At His Beck & Call (Sterling House) 7. Lissa
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7. Lissa

Lissa

No salgo del despacho lo bastante rápido. La extraña y opresiva atmósfera que parecía pegada a mí como una segunda piel se desvanece en cuanto cierro la puerta.

Suelto el aire sin haber sido consciente de que lo contenía. Al levantar la vista, espero ver a Adelaide, pero su silla está pulcramente recogida bajo el escritorio y ella no aparece por ninguna parte.

Claro… Son más de las cinco de la tarde y ha terminado por hoy. Evidentemente, es una decisión consciente del señor Heath para mantener la discreción. Al fin y al cabo, no puede permitir que sus otras asistentes ejecutivas lo oigan follándome.

El estómago me da un vuelco al pensarlo. Ese hombre es absolutamente enorme. ¿Cómo de grande tendrá la polla?

Me seco las palmas sudorosas contra la falda y me acerco al escritorio junto al que había estado esperando, mirando a mi alrededor cohibida. Me preocupa haberme dejado algo allí.

¿Es que hay alguien más en esta planta?

Está todo tan silencioso… Supongo que durante el día será un hervidero de actividad, pero ahora no se oye nada por ninguna parte.

Mientras recorro el pasillo de vuelta hacia los ascensores, miro a través de los paneles de cristal de algunos despachos. Hay gente en unos pocos, pero los demás están vacíos. Los empleados que aún siguen por aquí parecen jóvenes, como abogados sin mucha experiencia.

Llego al ascensor y pulso el botón de la planta baja cuando me vibra el móvil.

Lo saco del bolso y veo una notificación del banco. Acaban de ingresar cinco mil dólares en mi cuenta. Me quedo mirándola, incrédula.

¿Cinco mil? ¿Por estar sentada en una silla cinco minutos?

Miro hacia la puerta del señor Heath al fondo del pasillo, pero no hay señales de que vaya a salir. Al entrar en el ascensor, recorro mis contactos hasta encontrar Sterling House y llamo. Una secretaria responde de inmediato y me pasa con Pippa.

—Hola —dice ella alegremente—. Acabo de hablar por teléfono con Oliver. Está satisfecho, bien hecho.

—Eh… Pensaba que la entrevista no era remunerada.

—No. Por lo general, nuestros clientes consideran esto un depósito inicial.

—Han sido cinco mil.

Se produce una breve pausa.

—Sí, es bastante habitual.

¿Habitual?

—Pero no he hecho nada.

—Define «nada» —dice Pippa, divertida.

—Me he sentado en una silla, he respondido a sus preguntas y después me he marchado.

Otra pausa.

—Bueno, puedo volver a consultárselo para asegurarme de que no ha sido un error, si quieres.

—Dudo que cometa errores —digo de forma automática, y Pippa se ríe por lo bajo.

—Ya le has calado, por lo que veo. No te preocupes por eso, Lissa. Te pagará de la forma con la que él se sienta cómodo, y eso es lo que importa. Espero que te haya explicado sus necesidades, pero, si en algún momento tienes cualquier problema, inquietud o preocupación, no dudes en llamarme.

—Lo haré, gracias.

—Espero que este sea un nuevo capítulo emocionante para ti. Intenta disfrutar, ¿vale?

Entonces cuelga. Aparto el teléfono de la oreja mientras el ascensor desciende, llego a la planta baja y salgo.

El vestíbulo resulta ruidoso y desagradable después del silencio de la planta dieciocho, y me tomo un momento para observar el mundo moviéndose a mi alrededor y pensar en lo que acaba de decir Pippa.

¿Es que normalmente no parece que esté disfrutando?

Sé que a Bethany le encanta este trabajo. Me lo ha dicho muchísimas veces. Solo de vez en cuando ha tenido algún cliente que no le gustaba, y abandonó esas situaciones sin pensárselo dos veces. Su último cliente se la llevó a Bali y estuvieron follando sin parar durante tres semanas.

