LIAM
Ya no recordaba lo que era sentir a alguien abrazándome o consolándome.
Cuando me vine a vivir aquí, sabía que estaría completamente solo, y eso equivalía a que nadie me vería derrumbarme por las pesadillas de la noche, ni contarle mis mierdas, como el psicólogo al que fui a ver cuando me licencié del ejército, me había recomendado.
Hablar de lo que viste, de cómo te sientes, hará más llevadero el día a día.
¿Llegaré a olvidarlo alguna vez? – y lo más importante— ¿habrá algún día en que duela menos?
El estrés post traumático se vive de diferente manera en cada persona. No puedo decirte cuánto tiempo te llevará aprender a vivir con tus fantasmas, solo puedo asegurarte de que el dolor se vuelve más llevadero. Debes darte tiempo y hablarlo con alguien te hará bien.
Pero aquí no tenía a nadie más que a Anka, que me visitaba una o dos veces al mes, y que no tenía una relación tan estrecha como para contarle mis mierdas. Y ahora estaba mi vecino.
Conocer a Ray había sido…cuando menos una gran sorpresa. Aunque era una diva egocéntrica, presumida y maniática, también era considerado, divertido y totalmente imprevisible, y ya no podía negar más el deseo sexual que llevaba respirando desde que entré en esta cabaña por primera vez.
Me había estado conteniendo porque él estaba destrozado y anímicamente necesitaba a un amigo, antes que nada.
Ya no podía seguir esperando. Haber despertado con él preocupándose por mí y abrazándome mientras lloraba tras mi pesadilla, me había hecho olvidar todos los motivos por los que no nos habíamos follado ya en todas las putas posturas del Kama Sutra.
Ni pude ni quise evitar comerle la boca, esa tan bonita que tenía que me hacía perder la cabeza…y su sonrisa…
Ray estaba tan cachondo como yo, así que le hice una mamada, para ir calentando motores.
El puñetero no se callaba ni debajo del agua, pero me resultaba entrañable que hablara hasta por los codos cuando estaba nervioso.
Saber que estaba cachondo, me hizo perder la cabeza y lo que empezó con la intención de saborearlo poco a poco como el buen whisky, acabó pocos minutos después con su semen en mi boca y con Ray, desmadejado en el sillón con cara de recién follado.
Me deshice de mi ropa y liberé mi polla que me dolía de tan hinchada que estaba. Ray me miraba con ojos hambrientos y tiró de mi para acercarme a su cuerpo.
—Ven, fóllame la boca —me dijo con una sonrisa lasciva— me has dejado tan exprimido que ni siquiera puedo levantarme para ir a por el bote de lubricante —se relamió esos labios todavía hinchados por mis besos y miró mi polla con toda la intención— hago unas mamadas fantásticas.
No necesité nada más. Estaba tan cachondo que me correría de un momento a otro, pero deseaba follarme esa boca malhablada y sabionda, más que cualquier otra cosa. Así que coloqué mis piernas a ambos lados de su cuerpo y le acerqué la polla a la boca para restregársela de un lado a otro.
—¿La quieres, niño bonito?
Gimió y sacó la lengua para poder lamerme mientras se la seguía pasando por la cara. Quería imprimirle mi olor. Como si fuéramos animales.
—¡Joder, sí!
—Bien, abre esa boquita tan bonita que tienes.
Sabía que no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer, pero me sorprendió que fuese tan obediente en el sexo. Abrió la boca y clavó sus ojos azules en los míos. Eso me gustó mucho más.
Me pellizqué la punta de la polla para no correrme ya. Este hombre me hacía perder la cabeza con una facilidad pasmosa. Se metió mi polla en la boca y suspiré tan alto, que debieron oírlo desde el pueblo que estaba a unos kilómetros de aquí.
—A ver qué sabes hacer con esa boquita.
La tenía caliente y húmeda y me pasaba la lengua cuando se la metí hasta el fondo.
Pensaba que le darían arcadas y se la sacaría, pero no hizo nada de eso.
Me sujetó el culo con las dos manos para obligarme a quedarme así, con toda mi polla dentro de su boca.
Gemí y cerré los ojos buscando un poco de control antes de dejarme llevar.
La saqué con lentitud para volver a meterla de nuevo entera en su boca con un golpe lento de cadera.
Él gimió. Tenía las lágrimas saltadas, pero no hizo nada por sacarse la polla, ni daba signos de que le molestara, así que seguí meciéndome sobre su boca, en un movimiento que nos sincronizaba a los dos como a un reloj suizo.
—¡Joder, qué bien la chupas!
Seguí moviéndome durante lo que me parecieron horas enteras, pero no debieron ser más que unos segundos cuando el orgasmo me arrasó como una inmensa marejada que me volvía a escupir a la orilla tiempo después.
Hostia.
Puta.
Si esto era el cielo, ya podía morirme feliz, y si era el infierno…seguiría disfrutándolo hasta el final de los días.