Asuntos pendientes LIAM
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LIAM

La pesadilla que hacía tiempo que no me atormentaba de noche, desde que dormía en casa de Ray para ser exactos, volvió una noche más aterradora que nunca.

En ella veía a mis compañeros volar por los aires, y luego venían a que yo los tratara para recomponer las partes del cuerpo que les faltaba.

Unos venían con muñones ensangrentados donde debían tener las manos, o arrastrándose por el suelo sin piernas que los sostuvieran de pie.

Pero lo peor de todo, era Leo, el amante con el que pasaba alguna de las noches allí, en ese infierno en la tierra que era una zona en guerra, con tan solo media cara, habiendo perdido la otra parte de un disparo.

Sentí a Apolo acongojado a mi lado, como hacía siempre que tenía pesadillas, y luego, sentí que alguien me movía para arrancarme del sueño que me estaba haciendo polvo la garganta de gritar. Hasta en sueños me oía gritar del terror tan profundo que sentía.

—Despierta, estás en casa ¡todo está bien!

Me obligué a abrir los ojos y salir de la pesadilla. Miré a Ray que estaba inclinado sobre mí mientras me miraba con preocupación.

—¿Tío estás bien? Llevas un rato gritando. No te podía despertar. Qué chungo debía ser el sueño ¿no?

Se sentó a mi lado cuando vio que no le contesté y yo no pude hacer otra cosa que aferrarme a sus piernas y romperme en mil pedazos.

Solo me permitía llorar cuando estaba solo en casa y el maldito sueño me atormentaba.

En esos momentos posteriores, era cuando me dejaba llevar por la pena y el arrepentimiento de no haber podido hacer más por todos.

Ni siquiera me importó que Ray me viese tan hecho polvo.

Solo me acariciaba la cabeza mientras yo seguía sollozando como un puto crío.

No me importó lo que pudiera pensar de mí.

Normalmente era yo quién lo consolaba, pero esta noche necesitaba que él fuera el más fuerte de los dos.

Le agradecí que no me dijese palabra alguna de aliento, solo que me tocara el pelo mientras lloraba desconsolado.

—Ey, que el papel de llorón es mío, ¿eh? No vale copiarse.

Mira que era idiota, pero me alivió un poco el peso del corazón al intentar hacerme reír.

Se estaba convirtiendo en una constante en mi vida.

Ya estaba acostumbrado a su humor sarcástico y a lo diva que era.

Solo tenía ropa de marca, y usaba potingues que olían a rayos.

Encima le gustaba ir descalzo, solo con los calcetines, y aunque el suelo estaba lleno de gruesas alfombras para aislar el frío de la madera, yo me congelaba solo de verlo andar así por la casa.

Se había ganado a mi perro desde el primer día, y se empeñaba en hacerle comidas con carne a diario.

Cómo para no adorarlo. Su arcón congelador estaba bien abastecido, menos mal que la nevada le había cogido a los pocos días de llegar, porque si estuviésemos en mi casa, nos hubiésemos tenido que apretar el cinturón y por supuesto no tendría para darle carne a Apolo todos los días.

Ahora que ya no estaba tan deprimido, se pasaba el día tarareando cuando no ponía la música que yo detestaba, de dar alaridos a todo volumen y que él parecía adorar.

Aun no se había atrevido a escuchar a su propio grupo. Decía que no estaba preparado para oírse cantar y ni hablar de recordar a todos los integrantes de su grupo, Le había dado espacio respecto a ese tema, porque sabía que cada persona tenía una manera distinta de afrontar el duelo.

Cuando se me acabaron las lágrimas, me percaté de que lo tenía atenazado por la cintura, que mi cabeza estaba apoyada en su regazo y me sentí vulnerable en esa postura.

Olía su perfume, ese que siempre se ponía porque decía que era una parte más de su personalidad, presumido que era, qué le íbamos a hacer, y que yo olisqueaba cuando pasaba por mi lado y cuando sabía que no me veía.

Levanté la cabeza y nos miramos. Estaba azorado y nos quedamos mirándonos en silencio. Podía verlo con claridad. Su cara, esa tan bonita que tenía y que cada vez me gustaba más, a tan solo unos centímetros.

—¿Estás mejor?

Solo pude asentir. Algo a lo que no podía poner nombre estaba creciendo en mi corazón y sentía que Ray, este hombre que tenía un montón de capas y que nunca terminaría de conocer bien, había derrumbado los muros de mi corazón y los había hecho pedazos sin ni siquiera proponérselo.

En ese momento me pregunté si alguien se había podido resistir alguna vez a él. Porque yo sabía desde el primer momento en que lo conocí, que nunca tuve una oportunidad. Era como un día de sol, como la belleza de una luna llena y lo efímero de una estrella fugaz. Todo junto.

Aunque era terriblemente egoísta, por eso de ser una superestrella y estar siempre rodeado de gente a su alrededor, era un hombre generoso, divertido, y yo me moría por poder seguir conociéndolo más a fondo y terminar de quitarle todas las capas para ver lo que había escondido debajo.

Era un puzzle que quería terminar de hacer y ver el resultado final.

—¿Liam? ¡Tío, dime algo!

No supe por qué lo hice, pero en vez de contestarle le cogí por la camiseta y me lo acerqué para poder besarle. Y fue todavía mejor que las veces anteriores.

Por supuesto me respondió al beso con las mismas ganas que le puse yo… y perdí la cabeza por completo.