RAY
Si me hubiesen dado una patada en los huevos me hubiese dolido menos que la traición del que pensaba que era mi… ¿qué era Liam para mí? No lo sabía, pero lo que no podía imaginar es que fuera una puta rata traidora.
¿Y Carla era su hermana y no me lo había dicho?
¿en serio? Estaba tan sumamente enfadado, que cuando se marchó con ella entré en la casa dando tal portazo, que las paredes de madera se estremecieron, pero eso no acabó con mi mal humor, de hecho, se acrecentó y deseé golpear al traidor con saña, por conseguir que me enamorara de él para luego apuñalarme por la espalda.
¿Por qué? ¿por qué coño lo había hecho? ¿por qué no me lo había dicho? Habíamos hablado de mi relación con la prensa innumerables veces, y nunca había dicho absolutamente nada de que la conocía, de que era su puta hermana.
—Mierda, joder, joder —pateé las sillas y la mesa mandándolas al otro lado de la cabaña, y a punto estuve de patear el sillón. Pero en el último segundo, me di cuenta de que solo conseguiría romperme un pie, y era lo último que necesitaba en ese momento.
—Tengo que marcharme antes de que vuelva. No voy a darles el gusto a ninguno de los dos de que me vean destrozado por su… ese sucio campesino traidor…
Solo me faltaba echar espumarajos por la boca de lo enfadado que estaba. Mi pecho me dolía tanto que me lo masajeé pensando que ahora entendía lo que se sentía al tener el corazón roto.
—Es que soy gilipollas, joder. ¿Sigo sin aprender que no hay nadie que no quiera sacar tajada del idiota de Ray Orson?
Entré en la habitación y me puse a meter la ropa en la maleta de cualquier manera.
No pensaba quedarme allí ni un segundo más de la cuenta.
Le pediría al tío de la quitanieves que me llevara al pueblo y desde allí buscaría a alguien que viniese a por mí y me llevase al aeropuerto.
Ya mandaría Avery a alguien a por el coche, como si lo quería dejar allí para siempre. Como si me importara.
—Es que... Me cago en la puta… no aprenderé nunca, joder.
Mientras salía de la habitación arrastrando la maleta, oí un coche marcharse.
—No, no, no…mierda – al abrir la puerta de la cabaña me choqué de frente con el idiota de la cámara de televisión, estuvimos a punto de irnos los dos al suelo— quítame esto de la cara o te la destrozo —ya no me acordaba de que Avery siempre me decía que tenía que guardar las formas ante los periodistas. A la mierda se podían ir todos.
—Vale, ya la apago, tranquilo.
El tipo dio algunos pasos atrás y apagó la cámara mientras miraba el lugar por donde Carla había desaparecido con Liam.
Miré como mi medio de transporte se alejaba por el camino que conducía al pueblo.
—Joder, ¿y ahora qué?
No quería seguir allí ni un momento más. Miré el todoterreno esperando que, por un milagro, pudiese desplazarse por la nieve, pero estaba casi cubierto de ella por todas partes, lo que me indicaba que sería imposible marcharme en él.
Me planteé marcharme andando, pero en cuanto salí del porche de la cabaña me hundía casi hasta las rodillas, mojándome los zapatos y el chándal que llevaba puestos, en el acto. ¡Mierda de nieve! Piensa, piensa, Ray, ¿cómo podemos irnos de aquí? Y entonces lo recordé.
¿Había una moto de nieve en el cobertizo? Volví a entrar en la cabaña y busqué las llaves del cobertizo, saliendo con ellas de la cabaña como una exhalación con la maleta en alto para que no se me enterrara en la nieve.
—¿Adónde vas? – me preguntó el cámara con curiosidad, viéndome correr de un lado a otro como pollo sin cabeza.
—Me largo de esta montaña del demonio.
Sabía que no me iba a poder seguir, así que aligeré el paso y llegué al cobertizo sin resuello y con los pies congelados.
—Aquí estás —había una llave en el llavero del cobertizo y supuse que era de la moto de nieve.
Nunca, jamás me había montado en una, pero no podía ser tan difícil.
Miré los esquís delanteros y la oruga que tenía en la rueda trasera y me subí sin darle mayor importancia.
Total, si me caía de ella, la nieve amortiguaría el golpe.
Me subí mientras el tío de la cámara me miraba desde la puerta con ojos como platos. Coloqué la maleta detrás de mí, aunque tampoco me importaba demasiado que se perdiera por el camino, total, siempre podía comprarme ropa igual a la que tenía allí dentro.
—Si te marchas, Avery se va a enfadar mucho.
Como si me importara.
El hombre se llevó el teléfono a la oreja y supe de inmediato que estaba llamando a la arpía rubia y si no me daba prisa, Liam y ella llegarían antes de que me hubiese marchado. Giré la llave en el contacto esperando oírlo rugir… y no hizo absolutamente nada.
—Mierda.
Lo intenté de nuevo con el mismo resultado.
—Vamos, vamos.
—¿Has comprobado que tenga gasolina?
Parpadeé varias veces asimilando sus palabras. ¡Claro! Posiblemente estaba sin gasolina, pero un momento…
—¿Este cacharro lleva gasolina o gasoil?
—Gasolina, creo.
¿Lo había preguntado en voz alta?
Me bajé de la moto buscando algo con que poder echarle combustible, y vi sobre la mesa que había en un rincón, una garrafa de esas de las gasolineras con las que se compra gasolina para los coches que se quedan tirados en la carretera.
La cogí, comprobando que estaba llena y con cuidado de no derramármela encima, y le eché el combustible lo más rápido que pude.
—Ahora debería arrancar. Ese cacharro parece nuevo.
Así era, la moto de nieve, de color rojo sangre, aparte del polvo que tenía de estar allí encerrado… recordé las palabras de Avery sobre un regalito que me iba a encantar. Volví a subirme y decidí dejar la maleta allí, ya que no me cabía en el portaequipaje que tenía la moto a mi espalda.
—Mejor no —miré la puerta esperando encontrarme a Liam y a Carla allí fuera.
Al no ver a nadie me animé a abrir la maleta y comenzar a meter las cosas que me quería llevar de cualquier manera.
Algo de ropa interior, mi chándal y mis zapatillas favoritas.
Me puse el pluma para no pasar frío y dejé allí tirada, junto con mi corazón, la maleta y el resto de las cosas que no me iba a llevar.
Arranqué la moto, que ahora sí que rugió tan furiosa como mi humor, y salí de allí a punto de atropellar al cámara que se apartó de mi camino en el último momento.
—¡Eh, cuidado!
No tenía ni idea de dónde estaba el pueblo, así que seguí las rodadas de lo que supuse era la máquina quitanieves. No miré atrás ni una sola vez. Aunque mi corazón se quedó en esas montañas nevadas.