LIAM
Algo había cambiado en el comportamiento de Ray desde que yo empecé a vivir allí. Lo primero que hicimos al día siguiente de no poder salir fue ponernos de acuerdo con la habitación.
—No puedo dormir en el puto sillón todos los días —le repetí no sabía ya cuántas veces— soy más alto y corpulento que tú y me estoy haciendo polvo la espalda todas las noches —me miró impasible mientras se lo explicaba de nuevo.
Aunque era su casa, yo estaba en esta situación por intentar ayudarlo y un par de días podía dormir incómodo en el sillón, pero me negaba en redondo a hacerlo durante más tiempo.
—¿Qué propones, entonces? —me sonrió con esa sonrisa canalla que empezaba a reconocer— ¿Qué compartamos la cama?
Respiré hondo para intentar borrar de mi mente la imagen que se me vino de golpe de tener ese cuerpo delgado y esa polla ribeteada pegada a mí por las noches.
Gruñí en voz baja.
—No —me obligué a decir— quiero que nos turnemos para dormir en la cama.
—¿Un día a la semana? —me estudiaba como si quisiese aprenderse mis rasgos de memoria— creo que es un trato más que justo ya que, al fin y al cabo, esta sigue siendo mi cabaña.
—Ni de puta coña —me quejé y esta vez no pensaba darme por vencido— una semana alterna para cada uno.
—¿Y tú haces las tareas de la casa?
Ya me había dado cuenta de que era un puñetero desastre con todo lo que hacía, pero sobre todo en la cocina.
—Ni de coña. Yo cocino y tú haces las tareas de la casa —lo miré con seriedad para que entendiera que lo estaba diciendo en serio— para fregar un cuarto de baño tampoco hay que ser ingeniero.
—Pero tú limpias y recoges las cagadas de tu perro. Que el tío huele como si tuviese las tripas podridas.
—Me parece justo —entre otras cosas porque la primera vez que intentó recoger sus excrementos, con guantes, por supuesto, estuvo a punto de echar la pota— al fin y al cabo, lo hago todos los días.
—Vale, pero como me duela la espalda, que sepas que volveré a mi cama sin importarme una mierda tu petición.
No tenía ninguna duda de que haría justamente eso, sin importarle nada más.
También lo veía reírse de sus propias ocurrencias, pero sobre todo con el perro, con el que jugaba a esconderse por la cabaña como si fuese un palacio en el que hubiese mil escondites.
Su cambio más radical fue cuando comencé a oírlo tararear en voz baja. Sabía que ni siquiera se daba cuenta de que lo hacía de vez en cuando mientras hacía, de manera penosa, las tareas del hogar que le tocaban.
Esas canciones que tarareaba en voz baja me sonaban un montón y cuando él se estaba durmiendo, o se encontraba en otra habitación, buscaba la música en YouTube y comprobaba que eran algunas de las canciones que tocaba con su grupo.
Las noches que despertaba gritando por las pesadillas eran lo peor de todo.
—¡¡¡No, no, no, por favor, por favor, CONNOR!!!!! ¡¡¡CONNOR!!!
No necesitaba que me contase lo que soñaba ya que oírlo gritar ese nombre me decía con claridad los fantasmas que lo visitaban cuando dormía.
—¡Eh, eh…! Ray, Ray…despierta, ¡eh! …estás soñando. Estás soñando…
Esa noche dormía él en el sillón, pero me senté a su lado mientras ponía la cabeza en mis piernas y seguía llorando en silencio toda la pena que le desbordaba un corazón herido y culpable.
Sabía que el sentimiento de la culpabilidad le acompañaba como una losa colgada del cuello que apenas le dejaba respirar. Era muy difícil convencer a alguien que siente que se merece sufrir para pagar su culpa, de que eso por lo que sufre fue un desgraciado accidente.
Esas noches me las pasaba junto a él, en silencio. Acariciándole la cabeza como si fuese un crio pequeño, mientras mis propios fantasmas me atormentaban a mí también por haber sido mal médico y peor persona.
La culpa no entiende de justicia, ni de deber, ni de nada con lo que intentes evitarla. Cuando te atrapa en sus redes, es muy difícil convencerte a ti mismo de que no te mereces sufrir así.
No hay nada peor que una mala conciencia.
La mañana siguiente a esas terribles noches, sus ojos estaban apagados y su humor frío como la nieve tras la ventana. Pero supe que la música, no la que su grupo tocaba, conseguía devolver algo de vida y de luz a sus ojos grises.
Avery seguía llamándolo de vez en cuando y siempre lo conseguía poner de buen humor.
A su espalda, ella también me llamaba a mí para enterarse de manera objetiva de cómo seguía su cliente, o su amigo, ya que había demostrado en más de una ocasión que lo consideraba como a un miembro más de su familia.
Ray y yo no habíamos vuelto a hablar de qué haríamos cuando dejase de nevar.
Estaba claro que la primera ventisca seria de la temporada, había adelantado el invierno y éste había llegado para quedarse.
Ya no importaba que dejase de nevar unos días, porque la nieve acumulada en la puerta no permitía que saliésemos de allí de ninguna manera.
Todas las mañanas nos empeñábamos en intentar quitar la capa de nieve recién caída que todavía estaba sin congelar, para permitirle a Apolo que pudiese salir a hacer sus necesidades y se esparciese un poco.
Nos preocupaba que el animal se resintiese de estar encerrado todos los días en la cabaña con dos humanos medio chiflados que se pasaban el día riéndose por tonterías en el móvil o viendo maratonianas series en la tele.
Y así iban pasando los días hasta que nuestra historia cambió para que ninguno de los dos volviésemos a ser los que éramos antes.