At His Beck & Call (Sterling House) 1. Lissa
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At His Beck & Call (Sterling House)

At His Beck & Call (Sterling House)

Por Alix Vaughn

© inepub.com

1. Lissa

Lissa

Hay una mancha de color marrón oscuro en el techo. Lleva ahí desde que nos mudamos, pero ahora se ha extendido hasta alcanzar el tamaño de un plato llano. La observo, preguntándome si debería avisar a mantenimiento. Aunque ¿de qué serviría? No van a hacer nada al respecto.

Me doy la vuelta en la cama; las ásperas sábanas me raspan la piel mientras contemplo la pequeña figura que yace a mi lado.

Henry se ha quedado dormido hace un rato, pero su carita ya está relajada y tiene las piernas encogidas contra el pecho, igual que cuando era un bebé. Mantiene la mano derecha cerrada sobre las sábanas y se las aprieta contra el cuerpo, como si alguien pudiera arrebatárselas en cualquier momento.

Alargo la mano, le aparto de la cara un solitario rizo rubio y le acaricio la mejilla con el dorso de los dedos. Parece tan tranquilo.

Se me encoge el corazón mientras lo observo, escuchando el zumbido del tráfico en la calle y a dos personas que se gritan en el piso de arriba.

El ruido no me molesta; lo que no soporto es el silencio que se oculta tras él.

Me incorporo y me aseguro de que Henry esté cubierto con el grueso edredón antes de levantarme de la cama. Me dirijo a la puerta y la dejo abierta al salir al salón. Últimamente odia dormir solo, consecuencia de que solo tengamos una cama, y quiero que pueda verme si se despierta.

Salgo de puntillas. La luz amarilla de la farola se cuela entre las persianas de la ventana y traza líneas nítidas sobre el suelo. La diminuta cocina refleja las luces de los rascacielos lejanos, mientras el piloto rojo de la cafetera me guiña un ojo en la oscuridad.

Nuestro apartamento es tan pequeño que puedo cruzarlo en diez pasos, pero era el único que podía permitirme y que no fuese un estudio.

Me pongo un cárdigan enorme y unos calcetines gruesos de lana, me echo el pelo sobre un hombro y camino hasta la mesa de la cocina. Sobre ella descansa un sobre de un blanco impoluto, justo donde lo he dejado esta mañana. Solo mirarlo me revuelve el estómago.

El médico ya me ha llamado para comunicarme el diagnóstico, pero, por alguna razón, verlo por escrito es lo más aterrador. Miro hacia el dormitorio, pero Henry no se ha movido. Desde lejos parece aún más pequeño. Diminuto y frágil.

La cama es el único mueble de la habitación.

Un perchero situado en la pared opuesta proyecta una larga sombra que hace que parezca que un monstruo se inclina sobre el cuerpo de Henry y lo observa dormir.

Del perchero cuelgan unas cuantas camisas, varios pantalones y un traje verdaderamente espantoso que constituyen la mayor parte de mi escaso vestuario. Dejamos atrás todo lo demás.

Vuelvo a leer la carta. No entiendo gran parte de la jerga médica, pero las recomendaciones del cirujano están muy claras. Henry tiene un tumor y necesita algo llamado nefrectomía para solucionarlo. Le extirparán uno de los riñones y, al mismo tiempo, el tumor.

La idea me aterra tanto que empiezan a temblarme los dedos. Mi precioso niño, inconsciente sobre una mesa de operaciones mientras lo abren en canal. Las náuseas me suben por la garganta mientras respiro hondo varias veces para tratar de calmar los acelerados latidos de mi corazón.

Bajo la carta, me levanto y voy hacia la cafetera.

Son más de las once, pero de todos modos no voy a poder dormir.

Me apetece algo dulce y, como no hay nada en la nevera ni en los armarios de la cocina, tendré que conformarme con un café bien azucarado.

Voy a coger el café normal, pero decido que el descafeinado tiene más sentido.

No necesito añadir cafeína a mi cuerpo, que ya está bastante alterado.

La cafetera comienza a borbotear y emite suaves chasquidos sobre la encimera mientras me apoyo en ella, con la mirada fija en la pared del fondo y mordiéndome el labio.

Muy bien. Pensemos en esto con lógica. ¿Qué sé con certeza?

