At His Beck & Call (Sterling House) 4. Lissa
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4. Lissa

Lissa

—Estoy bien, mami. Henry me aparta la mano con suavidad cuando le aliso el pelo por última vez antes de salir del apartamento.

—¿Te sigue doliendo la tripa? —pregunto, intentando que mi voz sonara despreocupada—. No pasa nada si te duele. Me quedaré en casa contigo esta tarde.

—Ya lo sé, me lo has dicho —responde Henry, alzando hacia mí sus enormes ojos azules—. Pero me encuentro mejor.

Le pongo una mano bajo la barbilla y lo examino con atención mientras él se ríe y se aparta.

—¿Adónde vamos? —pregunta con curiosidad, y se me encoge el estómago ante la expresión inocente de su rostro.

—Solo tengo que dejarte un par de horas con la cuidadora, ¿vale? Pero no tardaré mucho.

—Vale.

—Y, si no te encuentras bien, asegúrate de decírselo y ella me llamará.

—Lo haré, mami.

—¿Y no estás mareado ni nada? Henry niega con la cabeza.

—¿Podemos tener un perrito?

Me detengo con la mano sobre la puerta. La pregunta surge tan de la nada que me deja clavada en el sitio.

—¿Qué? —pregunto como una idiota.

—Un perrito. Gregory, el del colegio, tiene uno y es muy mono. Es amarillo.

Noto cómo una sonrisa triste se extiende despacio por mi rostro. —Tal vez. Cuando estés mejor, podemos pensarlo, ¿vale?

—¿Uno amarillo? —pregunta entusiasmado.

—¿Estás seguro de que era amarillo, como un plátano, o era dorado, como el retriever que tenía la abuela?

Henry se lo piensa un momento. —Era amarillo, seguro.

Me río ante su tono categórico. —De acuerdo, entonces. A mí también me gustaría tener un perro. O quizá podríamos tener un gato para no tener que sacarlo a pasear por la nieve, ¿eh?

—Me da igual. Pero tiene que ser peludo.

Lo cojo de la mano y lo guío escaleras abajo hasta la parada de autobús que hay junto a nuestro bloque.

Es un edificio de siete plantas y, a estas horas del anochecer, también hay mucha gente esperando.

Saludo con la cabeza a un par de personas que reconozco, pero, incluso después de un año, apenas conozco a nadie.

Llega el autobús y, para mi alivio, conseguimos encontrar dos asientos al fondo.

Está abarrotado y dentro hace ruido y calor. Miro el reloj, nerviosa ante la posibilidad de que haya tráfico y acabe llegando tarde a mi cita en la agencia.

Llevo una blusa de Chanel y un traje precioso de Reiss que me ha prestado Bethany. Tenemos más o menos la misma talla en cuanto a complexión, pero nuestras estaturas son completamente distintas.

Bethany es alta y esbelta, mientras que yo soy menuda y lo que mi madre habría llamado «compacta».

A menudo han confundido a Beth y a mí con hermanas porque las dos tenemos el pelo castaño oscuro y un corte parecido, pero siempre he envidiado la piel dorada de Bethany en contraste con mi palidez.

James consiguió que me acomplejara por eso al llamarme constantemente descolorida o decirme que parecía un fantasma.

¿Por qué aguanté sus gilipolleces durante tanto tiempo?

—¿Estoy enfermo?

La pregunta de Henry me arranca de mis pensamientos. Está sentado a mi lado, mirando por la ventanilla, y sus ojos se mueven deprisa mientras intentan seguir los edificios que pasan volando.

Vacilo y sopeso mis opciones. Muchos padres optarían por mentir a sus hijos ante una pregunta así. Entiendo por qué. A veces es más fácil ocultar la verdad que dejar que sepan lo frágil que puede ser la vida.

Pero no quiero fingir que mi hijo está bien cuando no es así. Es un niño listo; sabrá que pasa algo y le hará un millón de preguntas a la doctora la próxima vez que vayamos.

—Sí —digo despacio—. Ahora mismo estás bastante enfermo, cariño. Pero van a operarte y la doctora hará que te pongas bien. Para eso están los médicos, cielo.

—Alguien del colegio dijo que iba a morirme de cáncer.

—¿Quién? —salto con brusquedad, incapaz de contener la furia en mi voz. Henry se sobresalta e intento dominarme. —Lo siento, cariño. Es que no me gustan los abusones. ¿Ha sido uno de los otros niños de tu clase? —pregunto mientras le rodeo los hombros con un brazo.

