RAY
Así que aquí estaba yo, en un edificio gigantesco donde estaban las oficinas de Hoteles Sinclair en Los Ángeles, en una sala de espera de mármol blanco y cristales, todo frío e inmaculado, y una secretaría guapísima, delgadísima y tontísima que me hizo esperar para anunciarme.
—El presidente está muy ocupado esta semana. Posiblemente no pueda atenderlo —me dijo sin conocerme a simple vista— su nombre es…
Parpadeó repetidas veces, lo que me indicó que el nombre sí lo conocía y me miró de nuevo con una cara de sorpresa que en otro momento me hubiese hecho reír, pero había sido tan desagradable mirándome como si hubiese pisado una mierda y hubiese pisoteado su inmaculado suelo de mármol, que no me dio la gana ser amable con ella.
—¿Me puede firmar un autógrafo? —le faltaba dar saltitos en el suelo por la ilusión, pero se iba a llevar una sorpresa.
No estaba de humor. Si trataba con esa frialdad y ese desprecio a las personas que llegaban allí, no podía esperar que luego fuesen amables con ella.
—Lo siento, ya he gastado el cupo por hoy.
—¿Rose?
El hombre que llamó a la recepcionista no necesitaba presentación, era Liam con treinta años más, y por su manera de mirarme, supe que me había reconocido y que no se alegraba de verme.
¿Era posible que su hijo le hubiese hablado de mí?
Bien, eso esperaba, aunque conociendo a Liam, dudaba mucho de que le contase nada a su padre.
Por lo que había entendido de sus entrevistas en la televisión, Liam se había dado a la fuga cuando su padre le quiso ceder la presidencia años atrás, y había dado la cara ahora…
¿por qué exactamente? ¿Porque tenía asuntos pendientes?
¿Yo era su asunto pendiente? ¡Ojalá! De hecho, había venido a buscarlo por ese mismo motivo, porque teníamos una deuda que saldar, y yo una disculpa que dar e intentar dejarle claro que quería una vida con él.
No me importaba ni el dónde ni el cómo si era con Liam.
Soñar era gratis, ¿verdad? ¿Vosotros no soñáis despiertos con deseos que tenéis por cumplir?
Esos son los asuntos pendientes que todo el mundo tiene.
—Ah, señor Sinclair, el señor Orson pregunta por su hijo. Ya le he dicho que está muy ocupado esta semana, pero insiste en verlo.
—Mi hijo no puede ser interrumpido en estos momentos. Le ruego vuelva otro día.
Y una mierda.
—Esperaré —no tenía intención de irme a ninguna parte— tengo todo el tiempo del mundo.
—¿Le importaría acompañarme un momento?
Que el viejo quisiese hablarme en privado no me daba buena espina, pero de todos modos quería enterarme de lo quisiera decirme que ya suponía que no iba a ser nada bueno. Desearme una feliz relación con su hijo seguro que no. Asco de vida.
—Claro.
Lo seguí hasta una sala completamente de cristal.
Con una enorme mesa, también de cristal, como no, de reuniones para más de veinte personas.
La pared frontal tenía unas vistas impresionantes del U.S Bank Tower y sus setenta y tres metros de altura.
Cerró la puerta tras sí y me invitó a sentarme con un gesto de la mano.
—Prefiero estar de pie.
—Como quiera —el hombre me estudió con detenimiento y supe lo que estaba viendo.
Yo llevaba vaqueros rotos y sudadera grande con una gorra que me tapaba media cara para intentar pasar inadvertido.
Desde que salió a la luz mi vuelta a los escenarios, la prensa no me dejaba ni a sol ni a sombra.
No era mi mejor atuendo, lo reconozco, pero no esperaba una entrevista privada con el que esperaba fuera mi suegro.
Sabía que al Liam que yo conocía no le importaría nada mi vestuario, pero en esta oficina, destacaba como un pordiosero en el salón real— mire, sé lo que tuvo con mi hijo, pero eso se acabó, ¿sabe?
—ni siquiera me dejó responderle. Supuse que Carla se lo debió de contar porque dudaba mucho que lo hubiese hecho Liam— no quiero que se acerque más a mi hijo.
Pues mala suerte porque eso no iba a pasar excepto que fuese Liam el que me lo pidiera.
—Escuche…señor…
—Sinclair.
—Vale, señor Sinclair. He venido a hablar con su hijo y nada de lo que me diga me hará cambiar de opinión.
—Pero es que mi hijo no quiere hablar con usted, ¿no lo entiende?
—Bueno, pues entonces que venga y me lo diga él mismo.
Como vio que no me iba a dar por vencido, su semblante se ensombreció y supe que este hombre no estaba acostumbrado a que le dijeran que no. Bueno, yo tampoco.
—No lo quiero en mi empresa —el tipo me miro con tal cara de asco que consiguió hacerme dudar de si venir a buscarlo había sido buena idea, después de todo.
—Ya, bueno, me marcharé en cuanto haya hablado con él.
—No, se va a marchar ahora si no quiere que llame a seguridad y lo echen a empujones de aquí.
Menuda mierda. Lo último que me faltaba era salir en la prensa cuando me echaban de la empresa de Liam como a un vulgar delincuente.
Tenía que aceptar mi derrota. No podía ponerme a buscar a Liam como un loco si no quería montar un numerito, así que decidí darme por vencido, por ahora.
Aunque la idea de ponerme a llamarlo a gritos se me pasó por la cabeza, pero decidí no ser tan imprudente y montar un escándalo para que su padre me odiara aún más.
Ya buscaría la manera de ponerme en contacto con él.
—No hace ninguna falta, ya me marcho, pero le interesará saber que no pienso darme por vencido hasta que hable con su hijo en persona.
—Buena suerte con eso. Ahora por favor, márchese de aquí antes de que llame a seguridad.