencio entre nosotros. Me pregunto si me preguntará si Adelaide se ha marchado o si queda alguien más en la oficina, pero me da la impresión de ser un hombre al que nada pilla jamás por sorpresa.
No se inquieta ni parece vacilar en nada de lo que hace. Es directo, inflexible. Firme.
No sé si se debe a la forma en que me habló ayer, al carácter tranquilizador de sus palabras o a su insistencia en que yo aprobaría todo antes de que empezáramos.
Pero noto que, en su presencia, los nervios van remitiendo poco a poco.
Por extraño que resulte, mi cuerpo siente algo parecido a la seguridad.
Hace muchísimo tiempo que no me siento a salvo cerca de un hombre.
Pero, de repente, todas esas buenas sensaciones se esfuman.
Los pensamientos sobre James irrumpen en mi mente; los recuerdos de los malos tiempos me dejan un sabor ácido en la garganta. La ansiedad crece aunque intento reprimirla, pero asciende al galope, se descontrola y se convierte en el principio de un ataque de pánico.
No puedo hacer esto. ¿Por qué pensé siquiera que podría? ¿Qué hombre iba a desearme? Soy inútil, fea, frígida...
Heath se quita el reloj.
Ese gesto tan extraño capta mi atención, y observo cómo sus dedos rodean su gruesa muñeca mientras abre el cierre y acerca el reloj hacia mí.
Es un Jaeger-LeCoultre Polaris. Lo reconozco de los catálogos que James recibía por correo. Aunque él nunca llegó a comprarse uno. Cuestan más de sesenta mil cada uno.
—Quiero que siga el segundero, por favor —dice Heath—. Cada cuatro segundos, inspire; después, contenga el aire durante cuatro y luego espire durante otros cuatro. Repítalo si puede. —Su voz es un murmullo grave—. Yo haré lo mismo. Solo vamos a respirar juntos durante cinco minutos, ¿de acuerdo?
Lo miro con el ceño fruncido.
¿Es una broma? ¿No debería estar arrancándome la ropa o algo así? ¿Por qué pierde el tiempo intentando enseñarme a respirar?
Cuando cojo el reloj de su mano, nuestros dedos no se rozan, y tengo la sensación de que es deliberado.
Bajo la mirada hacia el reloj, cuyo segundero avanza por cada número con precisión calculada. Al cabo de un rato, me doy cuenta de que estoy haciendo lo que me ha dicho, respirando a su ritmo.
Ya había probado antes ejercicios de respiración para la ansiedad, y nunca habían servido de mucho, pero esto, en el oscuro refugio de su despacho, con él observándome, es una experiencia completamente distinta.
Poco a poco, el corazón vuelve a calmárseme, y la bola de miedo que tengo en el pecho se disipa hasta desvanecerse. Cuando levanto la mirada hacia él, hay algo nuevo en sus ojos, algo que se parece muchísimo a la aprobación.
—¿Mejor? —pregunta, como si estuviera hablando del tiempo.
—Sí. Lo siento.
Niega con la cabeza cuando le devuelvo el reloj.
—No se disculpe. Todo esto es nuevo. —Se lo vuelve a abrochar en la muñeca y recupera la postura anterior—. ¿Está preparada para hablar un poco de lo que vamos a hacer?
Asiento, incapaz de hablar cuando su mirada ardiente se cruza con la mía. Me cuesta mantener los ojos fijos en él; es tan intensa que provoca un pequeño escalofrío en mi cuerpo.
—¿Qué le parece la idea de estar atada?
Jesús. Directo al grano.
Miro alrededor como si unas cuerdas fueran a caer del techo y empezar a enrollarse alrededor de mis muñecas.
—No lo sé —respondo con sinceridad—. Lo siento. Supongo que eso no ayuda mucho.
—En realidad, ayuda muchísimo.
Al oír esas palabras, la tensión abandona mis hombros, y la satisfacción regresa cuando me ve relajarme contra la silla.
—¿Se opondría a probarlo en algún momento? Hoy no. No lo introduciría tan pronto. Pero me gustaría conocer su opinión.
Me lo planteo. En serio. Me imagino inmovilizada por él, incapaz de escapar. La idea no me resulta del todo desagradable. Y ahora mismo eso no tiene ningún sentido para mí.
—Es posible. ¿Quizá solo las manos? —propongo con cautela.
Él asiente.
—Anotado. ¿Y qué le parecen los juguetes?
—Eh... ¿Se refiere a... juguetes sexuales? —pregunto mientras las mejillas empiezan a arderme de repente con una intensidad feroz que me resulta humillante. Sus labios se curvan en el más leve amago de sonrisa.
—Sí. Juguetes sexuales. Consoladores, plugs, vibradores, ese tipo de cosas. ¿Los ha utilizado antes?
—No. A James no le importaba mi placer.
—Mmm. De acuerdo. La misma pregunta. ¿Le gustaría probarlos?
—No lo sé. —Otro asentimiento—. ¿Quizá?
Joder, qué vergüenza.
—No tiene nada de lo que avergonzarse —dice, y levanto la mirada hacia él—. Todo lo que hagamos en esta habitación es privado. Este es un espacio seguro. Y nunca debería sentir que aquí no puede decir lo que desea.
