3. Lissa
Lissa
Al salir del restaurante, siento una punzada de culpabilidad por lo que le he dicho a Bethany.
Bueno, más que una punzada. Mi mejor amiga siempre ha estado a mi lado, durante todo lo que he vivido estos dos últimos años, y ahora he estallado contra ella por el mero hecho de intentar protegerme.
Pero el pánico no tarda en sofocar la culpa. Necesito encontrar la forma de reunir ese dinero. A menos que deje mi apartamento y destine el dinero del alquiler a pagar los cuidados de Henry mientras vivimos en una tienda de campaña en la calle, Sterling House era mi mejor opción.
Así que tendría que acostarme de vez en cuando con algún viejo director ejecutivo decrépito. ¿Acaso es lo peor del mundo?
Mientras me dirijo a la tienda para comprarme algo de comer, lamentando la pérdida de la comida tan apetecible que acabo de abandonar, el móvil empieza a vibrarme.
Todos mis pensamientos sobre Bethany, Sterling House y mis problemas económicos se esfuman al ver en la pantalla el número del colegio.
—¿Diga? —respondo mientras cruzo corriendo la calzada por delante de un taxista que me pita con enfado.
—Hola, ¿hablo con la señora Davenport?
—Sí.
—Tenemos aquí a Henry. Hoy no se encuentra bien; ¿podría venir a recogerlo?
—¿Qué le pasa? —pregunto, deteniéndome en mitad de la acera mientras neoyorquinos enfadados pasan empujándome en todas direcciones.
—Ha vomitado.
Una oleada de náuseas me sube por la garganta al pensar en Henry solo en el colegio, enfermo y sin entender por qué. Miro la hora. Si salgo directamente desde la consulta, podría estar allí en unos quince minutos.
—Voy para allá. ¿Podría darle un poco de agua y decirle que voy de camino? —Un escalofrío de pavor me recorre la espalda al ocurrírseme otra cosa—. ¿Han llamado a su padre?
—No, señora Davenport. En su expediente consta que debemos ponernos siempre en contacto con usted primero.
—Gracias, llegaré en cuanto pueda.
Cuelgo, olvidándome de la comida que iba a comprar, y regreso directamente a la consulta. Pero en cuanto atravieso las puertas y entro en recepción, sé que debería haber llamado en vez de volver en persona.
Maria está detrás del mostrador, con un teléfono pegado a la oreja y una cola de pacientes esperando a que los atiendan.
—Ay, gracias a Dios —murmura Maria en cuanto me ve—. ¿Podrías encargarte de la factura de este caballero? —pregunta distraída antes de empezar a hablar por teléfono.
Pero solo puedo pensar en mi hijo. No me importa ninguna de estas personas, solo necesito llegar hasta Henry y comprobar que está bien.
—Lo siento muchísimo —digo con sinceridad mientras me apresuro a coger la bufanda del perchero—. Tengo que irme. Henry está enfermo.
—¿Qué? —exclama una voz estridente.
Me quedo paralizada, con los dedos cerrándose en torno a la fina tela de la bufanda, y me vuelvo despacio mientras Francesca Charvez, nuestra jefa y directora de la consulta, sale de detrás del mostrador de recepción. Ni siquiera me había fijado en ella.
Mierda.
—¿Se va otra vez? —pregunta, con el ceño fruncido por la irritación.
Francesca es una mujer enjuta, alta y desgarbada, con el pelo castaño peinado hacia atrás y recogido en una tirante coleta, la nariz larga y puntiaguda, la boca ancha y unos ojos pequeños como cuentas que se entornan al mirarme de forma acusadora.
—Yo… Lo siento, Francesca, pero Henry está enfermo.
—Lo entiendo, pero no puede volver a marcharse antes de tiempo. Esta es la tercera vez este mes.
Eso no es verdad. Hace semanas que no me marcho antes de tiempo; la última vez fue a finales de enero, pero no la corrijo. Sé que no serviría de nada.
—Lo siento, tengo que…
Levanta una mano.
—¿No ve lo ocupados que estamos? Dependemos de usted, Lissa, y la crianza compartida existe por algo.
Como madre, comprendo que sienta que es su deber atender todas y cada una de las necesidades de su hijo, pero creo que, por una vez, su padre puede asumir la responsabilidad y ocuparse de esto, ¿no le parece?
