LIAM
Cuando escuché a los lobos aullar, mis tripas se retorcieron de manera dolorosa.
—Ray —fue lo único que pensé.
Encontrarlo se convirtió en algo primordial.
Tenía el presentimiento de que algo malo le había pasado, aunque apenas hacía media hora o así que había salido de la cabaña.
Los lobos no solían acercarse a la cabaña y solía oírlos principalmente por la noche, pero con el tiempo tan malo que había hecho estas semanas atrás, no me extrañaba nada que estuviesen cazando por el bosque. ¿A Ray?
—Busca a Ray, busca… —le pedí a Apolo, que no se había alejado de mi lado, pero que miraba hacia los árboles como esperando que algo saliera de allí de un momento a otro. Incluso gimoteaba nervioso. Ante mi petición echó a correr y desapareció cuesta abajo.
—¿Qué coño?
Eché a correr tras él, o por lo menos lo intenté, porque la nieve me llegaba casi a la rodilla y era muy difícil intentar correr en esas circunstancias.
Para empeorarlo todo, había empezado a nevar de nuevo y temía que las huellas que había en la nieve y que podía seguir con relativa facilidad, ya que el perro había desaparecido de mi vista, se borraran como hacía el mar con las huellas en la orilla.
—¡¡¡Ray!!!
No podía haberse alejado mucho, ¿verdad?
Era un negado para los deportes, cualquiera de ellos, así que en el tiempo transcurrido desde que había salido hasta ahora no podía estar muy lejos.
Me extrañó que no me contestara. Aunque siguiese enfadado conmigo por…
el motivo que fuera no sería tan tonto de alejarse de la cabaña cuando había empezado a nevar otra vez.
—Contesta, joder…¡¡¡Ray!!!
Cada minuto que seguía sin que me contestara hacía que mi corazón latiese más deprisa por el miedo. No quería imaginarme a los lobos comiéndoselo, pero su cuerpo tirado en la nieve manchada de sangre se clavó en mi mente como un recuerdo grabado a fuego.
Los lobos comenzaron a aullar de nuevo y yo intenté darme más prisa cosa que la nieve no quería permitirme.
Oí ladrar a Apolo y esperaba que eso significase que lo había encontrado. Lo llamé de nuevo y seguí sin oír su respuesta. El perro no parecía estar demasiado lejos así que supuse que Ray me debería estar oyendo y que no me contestase me hizo volver a pensar en lo peor.
—Joder, Ray… voy a retorcerte el pescuezo por ser tan irresponsable —maldije que se llevase mis botas ya que las zapatillas que llevaba puestas se habían calado en el primer momento que pisé la nieve y tenía los pies congelados.
Y las manos por haberse llevado mis guantes también— maldito Ray— aunque me alegraba que estuviese bien protegido por el frio, porque en el fondo, sabía que le había sucedido algo y por eso no me contestaba.
Apolo volvió a ladrar de manera furiosa y desesperada, así que intenté correr con la nieve maldiciendo que no pudiese avanzar con más rapidez.
Cuando empecé a bajar una cuesta bastante empinada lo vi.
Tirado en el suelo con el cuerpo desmadejado contra un árbol que parecía haber frenado su caída, según las huellas que había en el suelo.
El corazón me dio un brinco y bajé la cuesta todo lo rápido que pude, rezando para que no estuviese muerto.
Apolo hacía guardia junto a su cuerpo, mientras me esperaba a que llegara hasta ellos.
Los lobos volvieron a aullar cada vez más cerca.
—¡Hostia puta!