LIAM
Como médico militar había tratado muchos ataques de pánico.
Cuando los soldados, algunos no eran más que muchachos que soñaban con ser héroes y salvar a su país como en las películas de Hollywood, se enfrentaban cara a cara con la muerte, se daban cuenta que el horror que había en ese campo de batalla, nada tenía que ver con lo que pensaban, así que bloquearse, tener ataques de pánico, vomitar y mearse encima eran solo algunas de las manifestaciones que tenía el cerebro de digerir el miedo.
Aunque Ray había evolucionado mucho, hablar del tema y enfrentarse al mundo o a sus seguidores, era algo para lo que difícilmente estaba preparado.
Si él se culpaba de lo sucedido, aunque empezaba a mentalizarse de que había sido un accidente fruto de la mala suerte, por supuesto esperaba que los demás también lo culparan, y por eso no quería volver.
Tendría que enfrentarse a todos sus miedos cuando se sintiese preparado para ello, pero todavía no era el momento.
Tenía un montón de dudas existenciales y era normal.
Había perdido a los integrantes de su grupo musical con los que llevaba trabajando casi diez años, y la música era lo único que sabía hacer, como él mismo me había confesado.
Y aunque podía ser compositor y vender sus letras a otros grupos o intentar su carrera en solitario, estaba claro que pensar en su futuro cercano le aterraba, y la llamada de Carla, me indicaba que empezaba a quedarse sin tiempo.
Si se enteraba de dónde estaba, la tranquilidad que había venido a buscar se acabaría y tendría que volver a su vida, y yo me quedaría allí solo de nuevo.
Porque ¿qué éramos? ¿amigos? ¿novios? Eso no, por Dios que palabra más fea cuando tienes ya cierta edad, ¿amantes? Tuviera el nombre que tuviera se acabaría cuando Ray volviera a su mundo.
No habíamos hablado de ese futuro que ya se empezaba a insinuar en la distancia.
Quizás, porque lo nuestro había sido completamente circunstancial fruto de la coincidencia y del aislamiento en esa montaña perdida, y aunque me doliera perderlo, no parecía haber nada más allá del aquí y el ahora.
Por eso pensaba vivir a tope los días que nos quedaran juntos.
—Me quedo en el sillón —dijo después de que se acabara nuestro baño y lo ayudara a ponerse ropa cómoda.
Tenía un rictus de dolor en su boca y eso me indicaba que necesitaba medicarse cuanto antes y prefería que estuviese en la cama calentito y cómodo porque las pastillas lo iban a dejar fuera de circulación.
—Mejor vete a la cama que estarás más cómodo. Yo voy a preparar la comida para que te tomes las pastillas.
—¿Vas a darme esas pastillas que me borran todos los problemas de la mente? —me dijo con una sonrisa divertida.
—Sí, pero solo mientras estés tan dolorido, luego ya veremos.
—Oye, que estoy muy malito. Me voy al sillón mejor —y se colgó de mi cuello para que le hiciese de muleta mientras iba dando saltitos hasta el sillón donde se tumbó. No antes de bajar a Apolo que dormitaba allí como le gustaba hacer cuando no había nadie sentado.
La chimenea estaba a punto de apagarse, así que le di el mando de la tele a Ray, le eché algunos troncos y palos pequeños para reavivarla antes de irme a la cocina a preparar algo rápido para comer.
—Haré sándwiches que son más rápidos —le dije a Ray que buscaba algo que ver en la tele.
—Vale el mío doble de queso, por favor.
No conocía a nadie a quien le gustasen los sándwiches de queso más que a él, o el queso, ya puestos.
Podía alimentarse solo de lácteos. Yo le obligaba a comer ensaladas y a cocinar verduras que se comía refunfuñando, pero como era un negado en la cocina, no le quedaba más remedio si se quería llevar algo a la boca.
—¿Qué tal la cabeza?
Me preocupaba que tuviera una conmoción más grave de lo que en principio parecía.
Pero no había tenido visión doble ni ningún síntoma más preocupante así que lo vigilaría las próximas horas.
Bueno, como hacía siempre. Este hombre despertaba mi instinto médico porque tenía una facilidad pasmosa de tener accidentes.
Pero pasmosa de verdad. Y luego me sonreía con esa sonrisa avergonzada que siempre hacía que mi corazón trastabillara en mi pecho…
y deseara abrazarlo para no soltarlo nunca.
Era adorable. Divertido. Sensible. Cariñoso.
Y ya no podía negar que era el amor de mi vida.
Estaba irremediablemente enamorado de él, y también me aterraba el momento en el que nos tuviéramos que separar.
Había llenado mi mundo de luz, cuando ni siquiera me había dado cuenta de que vivía en tinieblas y de risas, cuando ya había olvidado lo saludable que era reír a carcajadas. Y lo perdería todo el día que se fuera.
—Están tocando todos los tambores a la vez. Es como una mala resaca, pero peor, mucho peor. Así que dame ya mi medicina que me he portado muy bien.
La sonrisa que me dedicó no era tan deslumbrante como solía, pero incluso así, no pude evitar acercarme, sentarme a su lado y sujetarle las mejillas para besarlo con suavidad en la boca.
Me devolvió el beso con ganas hasta hacerme gemir en su boca.
Me obligué a apartarme porque necesitaba descansar por encima de todo.
—¿Y esto por qué? —susurró contra mis labios mientras me perdía en el maravilloso gris de sus ojos.
—Porque sí —me volví a la cocina a por los sándwiches.
—Me gusta porque sí – se acomodó mejor en el sillón mientras esperaba a que regresase con la comida.
—A mí también. Ahora a comer.