Asuntos pendientes LIAM
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Una semana más tarde

Cuando has estado dos años en una solitaria montaña perdida de la mano de dios, volver a la ajetreada vida de una gran ciudad no es fácil.

Aunque pueda parecer mentira, no lo echaba de menos en absoluto, de hecho, si no fuera porque las circunstancias se habían precipitado hasta este momento concreto, seguiría aquí, viviendo la vida sin preocupaciones ni dolores de cabeza.

Saber a lo que me tocaba enfrentarme me secaba la boca y me subía el estómago hasta la garganta.

Mi padre. El poderoso magnate hotelero August Sinclair.

El padre con el que hacía varios años que no me hablaba.

Desde que intentó obligarme a que ocupara su lugar en la empresa, sin importarle que nunca hubiese estado interesado en sus negocios ni en su dinero.

Nunca me había escuchado. Que yo estudiase medicina, algo tan opuesto a lo que él quería que estudiase, debería haberle dejado clara mi decisión de que NO quería trabajar en su imperio.

Ni las interminables reuniones a las que les dedicaba todo el tiempo, ni a las larguísimas llamadas telefónicas que lo mantenían alejado de su familia, aunque estuviese físicamente presente, eran para mí, y no tenía ningún interés en heredar todo eso.

Sin embargo, un día decidió que ya me había dejado jugar a los médicos el tiempo suficiente como para que lo dejara aparcado y tomara las riendas del que, para él, era mi futuro, y me nombró director adjunto de su empresa sin ni siquiera consultarlo conmigo.

Él hizo eso por su cuenta y riesgo, y tras una terrible discusión, me alisté en el ejército y me fui a Irak. Desde entonces no hemos vuelto a mantener relación alguna. Ni una miserable llamada telefónica por ninguno de los dos.

August era un padre orgulloso y un implacable hombre de negocios que no dudaba un ápice en acabar con quien se cruzaba en su camino.

Y aquí estaba yo, volviendo a casa para verme las caras con él, solo porque mi hermanastra dejara a Ray en paz y no le acosara.

Le había propuesto cambiar una noticia por otra, un hueso por otra.

Algo que una carroñera como ella sabría valorar, y mucho más, perteneciendo a la familia Sinclair.

Mi vuelta a casa iba a ser una noticia tan jugosa que hasta mi hermana había decidido hincarme el diente a mí antes de soltar a Ray.

No sabía nada de mi padre ni de sus negocios ni de su estado de salud. Siempre me había mantenido al margen y me había negado a leer nada sobre él en internet. Tenía ya casi setenta años y seguía al pie del cañón. No podía negar que me impresionaba encontrarme con él tanto como cuando era niño.

—¿Tienes claro lo que vas a hacer?

Me estaba despidiendo de Blake y Anka, los que habían sido mis únicos amigos, en esta montaña alejada de todo.

En los años que llevaba aquí, cuando llegaba el verano y dejaba de estar aislado por la nieve, viajaba por todo el país, que basaba su turismo en el emblemático personaje de Vlad el Empalador, personaje literario que ha rellenado las páginas de mil libros de fantasía, incluido uno titulado El Esclavo del Rey , que da una vuelta de tuerca a las historias de vampiros inspiradas en ese personaje literario.

(La escritora que es un poco rara, guiño, guiño.) Hoteles, restaurantes y un sinfín de souvenirs podías encontrar en el país dedicados al vampiro más conocido de la historia. Drácula.

—Bueno —le di un trago a mi café mientras estiraba las piernas para que el fuego, que ardía en la chimenea del salón del matrimonio que me había ayudado en estos años, me calentara los pies helados— es hora de volver a casa y ver al viejo.

Hace mucho que no lo veo y ya es hora de volver a la ciudad.

—¿Qué ha pasado con el chico ese que se fue a la carrera? ¿sabes si volverá? No he querido llamar a la chica que le organizaba la vida esperando a ver lo que pasaba con él. Habían pagado la cabaña por seis meses, así que todavía le quedan tres, por si decide volver.

Sabía que Anka no perdería la oportunidad de preguntarme por Ray.

Él había provocado un pequeño escándalo apareciendo por aquí de repente.

Y luego estaba el tema de que lo habían reconocido como alguien famoso.

Y si todo eso no era suficiente, se había marchado a la carrera y había tenido que pedir ayuda para que lo llevaran al aeropuerto.

Eso lo sabía por Blake que me mandó un mensaje avisándome de que se marchaba.

Todos sabían que habíamos vivido juntos en los últimos meses, así que no había que ser demasiado listo para sumar dos más dos.

—No lo sé con exactitud. Quizás debas llamar a Avery y que te confirme lo que piensa hacer con la cabaña. Aunque dudo mucho que vaya a volver —y menos sabiendo que yo estoy aquí.

Había esperado a que se pusiese en contacto conmigo.

Eso contando con que Avery le hubiese contado la verdad sobre la llegada de Carla, pero al parecer no había hablado con él todavía, o lo que era aún peor, podía habérselo contado y que a él no le importase yo lo más mínimo y hubiese seguido con su vida sin mirar atrás.

Al fin y al cabo, era muy típico de los famosos ¿no?

Te uso mientras estamos en el mismo lugar y luego me largo sin mirar atrás, y si te he visto no me acuerdo.

No quería pensar mal de Ray. Pensaba que en el fondo no era así, pero estaba cansado de mirar el móvil esperando que hubiese intentado ponerse en contacto conmigo.

Podía entender que pensara que yo lo había traicionado, porque poniéndome en su lugar, nadie más sabía dónde estábamos para que pudiese avisar a la prensa, pero debía haber confiado en mí y haberme preguntado a la cara si lo había traicionado, aunque todas las pruebas dijeran que yo era el único culpable.

Pensaba que me conocía mejor para no pensar que sería capaz de traicionarlo de esa manera tan rastrera.

—Bien —Anka puso su taza de café vacía sobre la mesa y miró por la ventana, quizás para comprobar que seguía sin nevar. El tiempo por fin parecía que nos estaba dando un respiro y llevaba varios días en calma— ¿qué quieres que hagamos con tu cabaña entonces?

Yo había quedado con ellos justo para concretar ese tema. Ahora que me marchaba y no sabía las decisiones que tendría que tomar en los próximos meses, necesitaba dejar cerrado todos los cabos aquí, el lugar donde había vivido los últimos años.

—¿Puedo dejártela pagada los siguientes seis meses? No sé si volveré, pero me gustaría pensar que tengo un sitio aquí si necesito escapar de la ciudad.

—Por supuesto. Te la mantendré en perfecto estado de revista para cuando quieras regresar.

Menudo alivio. Ya podía marcharme tranquilo o mi hermana vendría de nuevo a por mí y esta vez no podría quitármela de encima con tanta facilidad. Asco de familia, oye.