Asuntos pendientes LIAM
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Mi padre había cambiado mucho en los años que hacía que no lo veía.

Después de mi enfrentamiento con él, había mantenido el contacto con Anne, su mujer y la madre de Carla.

Aunque nuestra relación no era demasiado cercana, ella no tenía la culpa de que mi padre fuese tan estricto y dictatorial como un general del ejército.

Estaba claro que debía ser despiadado en los negocios y en casa era igual de frío que en la oficina.

Así que, tras la muerte de mi madre que era todo besos y abrazos, me encontré en un hogar desangelado y estricto donde me pasaba los días intentando ganarme el reconocimiento de mi padre, cosa que casi nunca conseguía.

Cuando decidí estudiar medicina, sabía que mi padre pondría el grito en el cielo, pero para mi sorpresa, se dedicó a hacerme el vacío y a no dirigirse a mí más que cuando era estrictamente necesario.

Hasta que por fin nos enfrentamos, cuando decidió que ya había esperado los años suficientes para que me dejase de tonterías y ocupara el puesto en su empresa, que, según él, era el que debía tomar y dejarme de jugar a los médicos y enfermeras.

Del tema de ser gay nunca volvió a decirme nada, pero yo sabía que esperaba que se me pasase la tontería, como si ser gay fuese una decisión que tomabas un día para cambiarla al siguiente.

Ya no me daba miedo enfrentarme a mi padre. Sabía lo que quería, y aunque deseaba retomar la relación con él, no iba a permitir que dirigiese mi vida ni me impusiese ninguna de sus arcaicas decisiones.

Mientras me acercaba a la mesa donde estaba sentado mirando el móvil con gesto concentrado, observé lo cambiado que estaba.

Ni August Sinclair era inmune al paso del tiempo.

Siempre había sido delgado, entre otras cosas porque decía que el ser humano debía comer lo estrictamente necesario para sobrevivir, así que siempre había comido como un pajarito.

Ahora, su espalda, esa que siempre mantenía derecha como una vela, estaba encorvada, y el traje que llevaba puesto, de un gris oscuro, que seguramente costaba más que el alquiler de mi cabaña en Los Cárpatos el año entero, le quedaba grande de los hombros.

Su pelo, antes salpicado de canas, era ahora completamente blanco y lo llevaba, como siempre, peinado hacia atrás.

Me vino a la mente la idea de que por lo menos no me quedaría calvo con la edad. El perder el pelo era genético, ¿no?

Me reí por lo absurdo del pensamiento y ese sonido fue lo que lo hizo levantar la vista del móvil y clavar sus ojos, oscuros como los míos, en mí, para evaluarme como un carroñero a su presa.

Se levantó con trabajo de la silla para saludarme y de repente me encontré sin saber bien lo que hacer.

¿Lo abrazaba? Darle la mano me resultaba demasiado frio, pero no pude evitar que me impresionase tanto como lo hacía cuando era pequeño. Fue él el que dio el primer paso.

—¿No vas a darme un abrazo? —su voz sonaba cascada y apagada, nada que ver con el tono autoritario que había usado siempre.

—Claro —al abrazarlo sentí su espalda huesuda y me di cuenta de que estaba más delgado de lo que parecía a simple vista —me alegro de verte, papá.

—El hijo pródigo ha vuelto —dijo cuando nos separamos y me indicó la silla que estaba frente a él en la mesa— siéntate y dime por qué has vuelto tan de repente.

Ahí estaba el hombre que yo conocía. Directo al grano. Nada de conversaciones tribales sobre el tiempo, la salud, o interesarse por lo que había sido de mi vida en estos años que no nos habíamos visto. A él solo le importaba el motivo por el que había vuelto y qué ventaja obtendría de ello.

¿Qué podía decirle? ¿Que había vuelto porque me había enamorado de un cantante y quería estar cerca de él, y no en la otra parte del mundo?

¿Le importarían los motivos? Iba a enterarse de todas formas, porque cuando dejase solucionado este tema, iba a buscar a Ray, donde quiera que estuviese, e iba a explicarle todos los motivos por los que yo jamás le traicionaría.

Aunque me dolía como me había tratado, podía entender que pensase que yo también le había traicionado, como habían hecho tantas personas antes que yo.

Y sabía que la traición que más le iba a doler era la de Avery.

Como no había salido la noticia en ninguna parte, supuse que todavía no le había contado nada.

Y quería estar con él cuando se enterara.

—He estado un tiempo en Rumanía, curándome de las heridas de la guerra— no iba a contarle nada más— y he pensado que era hora de que enterráramos el hacha de guerra.

—¿Significa eso que has venido para ocupar tu puesto en la presidencia de la empresa, como te pedí que hicieras antes de que te escondieses de esa forma tan vergonzosa?

¡Será cabrito el tío!

—Esconderme de esa manera vergonzosa, como dices tú, salvó a un montón de soldados en una guerra que no compartían y de la que ni siquiera querían formar parte.

—Como sea —hizo un gesto desdeñoso con la mano para quitarle importancia y avisó al camarero para que nos tomara nota de la comida.

¿Cómo era posible que lo hubiese echado de menos? Era el mismo egoísta de siempre al que solo le importaba él, él y después otra vez él.

—¿Han pensado lo que van a tomar?

—Yo lo mismo de siempre, y trae una botella de agua con gas —me miró a mí— ¿tú qué vas a comer?

Estaba deseando irme de allí, así que me obligué a tranquilizarme pensando que debería dejar zanjado este tema para poder dedicarme a reconquistar a mi novio, que era lo que de verdad me apetecía y el motivo real por el que había vuelto.

—Yo quiero una cerveza muy fría y el chuletón de ternera más grande que tengas —a la mierda. No me apetecía nada comer, pero con la carne me aseguraba de molestarlo, porque él nunca había entendido que una sola persona pudiese comer tanto. Yo nunca hacía ascos a un buen chuletón.

Obvié la mirada de disgusto que me echó mientras el camarero se marchaba. ¡Jódete, que las cosas las voy a hacer a mi manera!

—Bien, he vuelto con la intención de aceptar la dirección de la empresa, pero tengo mis condiciones…

—No hay condiciones que valgan —me soltó sin dejarme terminar de hablar— todo se hará según los términos que estipulamos hace años.

—Te equivocas, si me quieres aquí estas son mis condiciones.

Y se las enumeré sin darle opción a quejarse.