Asuntos pendientes RAY
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RAY

—¿Ya me he muerto?

—Sí, y estás en el infierno.

Intenté centrar mi mirada en Liam, que intentaba darme la vuelta en… ¿dónde coño estaba? ¡Ah, en mi sillón!

—Deja de moverme tanto que me mareo, joder.

—Quédate tumbado así boca abajo que te tengo que mirar la herida de la cabeza que no deja de sangrar.

Recordé de repente el accidente y a los lobos. ¡Coño, los lobos!

—¿Cómo he llegado hasta aquí? ¿Y los lobos? No se habrán comido a Apolo ¿verdad?

—De veras que no sé cómo puedes hacer tantas preguntas de temas tan dispersos en un segundo —oí la diversión en su voz— Pero te las contestaré a todas si dejas de moverte.

Sentí que me apartaba el pelo de la cabeza y me obligué a quedarme quieto mientras sentía que todo me daba vueltas.

—Estoy mareado, Liam…—me sentía tan mal que agradecía que estuviese allí conmigo.

—Te has golpeado esa cabeza de chorlito que tienes, y para tu información los lobos no se han comido a Apolo, ni a nosotros, ya puestos.

—¿Me has traído tú hasta aquí? —No sabía bien cómo de lejos estaba de la cabaña cuando tuve el accidente, así que no tenía claro cuánta distancia había recorrido conmigo en brazos, pero no habíamos terminado de subir la cuesta cuando me desmayé— ¿Liam?

—Era eso o dejarte allí tirado para que te comieran los lobos, y mira que ganas no me faltaron.

—Gracias —era lo menos que le podía decir si me había salvado otra vez.

—Sí, sí, ya hablaremos de esos arranques espontáneos tuyos que siempre te ponen en peligro, pero ahora intenta no moverte.

Sentí sus dedos entre mi pelo y cerré los ojos intentando que la cabaña dejara de girar a mi alrededor.

—Esta herida va a necesitar puntos Ray, y tienes un esguince en el tobillo, por suerte no te lo rompiste.

—Sí, estoy de contento.

Intentaba bromear para quitarle hierro al asunto.

Sabía que Liam se preocupaba demasiado por mi bienestar, y encima estaba enfadado conmigo por ser tan inconsciente.

¡Si es que todo me salía mal, joder! Cada vez que tenía una brillante idea, terminaba salvado por Liam y con el orgullo maltrecho.

Hoy las cosas podían haber acabado peor si él no llega a salir a por mí.

—Oí un ruido que al principio no conseguí ubicar y luego me di cuenta de que me estaba cortando el pelo. Mi precioso pelo.

—Espera, ¿qué estás haciendo?

Intenté volverme para verlo, pero me lo impidió de nuevo poniendo una mano entre mis omoplatos.

—Estate quieto si no quieres que te rebane una oreja.

—Dime que no me estás cortando el pelo…— me sentí patético por el lloriqueo con el que se lo dije.

—No te estoy cortando el pelo —me dijo tan fresco, pero lo sentí de nuevo en mi cabeza.

—¡Liam! ¡mi pelo!

—No puedo darte puntos sin cortarte el pelo de los alrededores, ni siquiera se te notará, además el pelo crece.

—No quiero ir por ahí con una calva en la cabeza. ¿qué dirá la gente?

—¿Qué gente? ¿Apolo y yo? ¿o los lobos del bosque?

Caí en que tenía razón, nadie me iba a ver por aquí arriba, excepto que bajara al pueblo, y de momento, con el tiempo que hacía no iba a ser posible.

Pero mi pelo era algo que cuidaba todos los días con muchísimo mimo.

Aunque casi siempre lo había llevado mucho más corto, me lo había cuidado mucho y ahora que lo tenía largo mucho más.

—Bueno, quién sea.

—Te prometo que solo será un poco de alrededor de la herida y apenas se notará. Ahora no te muevas que te lo voy a curar para darte los puntos. ¿Quieres anestesia?

—¿Cuántos puntos vas a darme? —me imaginé con media cabeza abierta y los sesos asomando…me mareé solo de pensarlo, más de lo que ya estaba.

—Pocos, creo que con tres o cuatro vas listo.

—¿Me dolerá? —no soportaba el dolor. Tenía un límite bajísimo, así que cualquier tontería me dolía a rabiar, y encima, no sabía sufrir en silencio.

—Un poco sí, pero si no te mueves, te prometo que lo haré lo más rápido posible.

Respiré hondo para intentar encontrar valor en alguna parte, en el fondo de mis pulmones por ejemplo. Apolo vino a saludarme como si presintiera que necesitaba mimos en esos momentos.

—¿Puedo darle un trago al whisky por lo menos? —eso me daría fuerzas, ¿verdad?

—Tienes un traumatismo cráneo encefálico y sintiéndote tan mal, lo que menos necesitas es alcohol en tu cuerpo.

—Pues entonces date prisa, y que sepas que voy a gritar como me duela, avisado estás.

Y vaya si grité. Hasta hacerme polvo la garganta. Maldito bosque de mierda y maldito todo, joder. ¡Qué dolor!