Asuntos pendientes RAY
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RAY

Salí de la casa tan enfadado, que iba dando pisotones intentando alargar las zancadas como un niño enfadado con su madre.

Bueno, lo de dando pisotones es un decir, porque según me iba alejando de la casa y adentrándome en el bosque, la nieve caída me enterraba casi hasta las rodillas, así que cada vez me costaba más avanzar.

Odiaba al maldito tiempo, la nieve me estaba congelando los pies, incluso con las botas horrorosas de Liam, y no quise pensar en cómo hubiera sido si me hubiese traído mis deportivas monísimas y tan inadecuadas para esta mierda de terreno.

Odiaba a Avery por no haberme prohibido venir aquí y sobre todo odiaba a Liam, bueno a él no demasiado, me odiaba a mí y a mi fantástica idea de salir a dar una vuelta para ver…

¿el qué? ¿Qué coño quería ver aquí fuera aparte de nieve, árboles llenos de nieve y más nieve que empezaba a caer tímidamente entre los árboles como si les pidiera permiso para pasar entre ellos?

¿Ahora se ponía a nevar otra vez? ¡Qué mierda de vida joder!

Estaba tan frustrado que le di una patada a un árbol que se cruzó en mi camino, con tan mala suerte que me cayó encima un montón de nieve que tenía acumulada que casi me cubrió por entero.

—¡Mierda puta, joder! —grité en alto sin importarme nada si alguien me podía oír o no— ¡me cago en la nieve en el frío y en el Conde Drácula!

Empecé a quitarme la nieve de encima que me había mojado la cara y se me había colado por dentro del cuello del chaquetón, y comencé a bailotear intentando que no me diera la sensación de frío por la espalda.

No hubo manera. Me hubiese puesto a llorar por la frustración tan tonta que tenía encima. ¿Por qué no le había hecho caso a Liam?

—Porque es un idiota prepotente y nadie me dice lo que puedo o no hacer. ¡Ja! ¡Que no iba a salir de casa! Pues aquí estoy —quería gritarle. En medio de un bosque cubierto de nieve donde no había nada ni nadie, ni animales correteando entre los árboles ni siquiera se oía pájaros piar.

—¿Dónde estaba todo el mundo? ¿Los bosques no deben estar llenos de vida? —me dije.

Estaba enfadado conmigo mismo, frustrado y congelado, y cuando me puse a mirar por donde había ido, me di cuenta de que me había alejado más de lo que pretendía y que no tenía ni idea de donde me encontraba. ¡Perfecto!

—Piérdete también que es lo único que te faltaba hoy, gilipollas.

Lo de insultarme a mí mismo se me estaba empezando a ir de las manos.

Miré a mi alrededor intentando averiguar por donde había venido para poder volver.

No quería pensar que me había perdido en un bosque al lado de mi casa.

No quería ser tan patético y no pensaba darle a Liam el placer de decirme “te lo advertí” Pero empezaba a ponerme nervioso y me maldije por no haberme traído a Apolo por lo menos.

—Los exploradores siguen las huellas en la arena —me recordé en voz alta— así que no debe ser tan difícil ver las mías en la nieve.

Y eso hice, buscarlas. Al caerme la nieve del árbol encima había tapado mis huellas allí, pero pude verlas un poco más adelante.

—Ahora solo tengo que seguirlas —miré la cuesta por donde se veían mis pisadas y suspiré, deseando llegar y darme un baño muy caliente porque me estaba quedando congelado.

—Encima hay que subir esta puta cuesta con la nieve por las rodillas —iba sin aliento. Estaba claro que estaba en baja forma, así que me maldije por ser tan tonto de seguir mis impulsos y salir con el tiempo que hacía.

—Aquí no para de nevar nunca ¿o qué?

Entonces lo oí, entre los árboles. Unos pasos de animal que parecían seguirme, Suspiré aliviado pensando que era Apolo. Él me indicaría el camino a casa.

—¿Apolo?

No se acercó, pero los pasos se detuvieron y que el perro no viniera conmigo me indicó que no me estaba siguiendo quién yo pensaba. Oí más pasos por el otro lado y un aullido en la distancia. ¡Lobos!

—Ay mi madre, lo que me faltaba ya. ¿Pero no son animales nocturnos?

Intenté acelerar el paso mientras los pasos se reanudaban a mi alrededor y mi corazón comenzó a bombear con fuerza.

—No tienen por qué ser lobos, pueden ser conejos o cualquier otra cosa.

Otro aullido contestó, mucho más cerca que el anterior.

—Estos cabrones se están comunicando que soy una presa fácil.

Empecé a buscar un palo para defenderme en caso necesario.

Comencé a apartar la nieve del suelo buscando algo con lo que poder defenderme.

Volví a oír lobos y muchos más pasos a mi alrededor y comencé a trepar casi a cuatro patas por una cuesta muy empinada.

Estaba casi hiperventilando, tanto por el esfuerzo, como por el miedo esperando que un montón de lobos se abalanzaran sobre mí de un momento a otro.

—Joder, joder.

Entonces vi un trozo de madera sobresaliendo de la nieve y tiré de él pensando que me podría valer.

Tiré y no pude sacarlo. Debía ser un trozo de raíz o algo, pero era perfecto para defenderme.

No demasiado grueso ni delgado, por lo que no quise darme por vencido.

Necesitaba algo para defenderme y sentirme más seguro en el caso de que algún animal me atacara.

No quería estar indefenso, así que tiré con todas mis fuerzas.

El trozo de madera se soltó de donde estaba sujeto y con la inercia que llevaba, perdí el equilibrio.

Manoteé buscando algo a lo que aferrarme, pero por supuesto, no había nada, así que caí hacia atrás y bajé rodando por la cuesta por encima de la nieve, clavándome por todas partes lo que había en el suelo del bosque.

Sentí un intenso dolor en un tobillo cuando uno de los árboles por fin paró mi vergonzoso descenso por la montaña y cuando choqué con la parte trasera de la cabeza.

Oí que alguien me llamaba en la distancia, pero todo me daba vueltas y sentía dolor por mil sitios distintos.

Al final me comerán los putos lobos fue lo último que pensé antes de desmayarme.