—¿Puedo hacerle preguntas? —pregunto.
—Siempre puede preguntar. Aunque puede que no siempre responda.
—¿Y si son, eh..., sobre las cosas que le gustan?
—Esas preguntas puede hacerlas sin duda.
—¿A usted le gusta utilizarlos? ¿Los juguetes? —pregunto.
—Sí. Bastante, siempre que la otra parte esté de acuerdo. Tengo una regla, y es importante —dice—. Le pido que no me toque. En absoluto. A menos que yo la invite a hacerlo.
Lo miro fijamente, sorprendida por la forma en que lo dice, como si fuera algo de lo más normal.
¿No quiere que lo toque en absoluto? ¿Cómo vamos a mantener relaciones sexuales?
—Esa es la única regla absoluta —continúa—. Hay otras cosas de menor importancia que quizá le pida si es necesario. Pero estoy dispuesto a probar cosas nuevas con usted si así lo desea.
—Pero ¿no puedo tocarlo?
—No.
Me remuevo, confusa respecto a cómo va a funcionar esto, pero decido seguirle la corriente. Al fin y al cabo, este es su rodeo; yo solo voy de acompañante.
—¿Ha utilizado alguna vez palabras de seguridad? —pregunta con naturalidad.
—No.
—¿Entiende lo que son?
A estas alturas debo de tener el color de un tomate.
—Sí. Quiero decir, he oído hablar de ellas.
—¿Le gustaría elegirlas o prefiere que lo haga yo?
—¿Vamos a utilizarlas? —pregunto, asombrada.
—Es posible. Para mí son una parte importante del proceso. Nunca quiero hacer algo que la incomode y, a veces, es más sencillo tener una palabra que ambos hayamos acordado por si es necesario detenerse de inmediato.
—¿Decir «no» no sirve? —suelto, y durante un segundo la curva de sus labios parece casi diabólica.
—A algunas mujeres les gusta decirlo incluso cuando, en realidad, no quieren que pare —responde con la voz más grave de lo habitual.
Un escalofrío me recorre la columna.
—Puede elegirlas usted —digo deprisa, esperando que no perciba el pánico en mi voz.
—Muy bien. Lo mantendremos sencillo. Amarillo significará que debo ir más despacio.
Rojo, que debo parar. Eso significa que todo se detendrá durante el resto del tiempo que nos quede ese día.
Si a las cinco y un minuto dice «rojo», pararemos y hablaremos de lo sucedido.
¿Ha quedado claro? Sin embargo, le pediría que nunca abandone la habitación sin que hayamos hablado de lo ocurrido.
Para mí es muy importante comprender sus necesidades además de las mías.
—De acuerdo.
Ahora hay en sus ojos un fuego que antes no estaba ahí, como si alguien hubiera pulsado un interruptor. La transformación es embriagadora y, para mi absoluto asombro, envía una descarga de placer por todo mi cuerpo.
—Lissa, me gustaría que se quitara la ropa, si se siente cómoda haciéndolo. Puede quedarse en ropa interior si lo prefiere. O conservar puesta cualquier prenda que desee.
A veces tiene una forma curiosa de hablar, como si fuera un lord en una enorme mansión inglesa. Siento el absurdo impulso de reírme.
Quizá sí sea un vampiro.
Entonces comprendo lo que acaba de pedirme, y mis inseguridades salen a la superficie como una serpiente.
¿Qué pensará de mi cuerpo? Solo he estado con un hombre y, al final, James no dejaba de recordarme lo inferior que era.
Me pongo en pie, agradecida por poder quitarme los incómodos zapatos, y los coloco con cuidado junto a la silla.
—¿Quiere que...? ¿Quiere que cuelgue la ropa? —pregunto, pensando si debería dejarla amontonada sobre la silla.
—Como prefiera, Lissa.
Me quito cada prenda de forma metódica y cuidadosa, intentando mantener las palabras de Beth en mi cabeza mientras lo hago.
—No eres fea, Lissa. Un hombre feo te dijo eso para controlarte y asegurarse de que nunca comprendieras lo increíble que eres. Eres preciosa. Siempre lo has sido.
Me tiemblan los dedos, pero los ignoro mientras termino de quitármelo todo. Tenía intención de dejarme puestos el sujetador y las bragas, pero, por algún motivo, reservar eso para otro día me aterra aún más que desnudarme por completo ahora. En algún momento va a verme desnuda; bien podría ser hoy.
Su rostro permanece impasible mientras me observa, y yo no puedo mirarlo. Estoy expuesta y vulnerable, de pie frente a la silla, con la ropa amontonada encima de los zapatos. Reprimo el impulso de cubrirme el torso con los brazos y, en vez de eso, entrelazo las manos detrás de la espalda.
Soy muy pálida comparada con él. Tiene la piel aceitunada, y me pregunto si será en parte italiano. Odio ser tan pálida.
—Gracias —dice con el mismo tono sereno—. ¿Podría darse la vuelta ahora?
Lo hago, intentando mantener la respiración regular.
—Preciosa.