At His Beck & Call (Sterling House) 2. Lissa
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2. Lissa

Lissa

La clínica dental donde trabajo está en Manhattan, no muy lejos de Times Square. Atiende a pacientes con grandes presupuestos y egos aún mayores, y odio cada minuto que paso trabajando allí.

Mis tres primeras semanas en el puesto fueron un bautismo de fuego. Como llevaba más de seis años sin trabajar, desde que conocí a James, no tenía experiencia con nada de lo que llegaba a mi mesa. Tenía que fingir constantemente que sabía lo que hacía y vivía cada día al borde del desastre.

Hasta los ordenadores habían cambiado tanto desde que estaba en la universidad que resultaban irreconocibles, y, por lo poco que entendía los sistemas internos de la clínica, bien podrían haber estado escritos en chino.

Pero aprendía deprisa y, pese a la hostilidad del resto del personal, lo soporté todo y conseguí salir adelante.

Mi empeño en seguir cobrando un sueldo es lo único que me mantiene allí.

Mi jefa es una zorra de proporciones colosales y otras seis personas de recepción han ido y venido durante el año que llevo trabajando allí.

No pensaba rechazar la oportunidad de tener un sueldo fijo, aunque para ello tuviera que lidiar a diario con gente horrible.

—¿Pero qué coño? ¿Me estás cobrando por llegar tarde?

—Sí, señor —digo con vacilación. El tipo que tengo delante se está poniendo rojo como un tomate—. Nuestra política establece que los retrasos pueden cobrársele al paciente.

—¿Cómo? ¿No puedes esperar treinta minutos a que salga de una reunión muy importante?

—Tenemos otros pacientes que se han retrasado por su culpa.

—No pienso pagarlo.

Maria, a mi izquierda, levanta la vista de la hoja de registro que está leyendo y lo fulmina con la mirada.

—Puede optar por no hacerlo, señor Carter —dice, recostándose tranquilamente en la silla, sin inmutarse lo más mínimo—.

Pero firmó la documentación en la que constaba que había leído nuestros términos y condiciones.

La política es clara. Tenemos registrada su tarjeta.

Podemos efectuar el cargo o iniciar un procedimiento formal. ¿Qué prefiere?

Me muerdo la lengua, deseando tener los ovarios necesarios para hablarle así a la gente. El señor Carter está casi morado. Permanezco sentada en silencio, esperando a que explote o empiece a tirar cosas.

¿Por qué nunca soy capaz de defenderme?

—Eres una zorrita, ¿lo sabes? —me dice mientras me entrega otra tarjeta. Más que verla, oigo a Maria levantarse lentamente a mi lado.

—Voy a comunicarle eso mismo a la directora de la clínica. Seguro que le interesa saber que vamos a dejar de atenderlo como paciente por el lenguaje que emplea con el personal.

El señor Carter pone los ojos en blanco y se burla de ambas mientras me arranca de las manos la tarjeta a la que he cargado el importe y se marcha hecho una furia.

Las manos me tiemblan con violencia. Todos los enfrentamientos de este tipo me remueven por dentro. Las tácticas que la mayoría de los hombres emplean para menospreciarme y humillarme son siempre las mismas.

Me siento pisoteada, débil e impotente, dependiendo de otros para que hablen por mí cuando debería haber mandado a ese tipo y su actitud a la mierda.

Miro de reojo a Maria, que ha vuelto a sentarse. —Gracias —murmuro con incomodidad.

—No hay de qué.

—¿Sigue estando bien que vaya a comer ahora? —pregunto—. He quedado con una amiga.

—Claro. Pero volverás antes de la una, ¿verdad?

Miro el monitor del ordenador y se me cae el alma a los pies. —Eso son solo cuarenta minutos.

—Ya. Tengo que ir al banco y tardo unos veinte minutos en llegar andando. Lo siento.

No discuto. Cojo el bolso, salgo de la recepción por las puertas principales y me pongo la chaqueta mientras avanzo deprisa por la acera. Le envío rápidamente un mensaje a Bethany para avisarla de que nuestra comida será más corta de lo previsto.

Por suerte, hemos quedado a la vuelta de la esquina, pero, al llegar al restaurante, frunzo el ceño y vuelvo a comprobar la ubicación que me ha enviado para asegurarme de que estoy en el sitio correcto.

Se me oprime el pecho cuando compruebo que sí.

El toldo de fuera es verde oscuro, de aspecto elegante, y hasta tienen aparcacoches.

Joder, este sitio parece caro.

Al entrar, me ajusto la falda. El traje barato que llevo no puede competir con las prendas de diseño que quedan a la vista en cuanto cruzo la puerta.

Me encanta la moda y sigo religiosamente las tendencias y las pasarelas.

Pero no puedo permitirme nada que se acerque siquiera a esos precios.

Paso junto a una mujer que lleva unos Blahnik y una americana de Celine y la contemplo con anhelo.

Parece un cisne deslizándose por un arroyo, mientras que yo soy una rana que chapotea a su lado, apenas capaz de mantener la cabeza fuera del agua.