Pero Bethany tiene un apetito sexual increíble. Yo no. No demasiado…

Ni siquiera recuerdo la última vez que me toqué de esa forma y, hacia el final de nuestro matrimonio, James solo se acostaba conmigo cuando estaba cabreado.

Cierro los ojos y me estremezco ante el recuerdo. Nunca me forzó, pero el sexo no tenía amor ni resultaba placentero. Se limitaba a utilizarme como un agujero que follar y después la sacaba, sin pensar en ningún momento en mi placer. El sexo se convirtió en algo que odiaba.

¿Cómo coño voy a hacer esto de forma convincente? ¿Y por qué iba a querer a alguien como yo para este trabajo? Está increíblemente bueno y forrado de dinero, probablemente… Sin duda podría tener a cualquier mujer que quisiera.

Aprieto el puño, guardo el móvil en el bolso y atravieso el vestíbulo para salir a la luz del sol. Es un día precioso y luminoso, y frente al edificio de oficinas hay un parterre cuadrado de ladrillos lleno de azafranes y narcisos. Las alegres florecillas me levantan el ánimo.

Cinco mil dólares. Joder.

Miro la hora. Me queda alrededor de media hora hasta que tenga que recoger a Henry, y no muy lejos hay una tienda que sé que vende ropa barata de mujer. No quiero derrochar ni gastar en mí un dinero que necesito para Henry, pero no puedo seguir pidiéndole ropa prestada a Bethany.

De camino, paso junto a una tienda de diseño que exhibe en el escaparate un precioso traje rosa pálido. Lo contemplo con anhelo y luego sigo andando. Algún día, quizá, pero ahora no. Mi hijo es mi prioridad y, por primera vez, siento un hilo de esperanza de que tal vez todo vaya a salir bien.

A la mañana siguiente, llego a la oficina con paso alegre. Cuando recogí a Henry de casa de la cuidadora la noche anterior, fuimos a McDonald's. Durante el resto de la tarde tuve a un niño muy feliz acurrucado en mi regazo. Le encantan sus batidos.

Pronto tendré que pensar seriamente en su alimentación y asegurarme de darle el tipo de comida que favorezca su recuperación, pero anoche ambos necesitábamos un capricho.

La ropa que compré solo costó un par de cientos de dólares, pero aun así me pareció una extravagancia.

La tienda que elegí era baratísima, y sé que no estaré a la altura de los demás empleados del bufete.

Con todo, me niego a gastar mucho en mi aspecto.

Tampoco es que vaya a importarle a nadie salvo al señor Heath.

Además, en lo que respecta a él, preveo una falta de ropa. Se me encoge el estómago e intento apartar el temor que crece en mi interior.

El traje gris pálido que llevo me queda bien y, por suerte, el corte para mujeres bajitas tiene exactamente el largo adecuado. A la mayoría les parecería que las mangas son demasiado cortas, pero a mí me quedan perfectas.

Son poco menos de las ocho cuando llego a la planta y me dirijo a los escritorios, convencida de que seré la única persona allí. Al doblar la pequeña esquina, me detengo, sorprendida al encontrar a Adelaide ya sentada en su mesa.

Lleva otro traje lila, con una camisa de volantes rosa intenso debajo y unos horribles zapatos de tacón grueso recogidos bajo la silla.

Me mira asombrada cuando aparezco por la esquina.

—Vaya —dice mientras se quita las gafas moradas de montura de pasta que descansan sobre la punta de su nariz y las deja caer sobre el pecho—. Ha llegado temprano.

—El señor Heath me comentó que debía llegar antes de las nueve, pero he dejado a mi hijo temprano en el colegio para poder familiarizarme con todo.

La expresión de Adelaide no cambia mientras se levanta y señala mi escritorio. Ya está atestado de documentos.

—Siento lanzarla de cabeza, pero dentro de dos días hay una conferencia telefónica importante y tenemos que prepararlo todo.

Hay dos partes implicadas en la demanda y ambas deben recibir juegos idénticos de documentos.

Tendrá que ordenarlo todo por fecha y hora en los archivadores que le he proporcionado y después revisarlo.

