6. Oliver
Oliver
Empiezo a pensar que Pippa Grooman no escucha ni una palabra de lo que le digo.
Observo a la nueva acompañante, que se remueve inquieta ante mí, y me pregunto si merece la pena siquiera molestarme en hacerle la entrevista. Parece un ciervo deslumbrado por los faros de un coche.
La última mujer que enviaron no duró ni una semana, parloteando sin cesar sobre nimiedades y sacándome de quicio.
Al menos esta permanece callada, de momento. Parece mansa como un corderito. Me pregunto si puede hablar.
Aunque es preciosa. Extraordinariamente preciosa.
Tiene un rostro interesante, de facciones menudas, una boca en forma de corazón y unos ojos de un azul profundo y tormentoso, enmarcados por unas pestañas tan largas que distraen.
Lleva el pelo recogido en una pulcra coleta que le cae por la espalda y que, con la tenue iluminación de la estancia, parece negro.
También es diminuta. Quizá sea fácil doblegarla a mi voluntad.
Siento una oleada de calor entre las piernas.
Interesante.
—Siéntese —digo mientras me levanto de la silla. Al hacerlo, abre mucho los ojos. No puede medir más de metro y medio, mientras que yo mido casi dos metros. Me alzo imponente sobre ella, y la diferencia de estatura hace que se me contraiga la polla.
Puede que Pippa Grooman no sea tan inepta como pensaba.
Se acomoda en la silla situada a la derecha de mi escritorio, y yo lo rodeo despacio hasta llegar a la que está enfrente. Me siento ante ella y cruzo las piernas con naturalidad mientras vuelvo a evaluarla.
Mira alrededor de mi despacho con los hombros encorvados y el cuerpo alerta y tenso. No necesito que otra mujer me diga lo intimidante que soy; ya lo sé y no puedo hacer absolutamente nada al respecto.
Si hace alguna pregunta ridícula, la mandaré a paseo. No tengo que darle explicaciones a nadie, y mucho menos a una acompañante a la que contrato para follar.
—Se llama Melissa Davenport, ¿correcto? —pregunto.
Ha sido interesante leer los datos que Pippa me envió sobre las credenciales de esta mujer.
Ya los he memorizado. Aunque me pregunto si Pippa habrá exagerado algunos.
Esta mujer no parece en absoluto «segura de sí misma» ni «tenaz».
Parece como si quisiera desaparecer entre las sombras.
—Todo el mundo me llama Lissa —dice al fin con un hilo de voz—. Pero puede llamarme como considere apropiado.
De hecho, demuestra una absoluta falta de confianza en sí misma. ¿Dónde la ha encontrado la agencia? O se ha equivocado de profesión o es una actriz consumada.
—¿Qué prefiere usted? —pregunto, recurriendo a toda mi paciencia.
Se produce una breve pausa; entonces me mira a través de esas pestañas imposibles y se pellizca la cutícula de uno de los dedos que reposan en su regazo.
—Yo… prefiero Lissa —responde en voz baja.
—Entonces así la llamaré —digo, echándome hacia atrás en el asiento. Quizá, si hago que este cuerpo enorme parezca más pequeño, deje de mirarme con tanto terror.
Disfruto dominando a las mujeres en la cama, siempre lo he hecho, pero no quiero que nadie sienta verdadero miedo en mi presencia. La forma en que mantiene los hombros, cómo se encoge ligeramente sobre sí misma, me pone los nervios de punta.
—Me gustaría que se relajara —digo con suavidad. Alza la vista hacia mí, preocupada, mientras todos los músculos de su cuerpo se tensan.
Maldita sea. Esto no va a funcionar en absoluto.
—No ha hecho nada malo —insisto con cansancio—. Pero parece nerviosa. No tiene motivos para estarlo. Solo estamos conociéndonos, nada más.
—¿No… no es esto una entrevista? —pregunta.
—Por supuesto. Pero no sabré si es la persona adecuada para este trabajo a menos que pasemos más tiempo juntos. Por lo que respecta a hoy, el puesto es suyo —digo, maldiciéndome para mis adentros por haber cedido ante esos ojos oscuros y preciosos—. Nos tomaremos las cosas día a día, ¿de acuerdo?
Lissa deja escapar un largo suspiro y asiente mientras tira de la falda. Parece demasiado larga para ella, pero su piel es exquisita, como el cuarzo blanco.
Despacio, coloca las manos en los reposabrazos y se recuesta en el asiento. La tela es de un morado oscuro, un color que siempre me ha gustado. Combina a la perfección con sus tonos.
—¿Ha trabajado antes en un bufete de abogados? —pregunto—. Es evidente que este puesto es distinto del de una asistente ejecutiva normal, pero Adelaide necesitará su ayuda con varias tareas mientras esté con nosotros.
Asiente. Poco a poco, está siguiendo mis indicaciones para relajarse. Su espalda va hundiéndose despacio en la silla y, aunque todavía se mantiene muy erguida, algo de color ha regresado a sus mejillas.
Mmm. Sí, Pippa es más lista de lo que parece.
—He trabajado en unos cuantos sitios —murmura Lissa, recorriendo la estancia con la mirada mientras traga saliva.
Sigue removiéndose inquieta, tirando de esa maldita falda y deslizando los pies hacia delante y hacia atrás bajo la silla. Los zapatos le quedan un poco grandes; en la parte trasera hay un hueco que deja ver la curva del tobillo.