Me quedo mirándola, con la cabeza hecha un torbellino. No sabe nada de mi matrimonio con James ni de la orden de alejamiento que tengo contra él.
Niego con la cabeza, impotente, mientras la cola de pacientes me observa.
—Tengo que ir a recogerlo; tiene el estómago revuelto.
Los ojos de Francesca se endurecen, y la expresión triunfal de su rostro basta para que comprenda que esto era una prueba y que la he suspendido.
—Ya veo. En ese caso, lamento informarla, Lissa, de que, si no es capaz de cumplir con sus obligaciones en esta consulta, tendrá que buscar otro empleo. No puedo permitir que el personal de recepción abandone su puesto un día sí y otro también, sean cuales sean sus circunstancias familiares.
—Francesca, por favor… —intento decir, con el corazón desbocado.
—O vuelve a su puesto y encuentra otra manera de resolver los problemas del colegio de su hijo, o está despedida.
—¿Qué? —susurro, sintiendo que se me hunde algo en el estómago—. No, no puede…
—Es una decisión muy sencilla. Mire la cola de personas que esperan a ser atendidas —dice, extendiendo un brazo hacia atrás con gesto teatral—. Y ahora míreme a mí. ¿Le parece que estoy bromeando? Si hoy va al colegio de su hijo, de acuerdo, pero tendrá que empezar a buscar otro empleo.
—¿Francesca? —interviene Maria de pronto, colgando la llamada y dando un paso al frente—. No pasa nada, hoy puedo encargarme yo de todo; solo es el ajetreo de la hora de comer. Yo…
—No, no lo hará —espeta Francesca, y veo a un hombre de la cola hacer una mueca ante su tono—.
Este no es un trabajo para una sola persona.
En recepción hay dos personas por una razón: para poder reducir el trabajo acumulado y asegurarnos de que todas las llamadas se atiendan a tiempo.
Así pues, ¿qué va a hacer, señora Davenport?
Todos los ojos de la sala están clavados en mí, incluidos los de Maria, cuya expresión, normalmente inflexible, está llena de compasión por primera vez.
—Yo… tengo que ir a buscar a Henry —repito una vez más. Son las únicas palabras que mi cerebro logra formular—. No tengo a nadie más que pueda cuidar de él.
Francesca asiente.
—Muy bien. Antes de que termine el día le enviaré un correo notificándole su despido. —Se vuelve hacia Maria—. O quizá pueda encargarse usted de eso, ¿verdad, señorita Campbell? Ya que hoy está tan dispuesta a ocuparse de todo lo demás.
Después se aleja hecha una furia mientras los pacientes se apartan de su camino y mantienen la mirada fija en el suelo o en sus teléfonos para no tener que mirar a ninguna de las dos.
Cojo la bufanda, camino despacio por detrás del mostrador para recoger el otro bolso, lleno de las cosas de Henry, y noto que una mano se posa con suavidad sobre mi hombro.
—Lo siento muchísimo —dice Maria con sinceridad—. Pero sabes que eres la empleada con más experiencia. Estoy segura de que acabará entrando en razón.
Asiento en silencio.
—Soy abogado —dice el hombre que encabeza la cola—. Si necesita asesoramiento laboral, llámeme. —Deja una impoluta tarjeta blanca sobre el mostrador, y yo la miro, conteniendo las ganas de reír.
Como si tuviera dinero para pagar a un abogado…
—Tengo que irme —susurro, con ganas de coger el ordenador y lanzarlo al otro lado de la sala—. Lo siento, Maria. No pretendía ponerte las cosas más difíciles.
—Entrará en razón —me asegura Maria, pero ambas sabemos que no es cierto. Cuando Francesca toma una decisión, nunca cambia de opinión.
¿Y por qué no me he enfrentado a ella? ¿Por qué soy siempre tan débil?
Me pongo la chaqueta y le dedico a Maria una sonrisa forzada mientras rodeo el mostrador. El teléfono empieza a sonar cuando me marcho, y Maria responde mientras coge la tarjeta del seguro del hombre que tiene delante.
Atravieso el grupo de pacientes y vuelvo a salir por la puerta. Ahora el sol ya no parece tan cálido; resulta inclemente y desagradable sobre mi piel mientras echo a andar hacia el colegio de Henry.
