LIAM
Para ser médico hay que tener mucha sangre fría, porque no es fácil saber que le estás haciendo daño a alguien, y si encima era alguien importante para ti, la cosa empeoraba. Por eso los médicos no podíamos operar a nuestra propia familia por la enorme carga psicológica que ello conllevaba.
Haber sido médico militar y haber visto los peores destrozos que se le pueden hacer a un cuerpo humano, me habían anestesiado, o eso pensaba.
Pero oír a Ray gritar me había provocado un pellizco en el corazón que nunca había sentido antes.
Deseé abrazarlo y consolarlo, pero como no lo podía hacer me dediqué a coserle los puntos lo más rápido que podía. Eso sí podía hacerlo.
Ray era sin duda la persona más escandalosa y quejica que había tratado nunca, y eso me arrancó una sonrisa a mi pesar, mira que era pupas, por dios, pero incluso así, me dediqué a tranquilizarlo un poco.
—Ya casi está, no seas tan llorica que no te puede doler tanto.
Clavar la aguja, pasar el hilo, coser, anudar y otro más. Sin pausa.
—Que me duele mucho, joder —lloriqueó en voz alta— ponme anestesia o algo.
—Ya estoy terminando.
—Que siento pasar el hilo y me está dando mucho repelús.
Eso me hizo reír bajito para que no me oyera. Tarde.
—¿Te estás riendo de mí? —me dijo indignado— te estás vengando por haber tenido que ir a buscarme, y cargarme en brazos hasta aquí y ponernos en peligro…
—Si quisiese vengarme por todas las tonterías de hoy necesitaría operarte a corazón abierto.
Que estuviese quejándose lo entretenía un poco para que no notase los puntos, que era lo que quería. Me estaban doliendo estos puntos más que a él, y no sabía bien lo que eso significase.
—Dame la botella de whisky o algo…
—Luego —no quería perder la concentración, ya estaba terminando.
—Voy a vomitar, déjame.
Eso sí me sorprendió, algunas personas se desmayaban a la mínima y otras en cambio se mareaban y vomitaban sin llegar a perder el conocimiento, al parecer, Ray era de estas últimas.
Le bastó inclinarse un poco para vomitar en el suelo delante del sillón.
—Lo siento, lo siento, no me encuentro bien.
—Apolo —reñí al perro para que no acercara a comerse el vómito, porque sabía que lo haría si lo dejaba— te prometo que este es el último punto que te doy, no te muevas.
—Me estoy muriendo —gimió en voz baja.
—No seas exagerado —terminé el último punto y le puse un apósito pequeño para que no se le pegara en el pelo o iba a querer morirse si se lo tenía que cortar para despegárselo— ya te puedes dar la vuelta.
Lo ayudé y comprobé que estaba pálido como un muerto. Tenía la cara sudada y los ojos cerrados así que me preocupé porque no sabía bien si su malestar era por los puntos, o por el golpe en la cabeza.
—Voy a traerte agua y a recoger esto, ¿vale? No te muevas.
—Y dame el whisky, también.
—Con el estómago vacío, no. Vas a beber agua y en cuanto te recuperes voy a prepárate un sándwich para que te tomes unos calmantes para el dolor.
Le lleve el agua mientras limpiaba el suelo. Bebió con avidez y empezó a recuperar el color.
—Quiero cepillarme los dientes —intentó incorporarse para ir al baño sin acordarse de su tobillo y gritó al poner el pie en el suelo— mierda, joder.
—Deja que te ayude, anda —va a necesitar una muleta, me dije a mí mismo— aprovecha para darte una ducha y quitarte la ropa mojada o cogerás una pulmonía— yo me estremecí porque la mía también estaba mojada, pero al estar entretenido con su cabeza, ni siquiera me había acordado.
—Estás tan mojado como yo —ya lo sabía— también necesitas un baño.
—Vale, hacemos una cosa —lo llevaba sujeto por la axila para que me usara como una muleta y fue dando saltitos hasta el baño — lleno la bañera mientras te cepillas los dientes y nos bañamos los dos. Luego te curo el tobillo y comemos ¿vale?
Se quedó de pie delante del lavabo mientras yo preparaba la bañera en la que cabíamos los dos si nos apretujábamos uno encima del otro, como hacíamos normalmente, nada nuevo.
—Siento darte tantos problemas, Liam.
Le sonreí para tranquilizarlo. Era adorable. Un torbellino de energía que había puesto mi mundo del revés desde que lo conocí, pero que había llenado mi vida de risas y amor. No podía negarlo más. Estaba enamorado de Ray Orson.
—Nada que no haga todos los días, después de todo.
Sonrió, apenas una leve inclinación de labios, pero ahí estaba, y me sentí victorioso de sacarle esa tímida sonrisa que iluminó mi vida entera.
—Bueno, es verdad. Qué tontería.