También tenemos que censurar uno de los nombres, lo cual es un trabajo tedioso, pero el cliente ha solicitado copias impresas.

—No hay problema.

Enarca las cejas y frunce los labios.

—¿Cómo fue ayer?

—Bien, creo. Solo me dijo que debo hacer cualquier cosa que usted necesite.

En los labios de Adelaide aparece un amago de sonrisa.

—Sí, siempre dice eso. La última mujer que vino aquí no quería que yo le diera instrucciones.

—Conmigo no tendrá ningún problema en ese sentido. Haré encantada cualquier cosa que necesite —digo con sinceridad mientras me coloco detrás del escritorio—. ¿Es un caso de divorcio? —pregunto, revisando el primer correo electrónico de uno de los equipos jurídicos del cliente.

—Sí. El señor Heath se dedica principalmente a acuerdos de divorcio de personas de alto perfil.

Puede que hoy haya varias llamadas relacionadas con la reunión, pero le agradecería que me las pasara, al menos por ahora, mientras averigua cómo funciona todo.

Permítame que le enseñe el archivo y le presente a las dos personas que trabajan allí.

La sigo por el silencioso pasillo hasta una sala situada al fondo del todo, donde una pequeña cocina da a un archivo con un escritorio largo y curvo pegado a una de las paredes. Las estanterías repletas de expedientes se extienden varios metros en todas direcciones.

Adelaide me presenta a Paul y Renee, los administrativos encargados del archivo de esta planta. La jerarquía es evidente: Renee lleva la voz cantante y da órdenes a Paul mientras trabaja.

Charlan entre ellos e intercambian historias sobre abogados que desbaratan sus sistemas de clasificación sin permiso, pero el mensaje queda alto y claro.

Todas las solicitudes tienen que pasar por ellos y jamás debo intentar sacar un expediente por mi cuenta.

Bromean sobre algunos abogados llamándolos por su nombre, pero ninguno de los dos menciona al señor Heath.

De vuelta en mi escritorio, me sumerjo en el trabajo y descubro que me resulta agradablemente relajante. Los correos y documentos están mezclados en varios montones, y los coloco con cuidado en las carpetas correspondientes, asegurándome de que ambas copias sean idénticas.

Me gusta esta clase de trabajo; me despeja la mente y me permite olvidarme de mí misma. Voy por la mitad de una carpeta cuando oigo a Adelaide resoplar irritada.

—¿Piensa contestar?

Levanto la vista, sobresaltada, al oír el insistente zumbido procedente de mi bolso.

—Perdón, pensaba que lo había puesto en silencio —digo, avergonzada por no haberlo oído, absorta en una cadena de correos que estaba desordenada.

Cojo el teléfono y se me cae el alma a los pies cuando veo el número de la cuidadora en la pantalla. Henry está en el colegio hasta las cuatro, cuando se supone que ella debe recogerlo, pero nunca me llama a menos que haya algún problema. Por supuesto que tenía que ocurrir en mi primer día.

Me levanto y recorro deprisa el pasillo hasta la cocina.

—Hola, Jenna —digo—. ¿Todo bien?

—Hola, Lissa. Siento muchísimo llamar. Sé que hoy acabas de empezar en tu nuevo trabajo, pero mi madre se ha caído. Tengo que ir al hospital a verla. La ha encontrado el cartero y está muy alterada. Mis hermanos están fuera de la ciudad.

—Dios mío —digo, sintiendo una oleada de culpa porque mi primera emoción es una irritación extrema.

Jenna suele ser de fiar, pero últimamente me ha fallado bastante. Esto no se puede evitar y no es culpa suya, pero, si tengo que recoger a Henry, tendré que marcharme dos horas antes en mi primer día.

Joder.

—De acuerdo, ve y haz lo que tengas que hacer, ¿vale? ¿Está bien?

—Se ha dado un golpe bastante fuerte en la cadera, pero no tiene nada roto. No debería suponer ningún problema durante el resto de la semana, pero tengo que ir a ver cómo está. Lo siento muchísimo. ¿Qué tal va el trabajo?

