RAY
Un grito me despertó de repente. Me quedé mirando a mi alrededor, desconcertado por la oscuridad que me rodeaba.
Se oía el viento aullar y sacudir la cabaña que gemía de vez en cuando como un animal herido.
No entraba casi nada de luz por la ventana, lo que me indicaba que aún era temprano, o tarde, según como se mirase.
No tenía claro que el grito que me había despertado no fuese de la enorme ventisca que había en el exterior y entonces lo oí de nuevo. Esta vez eran… ¿jadeos?
Me incorporé en la cama sin saber bien lo que pensar. ¿Liam se estaba masturbando en el salón? Yo era muy escrupuloso con los olores y las manchas, tendría que advertírselo, y cuando decidí dejarle privacidad y no interrumpirle, volví a oír un grito ahogado.
Me levanté en el acto, pensando que nadie se masturbaba tan fuerte como para gritar así, ¿no? Abrí la puerta de la habitación sin saber bien lo que podía encontrarme, pero dispuesto a enterarme de lo que estaba pasando.
No esperaba encontrarme a Liam, susurrando en voz baja, mientras se retorcía en el sofá por lo que fuera que estuviera soñando.
Apolo gimoteaba en el suelo, junto al sofá, sintiendo sin duda, el malestar de su amo.
—Tranquilo, solo está soñando. Está bien —el perro me miró y juro que sentí que me pedía que lo aliviara, o que lo despertara. ¿Cómo puede un perro expresar tanto con los ojos?
Yo nunca había tenido perro, pero Apolo me sorprendía todos los días con algo nuevo.
Su inteligencia me resultaba preocupante, aprendía palabras nuevas con pasmosa facilidad, e incluso jugaba con él al escondite por la casa, cosa que a Liam le divertía al ver los lugares donde intentaba esconderme para que no me encontrase.
Dentro de la bañera era un clásico, pero el perro se lo había aprendido y ahora era el primer lugar donde me buscaba.
La empatía con su dueño y sus estados de ánimo eran otra de las cosas que me habían sorprendido mucho del perro. Liam no lo sabía, pero no dejaría que se lo llevase cuando este tiempo de mierda mejorase. Él ya lo había disfrutado demasiado tiempo.
—Eh, Liam, despierta, tío que estás soñando.
Me senté a su lado en el sillón para que me oyera mejor, pero seguía retorciéndose sin dar señales de haberme oído.
El fuego de la cabaña estaba encendido y esa claridad era la que me permitía verlo sin necesitar encender ninguna lámpara.
Sabiendo lo que le costaba despertarse algunas veces, decidí moverlo un poco.
—¿Liam? Estás soñando, todo está bien. Estás aquí conmigo.
Nada, que no se despertaba.
Lo intenté de nuevo, esta vez moviéndolo más enérgicamente.
—Despierta… estás en casa, todo está bien. ¿Liam?
Terminé casi gritando para intentar despertarlo y esta vez sí funcionó.
Abrió los ojos de golpe y se me quedó mirando como si no me conociera.
Tenía el pelo y la cara sudados. Y se había destapado mientras dormía, así que su pecho desnudo brillaba bajo la luz de la chimenea.
Solo llevaba puesto un pantalón de chándal, mío, por supuesto, y ver su cuerpo desnudo, musculoso y moreno me hizo la boca agua.
La tensión sexual que había entre nosotros, habíamos conseguido dejarla en segundo plano, pero por supuesto seguía ahí, latente, esperando que uno de los dos diera por fin el primer paso.
Pero estaba claro que Liam no estaba pensando en follar en ese momento, porque sin decirme nada se abrazó a mis piernas y rompió a llorar en silencio. ¡Mierda, no, no, no…!
Nunca se me había dado bien consolar a nadie, pero recordé que cuando era yo el que lloraba, día sí y día también, él se limitaba a abrazarme y acariciarme el pelo, así que supuse que con eso tendría que bastar.