RAY
Era todo tan perfecto que no podía ser verdad.
Estaba más que acostumbrado a que todo el mundo que se acercaba a mí viniera con segundas intenciones.
Creo que el ser famoso viene con ese problema añadido.
Nunca había tenido ninguna relación seria por ese mismo motivo.
Me había llevado más de un chasco, pero en el fondo, pensaba que Liam era diferente.
Si ni siquiera me había reconocido las primeras veces que nos vimos. No le encontraba sentido.
Pensaba que por fin alguien me veía por mí mismo, y no por el personaje famoso que había detrás, pero, por supuesto, también me equivoqué y esta vez su traición me rompió el corazón por lo inesperado.
Todo comenzó cuando escuchamos el motor lejano de un vehículo. Por supuesto lo escuchó él primero. Estar viviendo años ya en el silencio de la montaña te hacía desarrollar un oído mucho más fino que al resto de los mortales.
Inclinó la cabeza y me sorprendió que Apolo, a sus pies, la inclinaba exactamente igual, como si estuviesen sincronizados.
—¿Qué? ¿qué pasa? —cómo no esperábamos visitas me comencé a poner nervioso.
—Viene alguien.
Yo no escuchaba nada, pero también era cierto que yo hacía más ruido siempre que un elefante en una chatarrería. No sabía ser silencioso, qué íbamos a hacer. Ruidoso que es uno.
—¿Aquí? —pregunté mirando a donde miraban ellos, por si así podía oír lo que fuera que estuviesen escuchando.
—Es la máquina quitanieves del amigo de Blake —sentenció Liam.
Alucino oye, yo seguía sin oír nada. Ah, sí, ahora lo oía. El ruido lejano de una máquina. Pero con el tiempo que hacía, no entendía qué hacía la máquina quitanieves aquí arriba.
—¿Los has llamado tú?
Miré fuera para comprobar que en este momento no estaba nevando, pero el cielo presagiaba que volvería a hacerlo en cualquier momento.
—¿Yo? —me miró confundido— no, ¿para qué iba a llamarlo yo?
Me encogí de hombros. No entendía nada. Pero a simple vista, Liam se veía tenso, como si presagiara problemas.
Me dejaba llevar por sus instintos de superviviente o lo que fueran, porque estaba claro que estaban mucho más desarrollados que los míos.
Nos vestimos a la carrera y salimos al porche para ver al vehículo llegar.
—¿Vienen hacia aquí?
No tenía ni idea de si el camino seguía más adelante, aunque pensaba que no. Tras la casa empezaba el bosque y en él, a pocos metros estaba la pendiente de la montaña, por lo que el camión solo podía venir a nuestras cabañas.
—El camino acaba aquí —lo que yo pensaba— así que sí, tienen que venir aquí o a mi casa, pero Anka sabe que estamos los dos aquí, así que no creo que nadie vaya a mi casa.
—Quizás vengan a traernos comestibles —aventuré, situándome a su lado en la puerta con Apolo a nuestros pies, gimoteando nervioso al camión que se acercaba despejando el camino de nieve a los lados.
—No creo, me habría avisado por teléfono.
Me miró impaciente, pidiéndome que dejase de hacerle tantas preguntas. Me volví a encoger de hombros. Tanto misterio me estaba poniendo nervioso y cuando me ponía nervioso hablaba sin pensar.
La máquina se paró a unos metros de la cabaña y nos quedamos los dos esperando a que alguien bajara y ver quién era.
Las personas que iban en la cabina, había varias, bajaron y se nos quedaron mirando.
Iban con ropa de nieve, como era normal y apenas se les veía la cara.
Nos quedamos sorprendidos cuando alguien bajó una cámara y se acercó mientras parecía que…
¿nos estaban grabando con una cámara de televisión?
—¿Qué coño? —dije, sorprendido.
¿Quién había venido hasta aquí para grabarnos?
Y la pregunta era ¿cómo se habían enterado de que estaba aquí?
La otra persona, que era bastante más pequeña que el de la cámara, se acercó más a nosotros, aunque con tanta ropa puesta, el gorro de nieve, la capucha del anorak y las gafas, era completamente imposible reconocerla.
Hasta que se acercó más, con el cámara a su lado sin dejar de grabarnos, y se quitó el gorro y las gafas.
¿Esa era Carla? ¿Cómo coño me había encontrado?
—Hola, hermanito.
Espera, espera… ¿qué? …o sea ¿qué?