LIAM
No podía quitarme de la cabeza nuestra conversación.
¿De verdad me había pedido que me fuera con él?
Mientras lo besaba hasta perder el sentido de la realidad, me preguntaba si de verdad le gustaba tanto a un hombre como él, que podía aspirar a tener a cualquier otro.
¿Se había enamorado de un cirujano militar con síndrome de estrés postraumático?
Cuando nos quitamos la ropa en una carrera para ver quién podía tocarle la piel desnuda antes al otro, me seguí preguntando si podíamos tener un futuro fuera de estas montañas.
Él tenía su vida marcada y aunque su futuro siguiera siendo incierto, volvería a intentar seguir con el mundo de la música, lo que equivalía a interminables viajes de giras y a vivir a caballo entre Nueva York y Miami para la grabación del disco.
¿Qué haría yo mientras tanto? ¿Dónde podía vivir o trabajar?
—Déjame follarte ese culo maravilloso que tienes —me pidió entre jadeos mientras le hacía una felación.
De repente deseaba tenerlo entre mis brazos a cada momento y no soltarlo nunca. Su futuro estaba llamando a la puerta, y teníamos un montón de cosas que organizar para cuando llegara el momento.
No podía apartar ni mis manos ni mi boca de su cuerpo.
Me tan rápido saqué su polla de la boca, que saltó y golpeó su abdomen, tan erecta como el astil de una bandera.
Ni siquiera fuimos a por el lubricante. Perder un tiempo precioso no entraba en mis planes.
Se chupó sus propios dedos para lubricarlos antes de trabajar mi culo para prepararlo.
Gemí cuando empezó a colar un dedo tras otro mientras yo me removía como si tuviese el cuerpo lleno de hormigas.
—Ya está, ya está. Si sigues así voy a correrme y quiero sentirte en mi interior.
No necesitó que lo animara más.
—¿Te pones a cuatro patas? —sus ojos brillaban lujuriosos bajo el reflejo de las llamas de la chimenea.
—No, túmbate —le pedí empujando su cuerpo sobre el sillón— te recuerdo que tienes un esguince en el tobillo, así que no te conviene estar de pie mucho tiempo.
No me puso ninguna excusa. Se tumbó y yo me senté a horcajadas sobre sus caderas.
Cogí su polla y la coloqué en mi entrada hasta dejarme caer sobre ella con suavidad.
La sentí entrar en mi cuerpo centímetro a centímetro.
Gruñí cuando entró por completo y llenó mi cuerpo con una sensación tan placentera, que me obligué a pensar en otra cosa para no correrme ya.
—Liam… —gimió intentando alzar las caderas, pero yo era bastante más grande que él y no consiguió moverme. Gruñó, frustrado— muévete, joder.
—Estoy intentando no correrme —le confesé con los dientes apretados, casi sufriendo.
—Córrete cuando quieras que yo no voy a aguantar mucho.
Comencé a subir y a bajar mis caderas y su polla dio contra mi próstata casi en el momento, cosa que me hizo poner los ojos en blanco y gemir en voz alta.
—Ray, ahí, justo ahí —supliqué buscando el ángulo justo que me hacía encorvar los dedos de los pies.
Me alzó las caderas para poder bombear en mi interior buscando ese placer sofocante que amenazaba con llevarme al orgasmo de inmediato.
—Liam, voy a correrme.
Siguió bombeando en mi interior sin perder el ritmo. Yo me sujeté mi polla y comencé a masturbarme con movimientos bruscos buscando mi propia liberación.
—Yo también, joder.
Ray bombeó varias veces más, y me empujó sobre su cuerpo sujetándome por las caderas mientras gemía con fuerza mientras eyaculaba dentro de mí.
Yo me corrí a la vez que él. Sobre mi mano.
Salpicando mi vientre y el suyo. Nos puse perdidos a los dos.
No sabía cómo podía seguir fabricando tanto semen después de las maratonianas sesiones de sexo que estábamos teniendo.
Me dejé caer contra su cuerpo mientras los dos recuperábamos el aliento.
Todavía estaba dentro de mí y esta conexión que teníamos fue la que me ayudó a tomar la decisión definitiva de marcharme con él.
Ya encontraríamos la manera. Solo sabía que no quería perderlo. Sacarlo de mi vida no era una opción.