—¿Y dónde trabajó? —la insto cuando no añade nada más.
Tras otra pausa interminable, inspira bruscamente.
—Sé que se supone que debo venderme bien en las entrevistas —dice con voz temblorosa—.
Pero no voy a mentirle, señor Heath. Estuve varios años sin trabajar después de…
tener que tomarme un descanso. Antes de eso, trabajé en un hospital de Brooklyn y luego fui asistente personal en un bufete, Pervis and Hodge.
Más recientemente, trabajé como recepcionista en una clínica dental.
Fue mi primer empleo después del descanso, pero aprendo rápido, soy eficiente y puedo…
Deja la frase en el aire, mientras sus mejillas se tiñen de un color precioso. ¿Qué estaba a punto de decir?
La observo mordisquearse el hermoso labio inferior. No mucha gente empezaría una entrevista destacando su falta de experiencia, pero hay algo extrañamente tranquilizador en ello. Supongo que es de esas personas que se desviven por complacer a los demás.
—El trabajo es bastante sencillo —prosigo—.
Adelaide se ocupa de mi agenda. Todas las reuniones y citas pasan por ella.
Si alguna vez se ausenta o se va de vacaciones, le hará un traspaso exhaustivo de sus funciones.
Las partes del trabajo para las que Adelaide necesitará su ayuda son el archivo y la gestión de expedientes.
Ella le enseñará todo, pero es un trabajo minucioso y, en ocasiones, tedioso.
Asiente.
—Eso no supone ningún problema.
—En cuanto a la otra parte del trabajo, ¿qué le ha contado la señorita Grooman?
Alza la vista y la fija en el botón superior de mi camisa en vez de en mis ojos.
—Eh… No me ha contado gran cosa. Solo que preferiría que trabajara hasta un poco más tarde que la mayoría.
Contengo el impulso de cambiar de postura cuando sus mejillas vuelven a ruborizarse.
—Sí, sus otras obligaciones comenzarán a las cinco de la tarde y terminarán a las seis. Durante el horario laboral no tendrá lugar nada de esa naturaleza. Este despacho es pequeño y no necesito que circulen rumores innecesarios.
—Por supuesto.
—El resto del tiempo ayudará a Adelaide y podrá disponer de sus días. Si de vez en cuando necesita alargar la pausa para comer, no hay problema; limítese a asegurarse de que ella sepa dónde está.
Asiente una sola vez. Todavía retuerce los dedos en el regazo. Quiero alargar la mano, apresarlos con fuerza entre los míos y obligarla a parar.
—En cuanto a las otras actividades en las que participará —digo, bajando ligeramente la voz—, solo hay una cosa que necesito que recuerde.
No responde durante unos segundos y después traga saliva con dificultad.
—¿Y cuál es?
—Haga lo que yo diga, cuando yo lo diga —murmuro—. Pero nada de lo que hagamos, y no puedo recalcarlo lo suficiente, se hará solo en mis términos. ¿Lo entiende?
Sigue con los ojos muy abiertos y confusos, pero siento que algo se afloja en mi pecho cuando niega con la cabeza.
—No. Lo siento. No entiendo qué quiere decir.
Oculto una sonrisa. Esto promete.
—Bien —digo con firmeza—. Si alguna vez no entiende algo que le diga o alguna instrucción que le dé, es imprescindible que me lo haga saber.
Lo que quiero decir es que las cosas que hagamos juntos nunca se harán únicamente según mis condiciones.
Tengo mis preferencias; utilizo ataduras ligeras y juguetes.
Pero no ocurrirá nada sin su permiso expreso y, si cambia de opinión o se siente incómoda, debe decírmelo de inmediato.
Si quiere que algo pare, se para. Sin preguntas.
Por fin ha dejado de moverse, aunque sigue mirando el botón superior de mi camisa.
Míreme.
—¿Entiende lo que he dicho? —pregunto.
—Sí. Quiere que sea sincera con usted.
—Exacto. Esta es una colaboración mutua. Entre las cinco y las seis, trabajamos juntos, no el uno contra el otro. Puede que en esta habitación sea yo quien tenga el control, pero es libre de comunicarme sus preferencias en cualquier momento.
—De acuerdo.
—Le daré, digamos, una semana de prueba. Si va bien, podremos prorrogarla, pero le pagaré bien por cualquier cosa que hagamos juntos.
—Me parece bien.
Me quedo inmóvil, con los ojos fijos en ese rostro encantador, de aspecto feérico. No tengo la sensación de que sepa de verdad lo que está aceptando.
—Muy bien —murmuro, desconcertado por la conversación—. La entrevista ha terminado.
Parpadea, mirándome.
—¿Eso es todo?
—Sí.
No me cuestione, no me pregunte por qué.
—De acuerdo.
—Por favor, llegue mañana a las nueve en punto. Los retrasos provocan a Adelaide un estrés innecesario.
Se levanta con una dulzura en el rostro que no esperaba.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando con Adelaide? —pregunta, sorprendiéndome.
—Casi una década —respondo.
Asiente, pensativa, pero no dice nada más. Sale despacio del despacho, sin que sus tacones produzcan sonido alguno contra el suelo, y la puerta se cierra tras ella sin hacer ruido.
Apenas ha hecho ruido durante todo el tiempo que ha estado aquí, salvo para responder a duras penas a mis preguntas. Es casi como si hubiera aprendido a pasar inadvertida.