AVERY
Cinco años antes
Entré en la cafetería sabiendo que odiaría lo que fuese que mi hermano Clint me iba a pedir. Ni siquiera quiso decírmelo por teléfono, lo que todavía me preocupaba más. Estábamos solos él y yo.
Era mi hermano pequeño, y tenía veintitrés años cuando nuestros padres murieron. Nos quedamos los dos solos. Ni tíos, ni primos, ni abuelos, así que me sentía en la obligación de cuidar de él. Para eso está la familia ¿verdad?
Tras la muerte de nuestros padres, Clint había perdido el norte por completo.
Dejó la universidad y se había dedicado a dilapidar el dinero de la herencia de nuestros padres desde entonces.
Estaba enganchado a las drogas y, aunque siempre me lo había negado, había detalles que me lo aseguraban con mucha más certeza que las palabras que me pudiese decir.
Nuestros padres no nos habían dejado mucho.
Algunos miles de dólares a repartir entre los dos, y la casa en la que habíamos vivido toda la vida, y en la que actualmente vivía mi hermano.
Me negué en redondo a venderla y repartir el dinero, sabiendo que lo gastaría con la misma rapidez con la que se gasta cincuenta euros en un casino.
Y todas las veces en las que me propuso venderla, había hecho oídos sordos y al final, parecía que se había dado por vencido.
O tal vez me había pedido reunirnos para volver a insistirme en persona, sabiendo lo mucho que me costaba negarme a nada de lo que me pidiera. No dejaba de culparme por no haber estado más pendiente de él tras la muerte de mis padres, pero yo también había tenido mis propios problemas.
Hacía poco tiempo que había empezado a representar a los Tentations , y aunque todos decían que tenían un futuro prometedor, me daban más quebraderos de cabeza que otra cosa. Me pasaba los días apagando los fuegos que ellos mismos provocaban la mayoría de las veces.
Había tenido que ponerme con mano dura y prohibir terminantemente las drogas, ya que todos los fines de semana salían en la prensa por provocar más de un escándalo.
Todos esos problemas, sumado a algunos otros que provocaba el ser representante de niñatos con ínfulas de estrellas, más la tristeza por la pérdida de mis padres, me habían robado la energía que necesitaba para preocuparme también por mi hermano.
Siempre le había considerado como sensato y responsable.
Pensé que solo era una mala racha debido a la tristeza, pero su mala racha se había ido de madre, y ya no sabía cómo podía ayudarle.
Lo vi sentado en la mesa del fondo mirando el móvil sin hacerle caso a la gente que lo rodeaba.
Lo estudié con atención según me acercaba a la mesa sin que se percatase.
Estaba más delgado que la última vez que lo había visto.
Llevaba una sudadera sucia y vieja de un color indescifrable, aunque en algún momento podía haber sido gris.
Tenía el pelo castaño más largo que nunca, y lo llevaba recogido en una coleta mal hecha que ni siquiera podía disimular lo grasiento que estaba.
Pero lo peor de todo, fue ver su cara cuando me iba a sentar frente a él.
—Hola Clint… ¿qué te ha pasado en la cara?
Mi grito horrorizado llamó la atención de la gente que estaba en las mesas más cercanas.
Me senté, avergonzada mientras mi hermano levantaba la cabeza y me miraba con el único ojo que podía abrir.
El otro estaba inflamado y de un preocupado tono morado intenso, haciendo juego con el resto de los moratones y cortes de su cara.
Un labio, una ceja partidos, y un sinfín de golpes por el resto del rostro.
Y eso solo era la parte visible. No quería pensar en cómo estaría el resto de su cuerpo.
Me estudió unos segundos como si se pensase si contármelo o no.
—¿Me invitas a desayunar mientras te lo cuento?
Y eso hice, sabiendo que no me iba a gustar nada lo que me iba a decir.