Sonrío cuando Bethany me saluda con la mano desde un reservado al otro lado del salón. Se levanta con aplomo, tan escultural y perfecta como siempre. Aunque, bien pensado, podría ponerse una bolsa de basura y hacer que pareciera preciosa.

—Hola, preciosa —dice con una sonrisa—. No puedo creer que solo tengas treinta minutos. He pedido por las dos. Espero que no te importe.

—¡Claro que no!

—Por cierto, pago yo —añade con una sonrisa—. Así que deja de poner esa cara de preocupación.

—Ay, gracias a Dios —digo mientras me acomodo en el reservado—. Te lo devolveré.

—No seas tonta. Te invito yo, y he sido yo quien ha elegido el sitio. Aunque es bonito, ¿verdad? Me encantan los uniformes de los camareros; podría comerme literalmente a un hombre con traje de tres piezas.

—¿Te has hecho algo distinto en el pelo? —pregunto—. Estás increíble.

—Gracias —responde Bethany, tocándose el pelo. Lleva unos largos pendientes de diamantes que combinan con su maquillaje brillante.

—¿Piechowski te ha dejado salir antes? —pregunto, refiriéndome al nuevo jefe de Bethany.

—Sí. Pero ha estado refunfuñando por ello, como de costumbre. Si te soy sincera, no sé cuánto más voy a seguir trabajando para él. Se está portando como un capullo con todo el mundo y me está salpicando bastante.

—Pensaba que te encantaba ese trabajo.

—Me encanta la oficina. El hombre me da igual. A veces resulta un poco abrumador y no deja de bromear con despedirme, como si yo lo necesitara o algo así. No creo que sea consciente de cuántos clientes han pedido que vuelva a trabajar con ellos desde que los dejé. Creo que ya van cinco.

Me sonríe alegremente y no puedo evitar reírme.

—En fin —dice, inclinándose hacia delante para apoyar los codos en la mesa—. Esta comida no es para hablar de mí. ¿Qué pasa? No es propio de ti invitarme a comer así, de repente. ¿Ha ocurrido algo con James? Mataré al puto cabrón si ha vuelto a molestarte.

Suelto una risita y cojo el vaso de agua mientras nos sirven varios platos. Hay empanadillas sobre un lecho de col frita, un filet mignon magníficamente cocinado y un platito de puré de patatas que hace que se me haga la boca agua al instante.

—Eso lo he pedido para ti —dice Bethany, acercándome las patatas—. Ya sabes que no como carbohidratos después del desayuno.

—Gracias. Todo huele de maravilla.

Me sirvo comida con la cuchara, impaciente, y comprendo lo hambrienta que estoy cuando me llega el aroma de la carne. No me doy cuenta de que Bethany me observa hasta que levanto la vista y descubro sus ojos llenos de preocupación.

—¿Qué pasa, Liss? —pregunta, con el plato todavía vacío—. Pareces agotada. ¿Has dormido esta noche? Dijiste que tu insomnio estaba mejorando. ¿Has leído el libro sobre los ritmos circadianos que te presté?

Trago una cucharada de patatas solo para saborear su cremoso sabor a mantequilla antes de tener que contarle a mi mejor amiga la horrible noticia.

Me planteo empezar poco a poco, andarme por las ramas hasta que no me quede más remedio que decirle la verdad, pero al final las palabras se me escapan de golpe.

—¿Recuerdas que llevé a Henry al médico por el dolor de estómago? —suelto de pronto.

Bethany asiente y por fin coge una cuchara para empezar a servirse.

—Claro, dijiste que iban a hacerle unas pruebas. ¿Tiene el síndrome del intestino irritable o algo así?

—No.

Bethany se detiene. No pretendía que esa única palabra sonara tan cargada de peso, pero me sale hueca y desgarrada.

Baja despacio la cuchara. —Vale —susurra—. Entonces, ¿qué han encontrado?

Las lágrimas contra las que llevo luchando desde que el médico me dio la noticia vuelven con fuerza, y soy incapaz de contenerlas. La mirada preocupada de mi amiga basta para abrir las compuertas, y decirlo en voz alta lo empeora aún más.

—Dios mío, Liss, ¿qué ocurre? —pregunta Bethany, cogiéndome de la mano.

—Tiene un tumor. —Bethany inspira de golpe, horrorizada—. Pero lo han detectado pronto. Tienen que extirparle el riñón.

—¿Es… es cáncer? —pregunta Bethany, con los ojos vidriosos y las mejillas encendidas.

Asiento, incapaz de hablar, y entonces Bethany se mueve, se desliza por el asiento y me envuelve entre sus brazos, estrechándome con tanta fuerza que apenas puedo respirar. Aun así, no es suficiente.

—Cariño, lo siento muchísimo. Dios mío, no puedo creerme esta puta mierda.

Al final me suelta y clava en los míos sus sinceros ojos castaño oscuro. —Escúchame, todo va a salir bien.

—No puedo pagar la operación —digo sin aliento.

—Pero tienes seguro médico —responde, frunciendo el ceño.

Niego con la cabeza. —Está vinculado al trabajo de James; todo figura a su nombre. Incluso me he planteado llamarlo para contarle lo que ocurre…

—Y una mierda. Lo pagaré yo —espeta con voz sombría y furiosa.