Henry asiente, pero no parece disgustado. Rara vez llora, ni siquiera cuando se hace daño, y aun entonces no suele tardar mucho en recuperarse. Cuando se despellejó la rodilla al caerse de la bicicleta de un amigo el pasado otoño, vino hasta mí cojeando, pero no derramó ni una sola lágrima.

—Ha sido algo muy cruel —consigo decir, sofocando mi furia—. Pero puede que no supiera lo que significaba de verdad. Probablemente se limitara a repetir algo que oyó en la tele.

—¿Cómo va a hacer la doctora que me ponga bien? —me pregunta Henry, volviendo hacia mí esos ojos azules como el océano.

—Va a sacar todo lo malo que tienes dentro para que las cosas buenas puedan volver a llenarte —respondo, mientras la espantosa imagen de la mesa de operaciones me asalta la mente contra mi voluntad.

—¿Estás triste? —pregunta mientras yo contengo las lágrimas que estos días parecen estar siempre a punto de desbordarse.

—Estoy un poco triste —admito con cautela—, pero solo porque no me gusta que te encuentres mal. Cuando te hayan operado, empezarás a sentirte mejor. Te lo prometo.

—¿Vas a estar allí? —pregunta con un hilillo de voz asustada.

—En todo momento —respondo, estrechándolo con fuerza contra mí y besando la mata de rizos rubios que corona su cabeza mientras el autobús sigue avanzando.

No lo suelto durante el resto del trayecto y rezo para que lo que le he dicho sea verdad.

Un pájaro me está mirando.

Me remuevo en el asiento mientras observo el precioso interior del despacho de Pippa Grooman. Es una mujer bellísima, de larga melena rubia y labios carnosos que dibujan un mohín natural mientras lee la información que he escrito en el formulario de admisión.

Todavía no ha dicho nada y estoy aterrada ante la posibilidad de que me diga que las madres no son bienvenidas en la agencia. Desde que le he entregado el formulario, no ha hecho más que teclear con expresión impasible mientras lee.

Eso no puede ser buena señal, ¿verdad?

—Dispongo de una persona que puede cuidar de mi hijo a jornada completa si lo necesito —suelto de golpe—. Me aseguraré de que esté bien atendido durante mi horario laboral.

Pippa levanta la mirada hacia mí y su expresión pasa de la concentración a la sorpresa.

—Oh, no discriminamos a las madres, Melissa. No se preocupe. Todo el mundo tiene que ganarse la vida. Tenemos en plantilla a varias mujeres con hijos más pequeños que Henry y se las apañan.

Dejo escapar el aire mientras Pippa vuelve al formulario.

Tiene en la mano un bolígrafo retráctil rojo, con una punta satisfactoriamente gruesa que utiliza para marcar los distintos datos que he anotado.

Se detiene a mitad de la página y se le forma una pequeña arruga entre las cejas al leer la información que he puesto sobre mi estado civil.

¿Puedo estar casada? Pensé en escribir «próximamente divorciada» al lado y ahora desearía haberlo hecho.

Pippa marca la casilla de todos modos.

—¿Algunas de las otras mujeres que trabajan aquí están casadas? —pregunto, más por curiosidad que por otra cosa.

Pippa asiente. —Algunas. A mucha gente no le importa la monogamia hoy en día. Hay una mujer que trabaja aquí cuyo marido adora las historias que le cuenta sobre sus aventuras. Cada cual a lo suyo, ¿no?

No hay juicio alguno en su tono; me parece una mujer muy abierta y amable.

La taza de infusión que me ha preparado humea sobre el escritorio, delante de mí.

La taza y el platillo tienen exactamente el mismo tono verde azulado que el pájaro de la pared situada detrás de la cabeza de Pippa.

La cojo y doy un sorbo con cuidado. Tiene un sabor intenso y probablemente sea la infusión de menta más deliciosa que he probado en mi vida.

—Vaya, está buenísima —digo con entusiasmo antes de dejar la taza en el platillo con un leve tintineo. Pippa me dedica una sonrisa radiante mientras coloca mi formulario junto al teclado.

—Bethany ha venido esta mañana para interceder por usted —dice con la misma dulzura en la voz—. Debo decir que me impresiona todo lo que ha hecho en su vida. No me ha dado muchos detalles, pero me ha contado que salió de una relación difícil. Espero que todo eso haya quedado atrás.

No estoy segura de si me lo pregunta para cerciorarse de que no tengo estrés postraumático o algo parecido, así que me limito a asentir mientras espero que continúe.

—Conozco bien a Bethany y confío en ella. Espero que entienda que no tengo ningún problema con usted como candidata y que la tendré en cuenta en el futuro.