El médico me ha dicho que el pronóstico de este tipo de cáncer es muy bueno. Eso es importante. De hecho, si pudiera tatuármelo en el brazo, lo haría, solo para tranquilizarme cuando todo parezca perdido.

Lo han detectado pronto, lo cual también es muy importante.

Una vez extirpado el tumor, Henry tendrá que soportar la quimioterapia, pero las perspectivas son excelentes.

La idea de que Henry empeore o incluso muera es inconcebible, y me he negado a buscar en Google la esperanza de vida de los niños de su edad.

Tengo que confiar en los médicos y creer que pueden salvarlo.

Se me revuelve el estómago.

Y luego está el coste del tratamiento. Solo la operación ascenderá a decenas de miles de dólares, y eso sin contar el ciclo de quimioterapia que los médicos dicen que probablemente necesitará. Ya me cuesta pagar el alquiler tal como están las cosas.

Me cubro la cara con las manos y suspiro cuando la cafetera pita a mi espalda. Abro uno de los maltrechos armarios de color marrón oscuro y cojo una taza, reparando en una desagradable mancha negra en la esquina superior derecha.

¿Eso es moho? Genial… justo lo que necesitaba.

La taza que he escogido tiene un dibujo que Henry hizo cuando tenía cuatro años. Es una flor de color rojo vivo, con tres figuras de palitos a su lado y las palabras Mamá, papá y yo escritas debajo con letra temblorosa.

Lleno la taza casi hasta el borde, añado nata y azúcar y regreso a la mesa.

Me dejo caer pesadamente en la silla y cierro los ojos, contemplando el peor de los casos.

¿De verdad debería llamar a James?

Me recuesto en la silla y miro el móvil, que está a mi lado. Una voz en mi cabeza que se parece sospechosamente a la de mi mejor amiga, Bethany, suena cada vez más fuerte cuanto más contemplo esta línea de pensamiento prohibida.

El problema de distanciarme de los errores de mi pasado es que la realidad de lo ocurrido empieza a desdibujarse.

Es fácil recordar de forma selectiva los momentos que pasamos juntos cuando James se comportaba como un ser humano decente.

Cuando se reía de mis chistes, lanzaba a Henry por los aires y sonreía como si fuéramos felices.

A veces solo consigo recordar las épocas en las que nuestra relación iba bien. Por eso tengo las fotos guardadas en la carpeta «Oculto» del móvil. Bethany insistió en que no las borrara jamás.

Deslizo el dedo por la pantalla, abro de mala gana la aplicación Fotos y espero a que se carguen las imágenes. Trago saliva y las examino hasta el más mínimo detalle, recordándome por qué llamar a James para hablarle de esto es una idea verdaderamente estúpida.

Los oscuros moratones que rodean ambos ojos resultan sobrecogedores, igual que el tono amarillento de la piel alrededor de la nariz y la sangre seca sobre mi rostro, sin filtros, cruda. Incluso después de un año, apenas puedo creer que la mujer maltratada de la pantalla sea yo.

Me impresiona cada vez que la veo. Enterré aquello durante mucho tiempo: la violencia reiterada e interminable. Hacerlo fue necesario para sobrevivir. Pero ya no puedo seguir así.

Escapé por una razón. Necesité todas mis fuerzas, pero lo conseguí, y no pienso volver con él. Ese fue el trato que hice conmigo misma. Pasara lo que pasara. Ni ahora ni nunca.

Paso un dedo por mi propio rostro en la pantalla y recuerdo aquel dolor que me anulaba la mente, el momento en que desperté en una cama de hospital con Bethany a mi lado, los ojos enrojecidos y el gesto sombrío. Intenté hablar, con la garganta ronca de suplicarle a James que parase.

Un médico tardó una hora en venir a verme, y yo sentía tanto dolor que creí que iba a morir. Mientras dormía, Bethany fotografió todas las zonas en las que me habían hecho daño. No era la primera vez que lo hacía, pero aquella agresión, aquel sufrimiento abrumador, despertó algo en mi interior.

Tumbada en aquella cama de hospital, sentía el cuerpo sin fuerzas, como si pudiera dejarme llevar y no regresar jamás. Aquello me aterrorizó. No podía dejar solo a Henry. Tenía que luchar para escapar.

Mis padres murieron en un accidente cuando yo solo tenía cinco años, y viví con mis abuelos hasta que empecé la universidad. Eran personas maravillosas y les estaba muy agradecida por haberme acogido. Sin embargo, los dos han muerto ya y no tengo mucha gente con la que pueda contar. Salvo Bethany.

