LIAM
No esperaba que me sintiese tan vulnerable y nervioso el día que, por fin, había quedado con mi padre para comer.
Encontrarme de nuevo con él después de casi tres años sin vernos me recordaba a mi niñez, a lo mucho que siempre me había impresionado y a lo incómodo que siempre había estado en su presencia.
Con él no tuve ni siquiera una conversación sobre mi orientación sexual. No hizo falta. Me pilló un día besando a un compañero de instituto y su cara de desagrado y asco me dejó muy claro lo que pensaba al respecto.
Jamás hablamos de ello, pero su mirada siempre había dicho más que su boca.
Hay personas que tienen esa habilidad, la de decirte sin palabras lo que se piensa de ti.
Bueno. Ya no era ese niño asustado. Había vuelto…
¿Por qué había vuelto exactamente? ¿Por mi padre?
No lo echaba de menos, ni un poquito siquiera, pero era lo suficientemente mayor para querer retomar la relación con él antes de que muriera.
Desde que estuve en la guerra, me prometí no dejar ningún asunto pendiente.
Para mí era importante decirle a los demás lo que pensaba de ellos, hablar de nuestros sentimientos no debería ser tan difícil.
¿Verdad? ¿Dar un abrazo a un amigo? Y cientos si hacía falta.
Me había dado cuenta de lo importante que era el contacto físico.
Un abrazo, una palmada en la espalda, un simple beso en la mejilla o un apretón de manos.
¿Decir un te quiero, o un te necesito o te extraño? Para mí, no era problema alguno.
Por ejemplo, la reunión que tuve en la montaña con mi hermanastra, con la que nunca me había llevado bien porque no soportaba su forma de ser, ni el trabajo que hacía, me ayudó a limar asperezas.
Éramos familia después de todo y su madre, la mujer de mi padre me caía genial.
A ella sé que le entristecía que nosotros no nos lleváramos bien, así que tras una larga charla y pasar dos días juntos por culpa del mal tiempo, nos había acercado lo suficiente como para enterrar el hacha de guerra.
Que hubiese cumplido la parte del trato que hicimos de no hablar nada de Ray, me demostró que parecía valorar nuestra nueva situación. Y así volvía de nuevo a Ray y a mis sentimientos por él. Lo echaba tanto de menos que me dolía el corazón. ¿Se podía morir de amor?
No lo tenía claro, pero lo que sí sabía es que él se había llevado mi corazón con él cuando se marchó. Extrañaba todo de él.
Sus tonterías cuando se proponía hacerme reír y no le importaba hacer mil payasadas.
Su sonrisa, esa que iluminaba la cabaña entera y todo mi mundo.
Sus besos me hacían sentir que todo estaba bien. Que el mundo era más bonito y tenía más colores.
Su voz cuando me cantaba al oído mientras me hacía el amor con lentitud por la mañana.
Y sus manos… Esos dedos largos y delicados que tocaban mi cuerpo como un instrumento musical hasta hacerme vibrar de pasión.
Dios, cuanto lo echaba de menos. Que se marchase sin hablar conmigo era una espinita que no me había podido quitar todavía.
Sabía que la llegada de mi hermana a la montaña me hacía parecer el único sospechoso.
No se podía imaginar nunca lo que Avery había hecho durante todos estos años, pero incluso así.
¿De verdad me conocía tan poco como para meterme en el mismo saco donde estaban las personas que lo habían traicionado con anterioridad? Esperaba que Avery le contase la verdad en algún momento Ray quisiese hablar conmigo.
¿Y qué haría yo entonces?
Ni idea.
Sabía que nuestra historia no estaba terminada. Avery insistía con ello continuamente.
Conozco a Ray, y puedo decirte que no dirá adiós a lo vuestro con tanta facilidad. Dale tiempo y verás como vuelve. Pero yo de ti, lo haría arrastrarse un poco antes de perdonarlo.
¿Lo haría sufrir un poco como mi hermana me aconsejaba también? Me daba pavor pensar en lo que pasaría cuando Ray descubriese lo que le había hecho Avery. No tenía claro que soportara una traición como la de ella. Demasiadas pérdidas en su vida. Demasiadas traiciones.
¿Cuánto tardaría Ray en querer hablar conmigo? Y cuando lo hiciera ¿querría solo disculparse por el malentendido o querría retomar nuestra relación? ¿Era él el motivo por el que de verdad había vuelto?
Que Ray me llamara cundo estaba llegando al restaurante me puso más nervioso todavía.
—Ahora no, Ray. Lo siento —murmuré con pesar.
Lo dejé sonar hasta que la llamada se cortó y entonces entré en el restaurante para comer con mi padre con la cabeza bien alta. Había llegado el momento de solucionar mis temas pendientes.