—No.

Bethany parpadea. —¿Qué? Claro que voy a ayudarte.

—Beth, no puedes permitírtelo. Ahora no. No con la situación de tus padres. Aún no sabes cómo va a acabar todo eso y no pienso ser la razón por la que no tengas suficiente dinero para afrontarlo. Llevo toda la vida dependiendo de otros para que me mantengan. No volveré a hacerlo.

Bethany niega con la cabeza. —Pero es Hen —dice con la voz quebrada—. Yo moriría por ese niño.

—Lo sé. Pero tengo que empezar a valerme por mí misma.

—No vas a llamar a James —escupe, apretando la boca en una línea rígida y furiosa mientras traga saliva.

Entonces cierra los ojos, aparta una mano de mi hombro y se frota la barbilla. Haciendo un esfuerzo supremo, consigue borrar toda expresión de su rostro y vuelve a mirarme.

—Quiero decir… Es evidente que puedes hacer lo que creas mejor, pero, por favor, haría cualquier cosa para evitar que tuvieras que verlo. Cualquier cosa. Sé que ahora mismo las circunstancias son difíciles, pero…

—No voy a llamar a James, Beth.

Suelta el aire con fuerza y se recuesta en el reservado, desconcertada. —Gracias a Dios. Entonces, ¿qué vas a hacer? ¿Pedir un préstamo? —pregunta, incrédula—. Tardarías toda una vida en devolverlo.

—Y no tengo historial crediticio —le recuerdo con suavidad—. Todas nuestras cuentas estaban a nombre de James.

—Será cabrón. —Gruñe y clava el tenedor en el plato—. Entonces, ¿qué? ¿Cómo piensas conseguirlo?

Respiro hondo y hago acopio de valor mientras la miro fijamente a los ojos. —Quiero que me consigas una entrevista en Sterling House.

Bethany se queda inmóvil. Sus labios rojos se entreabren antes de que apriete la mandíbula.

—No —dice con firmeza—. De ninguna manera.

—¿Por qué? —exijo, intentando mantener un tono sereno—. Las dos sabemos que en un año podría ganar lo suficiente para pagar el tratamiento que Henry necesita. ¿Y dónde voy a conseguir esa cantidad de dinero si no?

—Encontraremos otra forma.

—Beth…

—No, Liss. No quiero esa vida para ti.

—¿Pero tú sí puedes hacerlo? —replico—. ¿De verdad crees que yo no sería capaz de soportarlo? ¿Porque tú eres mucho más fuerte y tienes más mundo que yo?

Cierra los ojos. —Yo no he dicho eso.

—Pero es lo que piensas. Es lo que piensa todo el mundo. Metedme en una caja forrada de seda y no me dejéis hacer nada por mí misma, no vaya a ser que me rompa en dos.

—Lissa, piénsatelo. No quieres acostarte con hombres por dinero —dice, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo—. Tu única experiencia sexual ha sido con James, joder, y él era el cabrón entre los cabrones. No dejaré que te vendas de esa manera. No después de todo lo que has pasado.

—¿Pero tú sí puedes? —siseo.

—Sí. Porque, aunque no quieras oírlo, no tendrías ni la menor idea de cómo complacer a un cliente de Sterling House y lo más probable es que fuera una experiencia espantosa que solo te haría más daño.

Me pongo de pie, con la rabia recorriéndome por dentro mientras miro a mi mejor amiga desde arriba. Todas mis esperanzas de encontrar una solución rápida a mis problemas se desvanecen ante la mirada firme y decidida que me devuelve.

—¿De verdad no vas a ayudarme? —pregunto mientras la gente del restaurante se vuelve para mirarnos.

—No voy a prepararte para una caída semejante, no —insiste—. Conozco este trabajo; no es para ti, Lissa. Ya se nos ocurrirá algo. Yo… le pediré a Pippa un cliente nuevo. Alguien más importante. No necesito tanto dinero para mis padres, puedo…

—No voy a depender de ti para que me salves, Bethany. Otra vez no.

Bethany frunce el ceño, frustrada. —Deja de ser tan cabezota. Quiero ayudarte.

—La única persona que va a ayudarme soy yo misma. Estoy harta de que otros controlen lo que puedo y no puedo hacer y de estar en deuda con todo el mundo. Pensaba que tú eras diferente.

—Eso es completamente injusto —protesta Bethany, arrojando la servilleta sobre la mesa y poniéndose de pie.

—¿Y para qué te necesito siquiera? —pregunto con rabia—. ¿Qué pasa si me presento allí sin más y le exijo a Pippa que me entreviste?

—No puedes entrar así como así desde la calle —dice, mirando alrededor con recelo—. No puedes presentarte allí sin una recomendación.

—Bueno, siempre hay una primera vez para todo —respondo con frialdad antes de dar media vuelta y salir hecha una furia del restaurante en dirección a la puerta.

—¡Liss! —grita Bethany a mi espalda, pero no me detengo. No me vuelvo.

Se acabó lo de esperar a que me den permiso para vivir mi vida. Voy a hacerlo, con o sin la ayuda de Bethany.