AVERY
No podía dejar de pensar en Ray y en lo que podía haber pasado desde que le di a la maldita periodista las indicaciones para llegar hasta él.
También de lo que se encontraría allí cuando los descubriese, porque si algo tenía claro de esa víbora con cuerpo de mujer, era que no dejaría escapar la noticia de haber encontrado a Ray cuando hacía tiempo que estaba desaparecido de los medios.
La culpa me carcomía. Ahora que parecía que había encontrado la paz mental que tanta falta le hacía… iba ella y se lo jodía, otra vez. Al parecer, ese tal Liam lo hacía feliz y si él era feliz, por supuesto que yo también lo era.
Vivía pendiente del teléfono a cada segundo y repasaba las noticias del corazón esperando ver el bombazo de haber encontrado el escondite de Ray.
—No me va a perdonar. Esta vez no.
Había llegado a mi oficina antes del alba, ni siquiera podía dormir bien.
Pensaba que una vez allí, podía centrarme en la discográfica que estaba revisando las canciones que Ray me había mandado.
Sabía que eran buenas, muy buenas. Como todo lo que él había escrito durante todos sus años en el grupo, pero necesitaba que se lo corroboraran.
Que Ray hubiese vuelto a escribir era una señal inequívoca de su estado de ánimo.
Se fue hecho una pena, herido y roto y le habían bastado unos cuantos meses en un lugar apartado con un hombre…
no sabía bien cómo era ese hombre, pero saltaba a la vista que le había hecho mucho bien.
Y ahora iba ella y lo estropeaba todo.
Salté al oír el estridente sonido de una llamada entrante y cuando vio el nombre de Ray en el teléfono lo supo.
Lo había estropeado todo. No sabía qué hora era en Rumanía, pero que él la llamase cuando hacía apenas unas horas que había hablado con él por última vez solo podía significar malas noticias. No se equivocó.
—¿Ray?
—Búscame un vuelo urgente para cualquier sitio que salga hoy de Rumanía ¿me oyes? A cualquier sitio lo antes posible.
No iba a preguntarle por qué quería marcharse con tantas prisas. Lo que más había temido acababa de suceder.
—Claro. Dalo por hecho —me obligué a preguntárselo de todas formas. Me importaba tanto que no podía dejar de preocuparme por él— ¿va todo bien?
No quería saber la respuesta. En el fondo sí, pero tampoco me extrañó lo que me confesó.
—No, todo se ha ido a tomar por culo. Soy un puto gilipollas.
—Tú no —dije cuando colgó el teléfono— pero yo sí lo soy. Por dejar que esto haya llegado tan lejos.