RAY
¿También estaba nevando aquí? Me restregué los ojos para intentar quitarme el sueño y el cansancio que mantenía mi cabeza tan pesada que no me dejaba hilvanar dos ideas seguidas.
—No es posible que me venga de un sitio congelado para aterrizar en otro igual, mierda de vida, joder —susurré en voz alta mientras me levantaba y me disponía a salir del avión, sin apartar los ojos de la ventanilla que me mostraba el paraje invernal que había al otro lado.
—Bienvenido a Nueva York.
Miré al tipo gordo y casi calvo que me miraba con cara divertida mientras pasaba por mi lado para bajarse antes que yo.
Odiaba a la gente que empujaba a los demás por tal de salir del avión primeros. ¿A qué venía tanta prisa? Si luego había que esperar a las maletas. No lo entendía, la verdad.
—Sí, ya —no tenía sentido decirle que llevaba viviendo aquí toda mi vida.
Me sentía ridículo con la ropa que llevaba de Liam.
Todo había pasado tan rápido, que no me había molestado ni en cambiarme de ropa antes de marcharme de Rumanía.
Como en el portamaletas de la moto de nieve, no me había cabido nada de mi ropa, la había dejado abandonada allí mismo, en el cobertizo, así que salí del avión con los pantalones cargo de Liam, sus botas de montaña que me estaban un par de números grandes, y una sudadera gigantesca que había perdido el color de tanto lavarla, pero por lo menos era muy calentita.
Me coloqué el abrigo encima, me puse el gorro sin preocuparme de que me pudiesen reconocer allí y me hiciesen fotos con estas pintas.
A Avery le podía dar algo si salía así en las noticias de todo el país.
Me reía mientras cogía mi exiguo equipaje que cabía en una mochila y salía de allí alegrándome en el fondo de no haber facturado nada. Pasaría por el control de inmigración, que esperaba que fuesen rápidos, al ser las horas de la madrugada que eran, y me iría a mi ático a dormir una semana entera.
Le dije a Avery que no hacía falta que viniera, pero conociéndola, sabía que como mínimo me habría mandado al chófer para que no tuviera que esperar un taxi con el mal tiempo que hacía fuera.
No me esperaba que fuera ella la que estuviese en la sala de llegadas del aeropuerto, pero tuve que reconocer que me alegré muchísimo de verla.
—Madre mía, que alegría me da tenerte de vuelta.
Me abrazó con tanta fuerza apretujándome las costillas que me dieron un latigazo de dolor.
Aún me dolían cuando me apretaba en la zona, pero no pensaba quejarme.
La abracé a mi vez y olí su cabello con su olor a flores tan característico.
Había cosas que nunca cambiaban., Cuanto me alegraba de estar aquí con ella.
Aunque había esperado que Liam me acompañara, me obligué a apartar esa idea de mi cabeza.
¿Qué estaría haciendo? ¿Me echaría de menos?
—Yo también me alegro de estar de vuelta, no te imaginas cuánto.
Se apartó de mi para darme un repaso exhaustivo con la mirada.
—Madre mía que guapo estás. Has metido casi todo el peso que habías perdido con el accidente.
—Sí, bueno —me removí incómodo. Todo había sido cosa de Liam que se había empeñado en que comiera sano y me había estado cebando con sus comidas caseras— he tenido mucho tiempo para descansar.
No iba a hablarle de Liam. No estaba listo para contarle nada todavía. Pensar en él me hacía sangrar el corazón, así que le sonreí e intenté cambiar de tema.
—Tienes que contarme lo que ha pasado para que te volvieras así de esta manera.
—No quiero hablar de ello —ni hoy ni posiblemente nunca— solo quiero llegar a mi casa y dormir en mi cama ¿has conducido tú con este tiempo?
—sabía que odiaba conducir, decía que el tráfico de Nueva York era lo peor, así que me sorprendía mucho que se hubiese atrevido a venir con esta mierda de tiempo.
—Sí, bueno —se encogió de hombros para quitarle importancia— cuando salí no nevaba y quería ser la primera en verte y darte un achuchón.
—Vale, vale —me reí cuando me abrazó de nuevo— ya vale de tantos arrumacos, me doy por abrazado y por saludado.
¿Podemos irnos ya? Y en cuanto duerma una semana entera nos vamos a Miami, así que ve haciendo las maletas —miré fuera para ver la tormenta que empezaba a gestarse en el exterior— vámonos antes de que nos quedemos atrapados aquí, que es lo que me faltaba después de dos días viajando sin poder dormir.
La insté a que se moviera. Conociéndola, podía seguir allí, abrazándome una semana entera. Cuánto la quería joder. Era bueno saber que tenía a alguien que jamás me había fallado.
Y de nuevo se me vino a la cabeza la imagen de Liam y de los abrazos que me daba. Era de las personas que te abrazaban con el cuerpo entero, no solo con los brazos, y yo me sentía allí, protegido y mimado como nunca lo había estado antes. ¡Qué desengaño, joder! Con lo que me gustaba ese hombre.