Asuntos pendientes LIAM
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LIAM

Quise hablar con Ray en cuanto pisé, por fin, en un vuelo que llegó con casi dos horas de retraso, Manchester.

Me moría por abrazarlo de nuevo. Por pasar mis manos por ese pelo sedoso que llevaba bastante más largo que cuando estábamos en Rumanía.

Y por poder besar esa boca lasciva que tanto placer me había dado en el tiempo que habíamos pasado juntos.

Pero, como me suponía, llegué tan tarde al estadio que ya había comenzado el concierto. De hecho, estaba a punto de terminar. Me hubiese encantado verlo, pero no podía pelearme con el tráfico aéreo.

Me moría de cansancio. Los últimos días habían sido una locura de reuniones, carreras por los aeropuertos, y un sin fin de llamadas telefónicas de mi padre.

Me había tomado una semana de vacaciones y no se lo había tomado demasiado bien, y mucho menos cuando se enteró de que dejaba Estados Unidos para venirme a la tierra de la reina madre, que ya no vivía la pobre.

Pero aquí estaba yo, buscando a Avery entre la gente para poder entrar al concierto.

Mi padre que me volvió a llamar. Estaba a punto de bloquearlo.

¡Qué pesado era, joder! Sonreí cuando pensé en la cara que pondría si se daba cuenta de que lo había bloqueado. Joder, su furia no tendría parangón.

—Vamos, vamos, Avery —susurré mientras la esperaba en la puerta que me había indicado ella. Me paseaba nervioso de un lado a otro en mi impaciencia por reencontrarme de nuevo con mi rubio favorito sin que el guardia de seguridad me quitara la vista de encima. ¿Qué cara pondría?

Oí al público rugir y aplaudir con tanto ímpetu, que parecía que el suelo, e incluso el aire, vibraba con sus gritos.

Sonreí orgulloso de lo que estaba consiguiendo.

Me prometí a mí mismo que no me perdería su próximo concierto por nada del mundo.

Bueno, para ser sincero, no pensaba separarme de él lo menos posible siempre que el trabajo me lo permitiese.

—Estás aquí —Avery llegó casi corriendo, me abrazó en un visto y no visto y se volvió tirando de mi mano libre.

Me sujeté la mochila con las pocas pertenencias que había cogido para no tener que cargar con una maleta durante el viaje, ya me compraría algo de ropa en cuanto pudiera, aunque esperaba no necesitar llevar nada puesto en los próximos días. Soñar era gratis.

Había venido justamente hoy, porque sabía que después de este concierto tenía una semana libre hasta cantar de nuevo en París. Tiempo que pensaba pasar con él sin salir de una cama si podía elegir.

—Siento la tardanza. Había un problema de no sé qué en el aeropuerto y hemos salido casi con dos horas de retraso.

—El concierto está a punto de acabar —no perdió paso y avanzó entre la gente que había en los pasillos del estadio como Moisés abriendo las aguas— podemos ir al vestuario si quieres o bien…

—Quiero verlo cantar —decidí mientras miraba al escenario a lo lejos. Y allí encima, como un rey ante sus súbditos, estaba Ray, cantando esa balada que me encogía el corazón y me emocionaba cada vez que la oía. Aunque no lo dijese, sabía que me la había dedicado a mí.

Hablaba de dos personas que se encontraban cuando la noche era más oscura, que se reconfortaban y abrían sus corazones rotos para sanarlos entre llantos y risas. Hablaba de esperanza, de nuevos comienzos, de perdonar y saber soltar el pasado cuando dolía tanto que no te dejaba avanzar.

Cada vez que la oía, y me había pasado noches enteras oyéndola en bucle mientras intentaba quedarme dormido en mi cama solitaria, me recordaba a nuestros días en la cabaña.

A nuestros llantos compartidos, comidas quemadas, a él, siempre a él en nuestras tardes de risas.

A nuestras interminables charlas sobre cualquier tema y a nuestras confesiones bajo las mantas.

Era un hombre herido y esas heridas, tanto físicas como mentales, las llevaría siempre consigo.

Pero era admirable cómo se había levantado y juntado sus trozos rotos para empezar de nuevo y triunfar como estaba haciendo.

Era digno de admiración. Y de amor. Ese que había despertado en mí y por el que estaba dispuesto a llegar a donde hiciera falta por mantenerlo conmigo.

Ray se despidió del público que lo aclamaba con un rugido ensordecedor, y sonreí pensando en lo bien que le sentaría todo esto.

Parpadeé, porque de repente me había parecido ver a Carla entre la gente. Estaba obsesionado con ella y ya veía alucinaciones. A veces soñaba que hablaba con Ray y le contaba mil mentiras para romper nuestra relación. El miedo me reptó por la espalda como hormigas por un tronco de árbol.

—¿Sabes si Carla está aquí cubriendo el concierto? —me acerqué a Avery para hablarle al oído, porque el ambiente era ensordecedor.

—Quita, quita, ya solo nos faltaba eso.

Iba a decirle que me había parecido verla entre el gentío, pero cuando la busqué con la mirada ya no la veía por ninguna parte.

—Quería agradecerte que hayas accedido a estar presente cuando le dé la noticia a Ray.

Había hablado conmigo para pedirme que por favor estuviese con ellos cuando le contara su traición y todo lo sucedido después y no pude negarme.

Habíamos quedado en que uno de estos días nos reuniríamos los tres para hablarlo con calma.

Pero ninguno nos imaginábamos lo que estaba a punto de suceder.