LIAM
Cuando tienes diez años y has visto a tu madre morir tras una larga enfermedad, lo último que esperas es que tu padre vuelva a casarse apenas un año después.
Pero ahí estaba yo, sentado en el salón de nuestra casa, esperando a que mi padre entrase con su nueva y flamante esposa, como había oído que llamaban a las recién casadas en las novelas que veía mi abuela en la tele.
Me sentía triste y decepcionado con mi padre. Pensaba que los dos formábamos un buen equipo, ahora que la muerte de mi madre ya no nos hacía llorar a los dos ante su mera mención. Los dos contra el mundo. Qué ingenuo era.
—No lo entiendo.
Mi abuela suspiró, cansada de discutir este mismo tema hasta la saciedad, pero me resultaba muy difícil asimilar que mi padre hubiese vuelto a casarse. No quería una nueva mamá. Quería que volviese la mía.
—Liam, ya lo hemos hablado —mi abuela se sentó a mi lado y me abrazó. Yo escondí mi cara en su cuello y aspiré su aroma. Olía a galletas recién hechas y a hogar. Me había quedado con mis abuelos mientras mi padre se iba a no sabía dónde a casarse con su nueva mujer. ¡Menuda mierda!
—Pero es que es muy injusto —No quería a nadie en la cama de mi madre, ni tocando sus cosas, ni viviendo en nuestra casa— a mamá no le gustaría que otra tocase sus cosas.
—Liam, cariño, a tu madre le hubiese gustado estar con vosotros toda la vida, pero la vida es así, y las personas que queremos se tienen que morir en algún momento.
Tu padre tiene que seguir adelante, y a tu madre ya no le puede hacer daño nada de lo que hagáis, pero seguro que querría que siguierais con vuestras vidas, y volvieseis a ser felices.
Mi abuelo paseaba inquieto por el salón sin decir nada.
Quería pensar que tampoco le gustaba que su yerno se casara con otra mujer cuando hacía tan poco que habían enterrado a su hija.
Se paró junto a mí, como si fuese a decirme algo, pero la llegada de un coche que aparcó en la puerta le hizo cambiar de opinión.
—Esos deben ser ellos —se acercó a mi abuela que lo peinó con los dedos como solía hacer siempre— todo irá bien —dijo a nadie en concreto.
Pero se equivocaba. La llegada de Sofía con su hija Carla solo fue el principio de un sinfín de problemas que hizo que la relación familiar nunca volviese a ser la misma. Maldita niñata.
Mi padre volcó su vida en los negocios y se convirtió en un hombre frío y desapasionado. No quedó nada del hombre que conocía.