5. Lissa
Lissa
Archer Grant tiene la boca torcida en una leve mueca desdeñosa mientras rehúye mi mirada.
En vez de eso, me vuelvo para contemplar mi propio reflejo, y una bola de angustia me palpita en el estómago mientras pienso en qué me espera exactamente cuando se abran las puertas.
Cuando salgo, las oficinas de la planta dieciocho no son como esperaba. Había supuesto que tendrían una distribución diáfana, con mucha gente corriendo de un lado para otro, poca o ninguna intimidad y un sinfín de monitores y sillas extendiéndose por toda la planta.
En cambio, me recibe un pasillo oscuro revestido de madera, además de un silencio casi absoluto.
Trago saliva y salgo, mirando a izquierda y derecha, aunque ya he olvidado en qué dirección me ha dicho el recepcionista que vaya.
Me quedo en medio del pasillo escuchando el timbre lejano de un teléfono, pero, aparte de eso, no se oye nada en absoluto.
Parece una tumba.
Me doy la vuelta, miro hacia el final del pasillo y empiezo a caminar, volviéndome para asegurarme de que no hayan enviado a nadie a recibirme.
Llego hasta el final y accedo a un espacio algo más amplio junto a una enorme puerta negra. Dos escritorios negros se encuentran uno frente al otro, pegados a las paredes, y la moqueta bajo mis pies es una masa arremolinada de grises y blancos. Mirarla me marea.
—¿Es usted la señorita Davenport?
Me vuelvo y casi me caigo de los tacones prestados. Una mujer está de pie en el centro del pasillo, sosteniendo una taza ornamentada con su platillo. Lleva un traje lila y, debajo, una blusa con volantes que habría sido más apropiada en los años ochenta.
Tiene los labios fruncidos y el pelo gris peinado hacia atrás, igual que Francesca, además de un pintalabios rosa muy intenso que no combina con ninguna parte de su atuendo. Lleva zapatos planos y me mira como si quisiera matarme.
—Sí, hola. Soy Lissa Davenport.
—Soy Adelaide Spencer, la otra asistente ejecutiva del señor Heath. ¿Le ha informado alguien de su agenda de hoy?
—N... no —tartamudeo. Adelaide asiente y deja la taza y el platillo sobre el que supongo que es su escritorio, cuya superficie rebosa de carpetas, papeles y sobres medio abiertos.
—El señor Heath no recibe a nadie para una entrevista hasta después de las cinco.
Se lo dije a la mujer de la agencia, pero está claro que ha habido un malentendido.
Tendrá que esperar más de una hora. Le diría que se marchara, pero, si lo hace, tendrá que devolver la acreditación abajo y será una molestia registrarla de nuevo.
—No me importa esperar —digo con sinceridad—. Puedo sentarme donde no la moleste.
Adelaide hace una pausa y me mira con una ceja enarcada.
—Hum, bueno, siéntese en el otro escritorio, ya que será el suyo si consigue el trabajo. No puedo darle nada que hacer hasta que forme parte oficialmente de la plantilla, así que limítese a sentarse ahí y no me moleste.
Solo puedo suponer que Adelaide intenta parecer autoritaria, pero el efecto queda arruinado por un pequeño juguete morado que hay sobre su escritorio y que desentona aún más que su atuendo.
Es la única pincelada de color en un mundo por lo demás oscuro, y me quedo mirándolo mientras sus ojos saltones me observan y su boca permanece abierta en una sonrisa bobalicona.
A Henry le encantaría ese trasto.
Adelaide no bromeaba cuando decía que no quería que la molestaran. La mujer se sumerge en su trabajo casi de inmediato, archivando y organizando unas carpetas grandes guardadas en una caja sobre su escritorio. Espero sentada con paciencia y observo en silencio cómo el reloj avanza hasta las cinco.
No quiero mirar el móvil por si le doy una mala impresión.
Espero que la cuidadora de Henry no haya tenido ningún problema al recogerlo del colegio. Por lo general, se adapta bastante deprisa y Jenna suele cuidar de varios niños a la vez, así que espero que haya encontrado a alguien con quien jugar en su casa.
Pero ¿y si vuelve a vomitar? ¿O si está empeorando y debería haberlo llevado al hospital?
—¿Vive cerca?
Levanto la vista. Adelaide sigue mirando los papeles que tiene delante, moviéndolos según algún extraño patrón que soy incapaz de descifrar.
—En Manhattan.
—Ah. Qué elegante.
Suelto una risita. —En absoluto...
Se enciende una luz en una esquina del escritorio de Adelaide. Emite un tenue resplandor naranja durante unos segundos y después vuelve a apagarse.
—Ya puede entrar —dice con brusquedad.
Frunzo el ceño ante la lucecita. Es diminuta.
¿Qué pasa si no la ve? ¿Es eso el interfono?
Me levanto, me aliso el precioso traje que me ha dado Bethany e intento calmar los latidos atronadores de mi corazón.
Allá voy.
—¿Entro sin más? —pregunto.
Adelaide asiente sin hablar, todavía distraída con el papeleo, y me acerco a la enorme puerta negra, giro el picaporte de bronce y entro.
No sé muy bien qué esperaba. Quizá un ambiente más corporativo: un escritorio grande a un lado, paredes de cristal, un montón de libros de derecho y un par de plantas.
Pero esta habitación es oscura. Las paredes están pintadas de gris, la moqueta es de color carbón y todos los muebles son negros.
Sobre mi cabeza hay una réplica de la misma lámpara del vestíbulo, cuyas formas retorcidas son tan hipnóticas como las de la planta baja, aunque bastante más pequeña.
La puerta se cierra detrás de mí con un leve clic, y entonces me encuentro sola entre interminables estanterías llenas de libros y un silencio inquietante que me oprime por todos lados.
—Acérquese.
Doy un respingo al oír la voz grave y profunda que reverbera por la habitación y, por fin, mis ojos se posan en un hombre sentado en un sillón grande detrás de un escritorio negro aún más grande.
Es enorme.
La barba incipiente le cubre la mandíbula; tiene el rostro afilado y anguloso, la nariz recta y los ojos bastante separados. Es asombrosamente guapo, pero la tenue iluminación le da el aspecto de una especie de demonio oscuro.
Inspiro hondo con discreción y camino hacia su escritorio.
No se mueve en absoluto; la única señal de que está vivo es el movimiento de su pecho al respirar. Está sentado muy erguido, con los ojos siguiendo cada uno de mis movimientos mientras recorren mi cuerpo y después vuelven a subir hasta mi rostro.
¿Le gusta lo que ve?
No puedo imaginar que esto sea lo que quería. Seguro que preferiría a alguien alta y elegante como Bethany. Pero Pippa insistió en que yo era su tipo. Ahora que lo veo, no me lo puedo creer en absoluto.
Cuando llego al escritorio, se recuesta y me evalúa.
Sus ojos, ahora que estoy más cerca de él, son de un marrón muy oscuro, casi negro, pero no del todo.
En cuanto me mira a los ojos, me estremezco, sin saber cómo ha conseguido que la habitación parezca mucho más pequeña sin decir una sola palabra.
Me mira y es como si el aire hubiera desaparecido. No puedo respirar ni pensar, y él se limita a seguir ahí sentado, sin decir ni una maldita palabra.