¿Qué voy a hacer? Sin trabajo no puedo pagar el alquiler, y no tengo ningún plan para costear la operación de Henry.
Quiero llorar, gritar, pero, en vez de eso, sigo caminando, callada y aparentemente tranquila, como siempre. Esto es lo que James ha hecho de mí: una criatura mansa y dócil que nunca replica, nunca se defiende, que se limita a tragarse todo el dolor y seguir adelante.
Aprieto los dientes y miro al frente mientras una oleada de furia abrasadora me recorre por dentro.
No me queda otra puta opción.
Saco el móvil del bolsillo, busco el nombre de James y me quedo mirando su odiosa y espantosa fotografía, y la sonrisa bobalicona de su rostro engreído.
Bastaría una llamada para que la vida de Henry volviera a mejorar. Podría empezar el tratamiento de inmediato y comenzar a encontrarse mejor. La facilidad y sencillez de la solución son un señuelo tentador.
Bajo el móvil, clavándome con fuerza los dientes en el labio inferior.
Y, cuando llame a James, ¿qué pasará después?
Volvería a entrar en mi vida. En nuestras vidas, imponiendo su control sobre mi hijo y asegurándose de que permanezca ligada a él para siempre.
Si tengo que aceptar de él cientos de miles de dólares o utilizar su seguro médico, estaré atada a él de por vida.
Es una deuda que jamás podría saldar, y no hay forma de que no encontrase algún modo de culparme por ello.
Esa era su especialidad. Todo era culpa mía. Todo…
Mi mente regresa a los dos ojos morados de la fotografía de aquella mujer apaleada y cubierta de hematomas que fui en otro tiempo. Le hice una promesa y pienso cumplirla.
La vida de Henry no se salvaría si le pido ayuda a James; eso supondría que se quedara sin madre. Si vuelvo con James, me matará. Como estuvo a punto de hacer la otra vez.
Dejo atrás su nombre, vuelvo al principio de la lista de contactos y pulso con fuerza el de Bethany.
—Hola —responde de inmediato—. Estaba a punto de llamarte, lo sien…
—No te disculpes —digo enseguida—. No haces más que intentar ayudarme. Lo sé. No debería haber perdido los nervios. Entiendo por qué dijiste lo que dijiste, lo que intentabas hacer, y te lo agradezco. Siento muchísimo haber pagado contigo mi enfado de esa manera.
—Lissa, no pasa nada, debería haberte escuchado…
—Acabo de perder el trabajo.
Al otro lado de la línea se hace un largo silencio y, después, vuelve a oírse la voz de Bethany, ominosa y cargada de furia.
—¿Qué?
—Francesca me ha despedido porque Henry ha vomitado en el colegio y tengo que ir a recogerlo.
Me ha dado dos semanas de preaviso. Por favor, Bethany, te lo suplico.
Sé que no te gusta la idea de que trabaje en Sterling House, pero no me queda otra opción.
—Dejo escapar un suspiro largo y derrotado—.
Bueno, eso no es del todo cierto —continúo, sintiéndome culpable por hurgar en la herida—.
Podría llamar a James y él lo pagaría todo.
—Joder —dice Bethany, desesperada.
—Por favor, Beth. Si lo odio, lo dejaré, pero tengo que intentarlo. Por Henry.
Se produce una pausa larga y angustiosa mientras contengo la respiración.
—De acuerdo —dice Bethany al fin—. Concertaré una entrevista, pero voy a imponerle ciertas condiciones a Pippa.
Condiciones innegociables. Tenemos en nuestros registros a algunos capullos que no se acercarán a ti ni con una pértiga de ciento cincuenta metros.
¿Entendido? Y mantendremos la regla del SOS de la otra vez.
Si te sientes en peligro, me llamas e iré a buscarte de inmediato.
—Gracias. Te quiero.
—Y yo a ti. Muchísimo. Pero odio esta puta situación. Me pondré en contacto contigo.
Entonces cuelga, y yo vuelvo a guardar el móvil con cuidado en el bolso y sigo caminando hacia el colegio. Eso es lo que se me da bien. Seguir adelante hasta que toda esperanza se desvanece.