Asuntos pendientes LIAM
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LIAM

Reunirme con los hombres más importantes de la empresa no estaba siendo tarea fácil.

Como era de esperar, ninguno se fiaba de mí y de que no volviese a escaparme cuando me sintiera sobrepasado por todo.

No entendía por qué mi padre había salido de la reunión dejándome solo para que me enfrentara a las bestias de Mordor sin nada que me respaldase.

Me entraban ganas de volver a marcharme a Rumanía y a la mierda con todo.

Pero había vuelto para hablar cara a cara con Ray y aclarar nuestra relación.

Me había estado llamando y mandando mensajes sin parar, pero había decidido dejarlo sufriendo un poco más.

Al fin y al cabo, pensaba ir a buscarlo en cuanto acabara con las interminables reuniones que estaba teniendo desde que decidí asumir la presidencia.

Había apagado el teléfono cuando entré en la sala de reuniones porque sentía la imperiosa necesidad de mirar sus mensajes o cualquier otra cosa que me distrajera de las soporíferas reuniones que estaba teniendo.

¿Es que nadie tenía una anécdota graciosa o una manera más divertida de dar las estadísticas?

Me moría de aburrimiento y por eso había apagado el móvil y no fue, hasta que terminó la reunión y lo volví a encender, a eso del mediodía, cuando no vi su mensaje.

Estoy en la puerta de tu edificio.

Salí corriendo para intentar pillar un ascensor que no estuviese lleno, pero a estas horas era casi imposible porque todo el mundo salía o volvía de comer, y era casi imposible pillar uno que no se parara en las más de cien plantas que tenía el edificio.

Intenté llamar a Ray para preguntarle dónde estaba, pero dentro del ascensor no tenía cobertura.

Así que tuve que esperar a que el ascensor bajara hasta la planta baja.

Cuando lo llamé me salió apagado o fuera de cobertura y colgué.

Mierda. No quería dejarle un mensaje, quería verlo de una vez y me maldije por no haber querido hablar con él en las muchas veces que había intentado ponerse en contacto conmigo.

Me aterraba que de repente se hubiese dado por vencido.

—¿Dónde estás? —le mandé un mensaje esperando que recuperara la cobertura en ese momento y me pudiese responder. Mientras tanto me puse a andar por la calle esperando ver un pelo rubio y el cuerpo delgado que tan bien conocía. ¡Dios, como lo echaba de menos!

Después de estar más de media hora buscándolo por las calles, como el que busca a su perro cuando se le escapa, me di por vencido y decidí anular todas mis reuniones de hoy y los siguientes días para encontrarme con él donde quiera que estuviese.

Mi padre iba a poner el grito en el cielo, como si lo estuviese escuchando, pero ya era hora de dar el paso definitivo y buscar a Ray antes de que pensase que no quería volver a saber nada de él. Y sabía quién era la persona perfecta para que me ayudara a encontrar a Ray.

—Vaya, hola, forastero.

—Avery…

—Si querías hacer sufrir a Ray, creo que lo has conseguido. Dejarlo esperando en la puerta del edificio es algo rastrero —me removí inquieto por la regañina porque tenía toda la razón— y lo de tu padre no tiene nombre.

¡Espera, espera! ¿Mi padre? ¿qué tenía que ver en esto?

Entonces entendí la cara de satisfacción que trajo cuando volvió de donde quiera que hubiera estado.

—¿Me estás diciendo que mi padre ha hablado con Ray? ¿Ha estado en mi oficina y nadie me ha dicho nada?

Podía retorcerle el cuello a mi padre en ese momento. ¡Oh, joder! Ray pensaría que no quería saber nada de él.

—¿No sabías nada al respecto?

—Si piensas que he mandado a mi padre a que despachara a Ray y lo echara de la oficina, es que no me conoces.

Para tu información, te diré que he estado reunido toda la mañana y no me he enterado de la visita de Ray hasta mediodía, cuando ya se había marchado.

Y de hecho, lo he llamado en cuanto he leído su mensaje, pero su teléfono me daba fuera de cobertura.

—Se ha marchado. Vuelve a Miami.

—¡Oh, joder! —me pasé las manos por la cara con frustración. Me arrancaría el pelo con gusto si así conseguía apartar la sensación catastrofista que me embargaba en ese momento.

—Avery, te he llamado porque necesito tu ayuda.

—Si no es para conquistar a mi hombrecito, paso.

—Si. Es justamente para eso.

—Entonces soy toda oídos. Pero debes saber que este fin de semana empieza con el primer concierto. A partir de ahora va a ser muy complicado que podáis cuadrar vuestras agendas.

Eso me dejó fuera de juego. Si él empezaba a recorrerse medio mundo con las giras, me iba a ser muy difícil poner en marcha mi plan.

—Bien, ante todo mándame su agenda para saber dónde va a estar las próximas semanas y te diré lo que tengo pensado.

—Soy toda oídos. Apunta.