Asuntos pendientes RAY
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RAY

​ El amanecer nos pilló en la cama, saciados y abrazados.

Yo acostado sobre su hombro, mientras él me acariciaba la espalda con movimientos circulares que me relajaban como un baño de espuma.

En algún momento de la noche debimos venir aquí para estar más cómodos y tener algo de privacidad.

Hacer guarradas delante de un perro que no te quita el ojo de encima era muy raro.

​ —No te puedes enamorar de mí.

​ No supe por qué se lo dejé caer así, sin anestesia ni nada, y él dejó de acariciarme la espalda para inclinarse a mirarme. Yo alcé la cabeza y también lo miré mientras me encogía de hombros, de repente avergonzado por lo que acababa de decir y lo que esas palabras decían de mí.

​ Se rio bajito.

​ —No me lo puedo creer. ¿En serio eres tan egocéntrico?

​ Su risa me molestó, porque no había pillado la intención con que se lo había dicho.

​ —No es eso, idiota, lo que quiero decir es que en algún momento me iré y lo último que quiero es hacerte daño de alguna manera.

​ —Bueno, también puedes enamorarte tú, ¿no?

​ Recordé todo lo que me hacía sentir desde que estaba allí viviendo conmigo, pero en el fondo sabía que mi tiempo aquí tenía fecha de caducidad. En algún momento tendría que volver a mi vida y tomar decisiones sobre ella. No me podía pasar la vida huyendo de mis sentimientos.

​ —Qué va, soy demasiado egoísta para enamorarme de nadie, ya lo sabes.

​ Y esa era la gran verdad de mi vida. Yo me había dejado querer por innumerables hombres que se habían acercado a mí por ser quién era, pero ninguno de ellos me había conocido de verdad. Nadie había visto al hombre que había debajo del personaje.

​ —Bueno, esto es lo que es —reconoció él— los dos sabemos que te marcharás cuando llegue la hora y yo no quiero compromisos con nadie, así que sí. Puedes quedarte tranquilo sabiendo que no voy a enamorarme de ti.

​ Sonó un trueno con tanta fuerza, que hasta el suelo de la cabaña pareció temblar.

​ —¿Aquí hace siempre esta mierda de tiempo?

​ Él era el que vivía aquí desde hacía años, así que debía estar más informado de cómo eran los inviernos en Rumanía.

​ —Este año ha empezado a nevar bastante más tarde, así que es posible que también lo haga durante menos tiempo y el tiempo cambie en un par de meses.

​ —¿Un par de meses? ¿estás de broma? – su comentario consiguió que me incorporara por completo.

​ —¿Qué esperabas que hiciera en lo alto de unas montañas como estas?

​ —Pero…nos quedaremos sin comida mucho antes. ¿Cómo vamos…?

​ Me empezaba a poner histérico de pensar en estar tanto tiempo encerrado.

Nunca había estado en el mismo lugar más de una semana completa.

Cuando estaba de gira, nos movíamos casi todos los días de un lugar a otro, y cuando estaba de vacaciones tampoco solía pasar quieto demasiado tiempo en el mismo lugar.

​ —Relájate y respira. Deja de preocuparte de eso ahora. Ya veremos lo que hacemos cuando llegue el momento.

​ —No pienso comerme a Apolo. Que lo tengas claro.

​ Ese iba a ser un límite infranqueable para mí. Era mi amigo y a los amigos no se les abandona y mucho menos te los comías.

​ —Es bueno saberlo.

​ ¿Se estaba riendo?

​ —No tiene gracia —dije indignado.

​ —No vamos a comernos a Apolo. ¿Por quién me has tomado? Ven aquí, anda. Tengo cosas mejores que comerme.

​ No necesité que me lo dijera más veces.

​ Volví a tumbarme sobre él pero me dio la vuelta en la cama quedándose encima de mí.

​ —Quita que estás gordo —le dije para molestarlo. Me sonrió mientras me lamía desde la mandíbula hasta el lóbulo de la oreja. ¿Otro asalto? ¡Ummmm!

​ —Vas a tener que aguantarte.

​ Y eso hice.