Asuntos pendientes RAY
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RAY

Me había despertado al amanecer, con el viento susurrándome una melodía con la que había estado soñando, y que oía sobre el tejado y el temblor de las ventanas.

Me levanté, dejando a Liam dormido bocabajo en la cama, y lo tapé con cuidado de no despertarlo.

Total, tenía que poner música mientras la escribía antes de que se me fueses de la cabeza, y sabía que Liam despertaría gruñendo por tener la música tan alta. Ya me encargaría de compensárselo.

Mientras iba al baño y me vestía, pensé en lo en paz que me sentía desde hacía unos días.

Las pesadillas habían dejado de atormentarme todas las noches, ya apenas las tenía más que de vez en cuando.

Supuse que mi subconsciente se encargaba de recordarme lo sucedido para que no se me olvidara. Como si algo así pudiese pasar.

Por más que me costara admitirlo, era todo gracias a Liam.

El cuidaba de mí sin tener la necesidad de hacerlo.

Se preocupaba de que comiera cuando me enfrascaba tanto en mi música que me olvidaba de alimentarme, encendía la chimenea y ahora que podíamos salir de la casa todos los días que el tiempo nos dejaba, pocas veces, se encargaba de mantenernos abastecidos de leña y de que no se congelase otra vez la puerta de la casa.

Todo el trabajo físico lo hacía él, porque no se fiaba de que no me cortase una pierna con el hacha y cosas así.

Era un buen hombre, aunque habíamos empezado con muy mal pie y tenía una idea preconcebida sobre mí…

bueno, que iba a ser preconcebida, era realista.

Yo soy un negado para la supervivencia, un principito mimado como le gustaba llamarme, pero encima, ahora al que le gustaba mimarme era él.

Así no iba a espabilar nunca, pero no iba a quejarme.

—Buenos días, dormilón.

Apolo se desperezó con lentitud. Estiró una pata después de otra mientras yo abría la puerta de la casa para que saliese a hacer sus necesidades. El viento aulló como si se quejase en voz alta y me azotó la cara con fuerza y sin manos.

—Tú a tu ritmo, ¿eh? No te vayas a estresar.

Dejé al perro remoloneando por el salón pidiéndome mimos, mientras encendía la cafetera y me ponía a apilar leña en la chimenea como me había dicho mil veces Liam que hiciera.

Se apagaría la muy desgraciada solo por dejarme en mal lugar.

Nunca había pensado que encender una chimenea pudiese ser casi un invento de ingeniería, pero a mí se me daba fatal.

—Vete ya a mear que como te mees aquí te cortó esos dos cataplines colgando que tienes. Arreando.

Mientras Apolo salía, por fin, y la chimenea se pensaba si encenderse o no, me serví el primer café del día y busqué una playlist que sonara mientras me sentaba a escribir la melodía que no dejaba de oír en mi cabeza.

Cuando me quise dar cuenta, estaba componiendo la letra también. Una balada que hablaba de curarse las heridas y de encontrar un amigo en el momento en que más lo necesitas.

No oí a Liam levantarse ni ponerse a hacer el desayuno.

Solo estábamos en esa mesa y en ese salón, la música de mi cabeza y yo.

Y los sentimientos que plasmaba en el papel sin darme cuenta siquiera.

Había sido como si ellos mismos quisiesen salir de mi interior y formar una preciosa balada que supe al instante, que era una de mis canciones más bonitas, más emotivas y personales de toda mi carrera profesional.

—Deja eso un momento y desayuna algo. No puedes pasarte la mañana con un mísero café.

Asentí sin oírlo siquiera mientras escribía con rapidez el estribillo y tarareaba para mí como debía sonar.

—La chimenea está apagada —le oí decir mientras seguía distraído sin hacerle caso— demasiados troncos grandes y poca yesca debajo para que puedan prender. ¿Cuántas veces te lo he…? Vale, déjalo, porque no te estás enterando de nada ¿verdad?

—¿Qué?

Alcé la vista y vi a Liam mirándome con una sonrisa en la cara. ¿Cuándo se había levantado?

Vi el plato con tortitas y chocolate caliente por encima y mis tripas rugieron como un león hambriento.

—Tortitas… gracias. ¿Qué decías de la chimenea?

La miré y me di cuenta de que estaba apagada y había llenado la cabaña de humo, pero sin prenderse la llama.

—La había encendido, lo juro. Pero me odia a muerte. —la miré ofendido por volver a dejarme en mal lugar— Esa puta chimenea me odia.

Se rio bajito y volvió a por su plato para sentarse a desayunar conmigo en la mesa.

—Vamos a morir asfixiados con tanto humo —me picaba la garganta y tosí para aclarármela.

—¿Y de quién es la culpa?

—De ella que me odia —lo tenía clarísimo— tu perro ha salido ya —le indiqué cuando vi la puerta cerrada y al susodicho animal comiendo tranquilamente en su cuenco pasando de nosotros.

—Lo sé, pero te habías dejado la puerta abierta y en vez de esperar a que volviese para cerrarla, la has dejado así y hace un frío que pela aquí dentro porque la chimenea…

—Está apagada, ya lo sé —me metí un tenedor enorme con varias tortitas, estaba famélico— ¿quieres que te caliente?

—Quiero… —se pasó las manos por el pelo, como hacía siempre que estaba frustrado— déjalo. Cuando te pones a componer te olvidas del mundo. Ya estoy acostumbrado. ¿has compuesto mucho?

Siempre se preocupaba por mi trabajo, aunque este me engullera por completo y me olvidara del resto del mundo como me pasaba siempre.

—He escrito una balada preciosa, con letra y todo —le dije muy emocionado.

—Bien, me alegro mucho. Y ahora come, te he servido otro café, que el de antes estaba frío y ni siquiera lo habías probado.

—Vale, gracias.

Y seguí a lo mío.