—Va bien. No te preocupes por mí. Ocúpate de tu madre y ya hablaremos luego.

—Gracias, Lissa. Lo siento otra vez.

Después de colgar, miro el móvil con impotencia, sin saber qué hacer al principio. Finalmente llamo a Bethany. Es la única persona que podría ayudarme con tan poca antelación.

—Hola, Liss —dice al responder de inmediato—. ¿Estás bien?

Su voz está cargada de preocupación, y sonrío con cariño al teléfono.

—Estoy bien, pero necesito un favor.

—¿Qué ocurre?

—¿Estás en el país? —pregunto—. No estarás cruzando el Atlántico en avión ahora mismo, ¿verdad?

Beth resopla.

—Eh… No. Ya me gustaría. Estoy en Nueva York. ¿Va todo bien?

—Mi cuidadora no puede trabajar hoy.

—¿Otra vez?

—Su madre se ha caído.

Bethany suspira con fuerza.

—Jesús, siempre le pasa algo.

—Lo sé. Así que no puede recoger a Henry del colegio. ¿Hay alguna posibilidad de que puedas ayudarme? No te lo pediría, pero es mi primer día y…

—Por supuesto. Puedo salir antes. Ya he conseguido que él se corra esta mañana, así que debería estar de buen humor. ¿A qué hora?

—Sobre las cuatro; a las tres y media si quieres llevarlo a tomar un helado a algún sitio.

—Vale, ahora sí que hablamos el mismo idioma. Lo recogeré a las tres y media, sin problema.

—¿Estás segura? Me has salvado la vida.

—¿Qué tal va el trabajo con Heath?

—Bien. Hasta ahora no ha pasado nada; solo estoy archivando un montón de documentos.

—Pero ¿tú estás bien? ¿Se ha portado bien contigo?

—Sí. Quiero decir, no parece precisamente amable, pero… está bien.

—Mmm, vale. Sé que te necesita allí hasta las seis. No salgas corriendo solo porque Hen esté conmigo; iremos a tu casa y esperaremos.

—Gracias, Beth.

—No hay de qué. Recuerda lo que te dije.

—¿El qué?

—Si te propone algo que no quieres hacer, te marchas.

¿Cuánto sabe Beth en realidad sobre Oliver Heath?

—Lo haré.

Cuando regreso a mi escritorio, Adelaide no me pregunta de qué trataba la llamada y yo no doy explicaciones. Me pregunto si tendrá hijos, pero la expresión avinagrada de su rostro no me inspira muchas esperanzas, así que vuelvo al trabajo.

El día transcurre despacio y archivar se vuelve cada vez más tedioso, pero para las cinco casi he terminado una carpeta y he empezado la siguiente.

Adelaide no dice gran cosa al marcharse; se limita a asentir en mi dirección mientras se cuelga el bolso lila del hombro.

¿Cuánta ropa morada tiene esta mujer?

Cierro la carpeta y miro el reloj mientras una oleada de nervios me recorre el cuerpo. Han ido creciendo durante toda la tarde, pero ahora empiezan a apoderarse de mí de verdad.

No sé qué esperará de mí ni si conseguiré aguantar más de un día. ¿Y si le encanta el sexo y utiliza términos que no entiendo? ¿Pensará que soy idiota?

Intento no pensar más en James ni comparar lo que estoy a punto de hacer con nuestra relación, pero resulta casi imposible separar ambas cosas. Fue mi primer novio y también el último. Nunca he tenido sexo con nadie más.

Al principio de nuestra relación, el sexo era estupendo; disfrutaba, aunque nunca me volvía loca. Casi siempre hacíamos lo mismo y resultaba agradable, y eso me bastaba porque lo amaba con una intensidad absoluta.

Parece que haya pasado un millón de años.

De pronto se enciende una lucecita verde en una esquina de mi escritorio. Es el mismo sistema que tiene Adelaide, pero verde en lugar de naranja. La contemplo con la boca seca mientras me pongo de pie y compruebo mi aspecto antes de entrar.

Mientras me dirijo hacia la puerta, me siento como Daniel arrojado al foso de los leones.