RAY
Cuando eres un personaje público, vives infinidad de momentos surrealistas y tenía que reconocer que pocos me habían sorprendido tanto como esta entrevista que acabábamos de ver. ¿Liam era hijo de un magnate hotelero? ¿Por qué yo no sabía nada de eso?
No podía borrar de mi mente la imagen de él, vestido con ese traje gris que contrastaba tanto con la imagen del hombre que yo había conocido estos meses atrás y que solo llevaba botas de montaña y pantalones cargo.
Nunca hubiese podido imaginar que proviniese de una familia pudiente.
Joder, si en sus hoteles se quedaban la gente más exquisita de la sociedad.
Incluso yo me había quedado en algunos de sus hoteles.
No entendía absolutamente nada.
Si no había ido allí por mí…
—¿Me estás escuchando?
Me sobresalté cuando me gritó para que le hiciese caso.
—¿Qué? ¡Qué sí, joder! Te estoy escuchando.
—¿Tú sabías todo esto? —señaló la tele para enfatizar lo que acabábamos de escuchar.
—Qué voy a saber. Este Liam no es el que yo conozco. Ni siquiera conocía su apellido.
—¿Estás viviendo varios meses con un hombre y ni siquiera saber cómo se llama? —obvié su tono acusador.
—No suponía que fuera tan conocido. Pensaba…
—Que era un don nadie ¿no? —terminó mi frase y sus palabras me hicieron sentir mal por primera vez.
¿Lo había tratado como a un leñador, como me gustaba llamarlo, sin que me sacara de mi error diciéndome quién era?
—Sabía que era cirujano, ¿vale? Él mismo me lo dijo, pero se cuidó muy mucho de decirme nada más sobre su familia y su pasado. Solo sabía que había estado en Irak, pero ni una palabra de su padre ni de su familia y mucho menos de aclararme quién era su hermanastra.
—¿Sigues pensando que la avisó él para que sacara a la luz vuestra relación?
—No lo sé, ahora mismo no sé nada de nada.
—Podía haberte mencionado hoy y no lo ha hecho, de hecho, no se ha hablado de ti desde que has vuelto en ningún periódico. Eso te indica…
—Avery, por favor, déjalo estar. Ahora mismo necesito digerir todo lo que acabo de descubrir sobre Liam.
Me levanté dispuesto a salir a la calle para que me diera el aire porque sentía que me ahogaba metido en ese salón.
—¿A dónde vas? La entrevista va a empezar.
No me importaba nada en este momento. No me sentía con fuerzas de quedarme allí viendo la tele. Quería irme a buscar a Liam para que me explicara todo lo que no me había dicho sobre su vida.
¿Por qué no me lo había contado? ¿Tan poca confianza tenía en mí como para que no me contara los problemas que parecía haber tenido con su progenitor?
Nos habíamos contado un montón de secretos y anécdotas sobre nuestras vidas, pero estaba claro que se había guardado para sí todo lo referente a su padre y a sus negocios.
—Voy a tomar el aire. Necesito salir un rato.
Me observó unos segundos antes de asentir.
—Vale. Como sé que le vas a dar mil vueltas a esa cabecita tuya, piensa también en que ese hombre no ha querido traicionarte en ningún momento, de hecho, si me preguntas mi opinión, que te voy a dar, aunque no quieras saberla, te diré que este paso que ha dado ha sido para proteger tu intimidad. Dale una vuelta.
—Nos vemos luego, no sé si vendré a comer.
Y me marché sin decirle nada más.
Necesitaba tomar el aire urgentemente y pensar bien en lo que había pasado.
Porque si Liam no había avisado a su hermana, como parecía que no había hecho, entonces me surgía la pregunta de ¿quién la había avisado?
¿Alguien del pueblo que me había reconocido?
Pero ¿por qué vino Carla donde estábamos nosotros?
Y lo más urgente de todo era intentar hablar con Liam y disculparme.
No me gustaba pedir perdón, joder, pero tenía que reconocer que me había pasado un huevo con él, y lo mínimo que se merecía era que me disculpara. Esperaba que me perdonara, yo soy un cagaprisas que actúo antes de pensar, pero eso ya lo sabía él. Hablar y disculparme era lo principal.
—Bien, Ray eso puedes hacerlo.
Me paseé, nervioso como nunca por Ocean Drive, lleno, como siempre, de personas patinando o en bicicleta, aparte de los que corrían o paseaban disfrutando de las maravillosas temperaturas que estaba haciendo en Miami este mes de febrero.
Cuerpos esculturales tomaban el sol en coloridas toallas, o jugaban al vóley playa en partidos improvisados entre risas y el graznido de las gaviotas que formaban, junto con el murmullo del mar, una inconfundible melodía estival que me ayudó a tranquilizarme mientras marcaba su número.
—Venga, cógelo, cógelo.
¿Qué iba a decirle cuando lo cogiera? Ni idea, ya improvisaría algo. No tuve que hacerlo, porque las llamadas se acabaron sin que me lo cogiera. Bien, ¿y ahora qué?