RAY
Sentí que alguien me hablaba mientras me toqueteaba por todo el cuerpo. Gemí al moverme la cabeza. ¡Joder, qué dolor!
Me obligué a abrir los ojos y a centrarme en quién tenía ante mí.
¿Era Avery? Una oleada de nostalgia me invadió y deseé tenerla conmigo y abrazarla.
Cuanto la quería joder. Pero cuando centré la vista, a quién tenía inclinado sobre mí era a Liam, que me miraba con sus ojos negros llenos de preocupación. No pude evitarlo.
—¿Quién eres tú? ¿te conozco?
Abrió tanto los ojos por la sorpresa, que temí que se le salieran de sus órbitas y no pude evitar echarme a reír, aunque eso me hizo gemir de dolor por cien lugares distintos.
—Eres el tío más gilipollas que conozco —¡qué indignado estaba! Me reí más fuerte.
—Lo siento, lo siento, no me hagas reír que me duele todo. Deberías haberte visto la cara.
—Te mereces que te deje aquí tirado para que te coman los lobos.
Uno aulló como si estuviese de acuerdo con sus palabras. Eso me hizo ponerme alerta. Fueron los putos aullidos de los lobos por lo que me había caído montaña abajo.
—No seas malo y ayúdame a levantarme —pedí mirando a nuestro alrededor esperando encontrarme a los lobos en cualquier momento.
No quería morir aquí, en medio de ninguna parte, y eso hizo que intentara ponerme de pie con más rapidez, incluso con todos los dolores que tenía. Gemí al poner un pie en el suelo.
—Vale —se agachó para mirarme el tobillo y me lo estuvo moviendo para comprobar si podía estar roto— tienes un esguince, no está roto.
Volví a gemir cuando lo intenté poner de nuevo en el suelo.
El instinto me decía que teníamos que movernos y volver a la cabaña cuanto antes.
Me toqué la parte trasera de la cabeza al notar que algo caliente me resbalaba por el cuello y me miré los dedos, extrañado de encontrármelos llenos de sangre.
—¿Es sangre?
—Te has golpeado la cabeza contra el árbol, te la curaré cuando lleguemos a casa.
Los lobos volvieron a aullar y miré detrás de mí esperando verlos allí.
—Eso ha sonado muy cerca —dije en alto.
—Y oler la sangre los va a poner más nerviosos todavía, hay que volver, ya. Dime que puedes andar.
Me ayudó a incorporarme y me sujetó por debajo de los hombros para ayudarme a caminar.
No podía apoyar el pie, pero quedarnos allí con los lobos tan cerca no era buena idea.
Miré la pendiente por donde me había caído antes y gemí al entender que iba a ser muy difícil subirla antes de que los lobos llegaran.
—Mi pie…
Aunque me dolía a rabiar, no iba a ralentizar la subida. Estábamos en verdadero peligro. Apolo comenzó a gruñir mirando detrás de nosotros.
—El perro los huele o los ve… —dijo temiendo que los lobos lo atacaran a él primero.
—Apolo, aquí. Vamos —el perro lo miró unos segundos y volvió a mirar entre los árboles— no pienso perderlo hoy —me dijo en voz baja. Odié habernos puesto a todos en esta situación— Apolo, vamos.
El perro por fin se vino con nosotros y empezamos a subir la pendiente todo lo rápido que podíamos.
Veía las estrellas cada vez que apoyaba el pie, pero Liam no iba a poder subirla cargando con mi peso, así que me mordí la lengua y seguí subiendo mientras la mirada se me nublaba y sentía que se me iba la cabeza.
—Ray, no te desmayes ahora ¿me oyes? Sigue subiendo, vamos.
Sus palabras me trajeron de vuelta, aunque la cabeza cada vez me dolía más.
Aunque tenía la ropa mojada y estaba congelado, empecé a sudar por el esfuerzo de subir la puta montaña con el dolor de mi pie, y de obligarme a mantenerme consciente.
Me aferré a los troncos que encontraba para impulsarme y poder subir más rápidamente.
mientras Liam me sujetaba tan fuerte que tendría moratones en las costillas cuando me soltara.
Me alegré de que estuviese allí conmigo en ese momento.
Había un hueco en mi pecho, junto a mi corazón que se llenaba poco a poco de los sentimientos que este hombre provocaba en mí.
Si moríamos allí, comidos por los lobos no me lo iba a perdonar nunca.
—Lo siento —balbuceé sin aliento. Era importante que lo supiera.
—Ahora no, guarda las fuerzas hasta llegar a la cabaña. Ya casi estamos.
Volví a marearme, pero esta vez sentí que caía y que la nieve venía a mi encuentro.
Luego sentí que me izaban y me apretaba contra un cuerpo fuerte y su olor, ese olor que solo él tenía, fue lo último que olí y sus palabras las que me acompañaron hasta la oscuridad.
—Quédate conmigo, Ray…