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CARLA

Llegar al pueblo, por llamarlo de alguna manera ya que eran cinco casas mal contadas, nos costó, al cámara y a mí, mucho más de lo que esperaba, porque esto parecía Siberia.

Había nieve por todas partes y para empeorarlo todo más, seguía nevando y el cielo estaba casi completamente negro, aunque no eran más que las doce de la mañana, presagiando que no iba a mejorar en las próximas horas.

Avery me había dicho que una vez en el pueblo hablara con una tal Anka y a su casa me dirigía en cuanto pregunté donde vivía.

Las personas que estaban en el bar de la pensión, el único del pueblo, nos miraron como si fuésemos extraterrestres.

Supuse que no esperaban viajeros con este tiempo, pero esta panda de paletos no sabía que yo no me achantaba ante nada.

Necesitaba pillar a Ray Orson desprevenido con él o la amante que tuviera.

Esa noticia iba a ser todo un bombazo, y por supuesto yo sería la que diera esta exclusiva.

Tener que caminar por la calle llegándome la nieve por la rodilla era mucho más farragoso de lo que pensaba, y hacía tantísimo frío que temía que se me congelaran las pestañas.

¿Cómo coño vivía gente en este clima tan horroroso?

Yo llevaba aquí poco más de unas horas y ya estaba pensando en una playa de arenas blancas tomando el sol con un cóctel en la mano.

Necesitaba unas putas vacaciones. No recordaba el tiempo que hacía que no me tomaba unos días de relax, y después de esta noticia, me las habría ganado a pulso.

—No te quedes rezagado —le dije a Hugh, mi cámara, que me seguía como una sombra. Ya no recordaba el tiempo que hacía que trabajábamos juntos.

Llevaba la cámara consigo porque no sabíamos donde encontraríamos a Ray y no podíamos desaprovechar la ocasión de pillarlo desprevenido.

Llamamos a la que se suponía que era la casa de la tal Anka mientras nos sacudíamos la nieve de las botas para intentar que se no se nos mojaran los pies. Demasiado tarde.

—¿Sí? —dijo una mujer mayor mirándonos con curiosidad.

—Hola, ¿Anka? —la mujer asintió con la cabeza y podía leerle la mente preguntándose qué podíamos querer dos desconocidos, uno con una cámara al hombro, en su casa, con el tiempo que hacía, que no invitaba a estar paseando precisamente— me manda Avery —no sabía lo que la representante le había podido contar sobre nosotros.

Si no nos cerró la puerta en la cara era porque no parecía haberla llamado para pedirle que nos pegara un tiro a cada uno.

—¿Avery?, ¿la chica de Ray? – la mujer sonrió y yo respiré aliviada. Iba a ser pan comido.

—Justo, ¿podemos pasar un momento?