Dejo el móvil boca abajo sobre la mesa y contemplo la carta. Seguiré recordándome, cada hora si hace falta, que James no es mi salvación. Encontraré otra manera.

Antes pensaba que decidir abandonar a mi marido sería lo más difícil que tendría que hacer en la vida. Pero ahora, mientras escucho el tenue sonido de la respiración de mi hijo, está claro que quizá haya ganado la guerra, pero la batalla aún está por llegar.

Vuelvo a coger el móvil y abro la conversación de mensajes con Bethany. Todos los días hablamos de mil cosas distintas.

Los mensajes más recientes son de hace unas horas, un intercambio absurdo en el que Bethany me envió un vídeo de una mujer derribando una hilera de bicicletas eléctricas cerca de Central Park.

Las había empujado mientras gritaba como una posesa, y todas habían caído una tras otra, como fichas de dominó.

Sonrío ante el emoticono enfadado que Bethany había enviado junto con el vídeo. Por lo visto, había tenido un día duro en el trabajo y había perdido los estribos con un compañero.

Miro la foto de perfil de Bethany. Está radiante, con el cabello oscuro cayéndole sobre la piel bronceada y sus dientes blancos reluciendo.

Es muy distinta a mí, con mi piel pálida, mi pelo lacio y mis ojos de cervatillo, demasiado grandes para mi rostro.

Bethany es una diosa y yo, en comparación, una simple mortal.

Contemplo el cursor parpadeante y trago saliva con nerviosismo. Llevo todo el día pensando en esto, pero todavía no sé si hacerlo.

Es imposible que a Bethany le parezca una buena idea.

Pulso el campo de texto y empiezo a escribir.

YO: ¿PODEMOS VERNOS MAÑANA?

Aparecen tres puntos de inmediato.

BETHANY: ¡SÍ! ¿COMEMOS CERCA DE TU TRABAJO?

YO: PERFECTO.

BETHANY: ¿VA TODO BIEN?

Reacciono a su mensaje con el emoticono del pulgar hacia arriba y vuelvo a dejar el móvil.

No quiero contarle esto en un mensaje de texto.

La idea de decirle por mensaje a mi mejor amiga que una de sus personas favoritas del mundo tiene cáncer es inconcebible.

Necesito mirarla a los ojos, aunque sé que lo único que veré en ellos será tristeza y dolor.

Contengo las lágrimas que me empañan la vista.

No. No voy a dejarme arrastrar por la desesperación. Encontraré la manera de superar esto.

Abro el Instagram de Bethany y recorro la interminable sucesión de fotografías preciosas, mientras la conocida punzada de los celos me alcanza de lleno en el pecho, como siempre.

Hay fotos de playas hermosas, con su cuerpo bronceado en primer plano y un océano infinito a su espalda. Otra fotografía muestra una comida sofisticada de aspecto increíble y una gran copa de vino. La siguiente es de un precioso cóctel en una playa de Tailandia.

Bethany tiene un trabajo lucrativo. Extremadamente lucrativo. Muy pocos de sus amigos saben a qué se dedica en realidad. Pero yo sí. Beth no me oculta nada.

Su empleador, Sterling House, lleva más de tres años financiando su opulento estilo de vida, y durante ese tiempo ella ha ganado incluso más que James.

Mi futuro exmarido trabaja en finanzas, tiene muchísimo dinero y vive en un mundo ajeno a la realidad.

A menudo se burlaba del trabajo de Bethany como asistente ejecutiva, sin entender nunca qué era lo que hacía.

Bethany es la razón por la que logré escapar. Me ayudó con la mudanza, pagó la fianza de este apartamento y nunca se rindió conmigo, ni siquiera cuando estuve a punto de volver con él. Dos veces.

Pero ya no puedo depender de que otros me salven. James controló mi vida durante años y nunca me permitió ganarme la vida. Estuve atrapada tanto tiempo que olvidé lo que significaba ser libre.

Sin embargo, se acabaron los días de dejar que otros me mantuvieran a flote. No volveré a pedirle nada en toda mi vida. Me hice esa promesa y, por mi propia salud mental, tengo que cumplirla.

Si logro convencer a Bethany para que me ayude una vez más, quizá exista alguna forma de conseguir el dinero que necesito para Henry sin que James llegue a enterarse de nada.