Se me seca la garganta. —¿No tiene nada que pueda ofrecerme hoy? —pregunto, tratando de que la desesperación no se note en mi voz.

—Ahora mismo tengo varios clientes que buscan a alguien, pero… —deja la frase en el aire y baja la vista hacia un pósit del escritorio en el que no me había fijado.

No puedo leerlo al revés, pero parece que Pippa ha hecho algunas anotaciones sobre la clase de hombre que podría ser adecuado para mí.

—Eh… ¿Bethany le dio alguna regla sobre con quién podía emparejarme o algo parecido? —pregunto al recordar lo que Beth había llamado sus «condiciones innegociables».

Pippa se remueve en el asiento, incómoda.

—No exactamente reglas, pero lo que me dijo tenía sentido.

Mi prioridad es, primero, la salud y la seguridad de mis empleadas y, después, la de mis clientes.

Ha pasado unos años muy duros. No quiero que alguien con quien yo la empareje despierte… malos recuerdos.

Entrelazo los dedos sobre mi regazo mientras las facturas impagadas que han llegado esta mañana a mi buzón hacen que la ansiedad crezca en mi interior.

—Agradezco la aportación de Bethany —digo en voz baja—, pero no le correspondía hablarle de mi futuro exmarido.

—Por supuesto que sí —replica Pippa con suavidad, pero también con firmeza—. Habría sido negligente por su parte no hacerlo, y me alegro de que me lo contara. Tenemos muchos clientes que no le convendrían, que quieren cosas con las que quizá usted no se sintiera cómoda.

—¿No puedo decidirlo yo misma? —pregunto.

—No lo sé. ¿Puede? Frunzo el ceño, confundida por su tono. —Escuche, Melissa…

—Lissa —insisto.

—Lissa —continúa Pippa mientras se levanta de su silla y viene a sentarse en la que está vacía a mi lado—.

Está claro que Bethany la adora, y me ha hablado de su capacidad de superación y de lo mucho que se esfuerza en todo lo que hace.

Me encantaría contar con usted, pero no estoy segura de que sea lo mejor para usted.

—¿Soy demasiado baja y pálida? —pregunto impulsivamente—. Porque podría ponerme tacones y usar autobronceador.

Las cejas de Pippa se alzan. Para mi sorpresa, me tiende una mano y, sin saber qué otra cosa hacer, deposito la mía entre sus cálidos dedos.

—Es usted preciosa —dice Pippa, sosteniéndome la mirada con una intensidad que no esperaba—. Y no hay nada malo en ser menuda o pálida; a muchos hombres les encanta.

Me dedica una sonrisa tranquilizadora y me aprieta la mano con suavidad.

—Escuche, lo único que digo es que debemos tener cuidado —murmura.

—Parece que tiene a alguien en mente, pero Bethany le ha dicho que no me lo sugiera.

Los ojos de Pippa se abren de par en par de una forma casi cómica; después se reclina en la silla y se echa a reír. —Dios mío, me dijo que era usted perspicaz.

Con un suspiro, se inclina hacia el escritorio y coge una carpeta que sobresale de una bandeja negra.

—Estaba pensando en este cliente en particular porque sé que usted es justo lo que busca. Casi al milímetro, pero Bethany no creía que… —Se encoge de hombros y me entrega la carpeta.

Bajo la mirada hacia ella y, con el estómago hecho un nudo, la abro.

El rostro que me devuelve la mirada es innegablemente atractivo; el tipo podría ser modelo o actor. En la carpeta hay muy poca información, solo que es un abogado de éxito en uno de los mejores bufetes de la ciudad.

Alzo la vista hacia Pippa, que me observa con interés.

—No acepto órdenes de nadie —dice con sequedad—. Yo también quiero mucho a Bethany, pero ella no puede dictarnos lo que debemos hacer ni a usted ni a mí. Sé lo que Heath espera de nosotras y usted es exactamente eso. De arriba abajo. Pero es difícil de llevar. Sus gustos no son para todo el mundo.

—¿Le ha enviado a alguien antes? —pregunto con nerviosismo.

—Sí. No duró ni una semana —responde Pippa con una pequeña sonrisa irónica—. Creo que era demasiado obstinada para él. Usted, en cambio, sería justo lo que necesita. Callada, dulce, preciosa.

Vuelvo a bajar la vista hacia los ojos oscuros que me observan desde la página apoyada en mi regazo.

—Alguien del colegio dijo que iba a morirme de cáncer…

Las palabras de Henry reverberan dentro de mi cráneo como un disparo.

—Lo haré —digo, cerrando la carpeta de golpe.