RAY
Ver que había dejado de nevar me puso más contento que un día de Navidad.
—¿Podemos salir?
Abrí la puerta y me encontré con un muro de nieve que la bloqueaba casi entera.
—¿Qué coño? —miré sorprendido a Liam que estaba asomado a la ventana escudriñando el cielo— ¿ha nevado todo esto en una semana? —pregunté desconcertado.
¿De verdad había caído tanta nieve en unos días? Liam se acercó a la puerta y empujó la nieve con las manos.
—Hay que quitarla antes de que se congele y liberar la puerta. Apolo necesita salir. ¿Dónde tienes la pala?
Me miró y yo parpadeé, confuso. ¿Tenía una pala para quitar la nieve? ¿Dónde?
—¿Qué pala? —pregunté en voz baja. Algo me decía que debía tener una pala aquí para quitar la nieve, pero yo no tenía ni idea de dónde estaba la susodicha.
—La que tienes para quitar la nieve… —me miró enarcando una ceja. ¡Qué sexi estaba cuando hacía eso! ¿Lo hacía a intento para que viera lo sexi que era? —Ray, no me digas que no has cogido la pala del cobertizo donde están las herramientas.
Me negué a sentirme culpable.
—Te recuerdo que es la primera vez que estoy en esta situación. ¿Qué coño se yo de que hay que tener una pala para quitar la nieve?
—Ray —respiró hondo intentando ¿calmarse? Pues si se enfadaba por eso lo llevaba claro, anda que no metía la pata veces ni nada— es de sentido común tener una herramienta para poder apartar la nieve cuando deja de nevar.
Como no me pensaba sentir culpable me di la vuelta y entré en la cocina buscando algo que sirviera para apartar la nieve de la puerta. Como no tenía ni idea de lo que podía usar me volví de nuevo a la puerta sin darme por vencido. Si no había más remedio lo haría con mis propias manos.
Liam me vio las intenciones.
—¿Qué vas a hacer?
Empujé la nieve con mis propias manos. Y sonreí cuando el montón de encima cayó rodando hacia fuera.
—Voy a apartar la nieve —ni me volví a mirarlo. Ya tenía las mangas mojadas y las manos heladas de frío, pero como era terco como una mula no pensaba darme por vencido— ¿no lo ves?
—¿Con las manos? ¿te has vuelto loco?
Apolo estaba dando vueltas como un loco, y aunque estos días había hecho sus necesidades en un rincón de la cabaña que nos empeñamos en mantener limpio como una patena, estaba claro que el animal necesitaba salir.
—Apolo tiene que salir, y si no puedo quitar la nieve con una puñetera pala la apartaré como pueda. No me entretengas si no vas a ayudarme.
La nieve de la parte de abajo estaba hecha un bloque de hielo, pero la de encima la aparté como buenamente pude.
El perro saltó colándose por el hueco que había abierto y salió como una exhalación.
Solo había quitado un par de palmos de nieve, la que estaba sin congelar y no había espacio suficiente para que pudiésemos salir por ahí.
Empezaba a tiritar por el frío, ya estaba calado casi entero y apenas me sentía las manos.
Miré a Liam que me observaba en silencio y luego volví a mirar el hielo que tapaba la puerta como si fuese un problema matemático.
Me senté en el suelo e intenté romper el hielo empujándolo con las piernas, pero el puñetero era un enorme bloque que no iba a ser tan fácil de romper. Me rendí después de un par de intentos.
—¿Tienes alguna idea para romper esto?
Me sentía satisfecho con la nieve que había logrado quitar. El perro por lo menos había podido salir.
—Déjalo y ve a darte una ducha caliente —me tendió la mano para ayudarme a levantarme— vas a coger una pulmonía.
—¿Pero y esto?
Señalé el hielo que parecía estar riéndose de mí.
—No es tan fácil quitarlo cuando está congelado.
—¿Y si le echamos sal?
Me acordé de las máquinas quitanieves y pensé en cuanta sal necesitaba para derretir ese trozo de hielo.
—Mira, empieza a nevar otra vez —desde la ventana podían verse los copos que empezaban a caer con suavidad— no tiene sentido gastar la sal. De todos modos, no habrá suficiente. Esperaremos a que pare de nevar y ya veremos lo que hacemos.
Me rendí, porque estaba claro que no podía luchar contra los elementos. Mientras iba camino de la ducha, me di cuenta de que me alegraba de que Liam no pudiese marcharse todavía.
—Lo siento —me oí decir. No podía ser tan egoísta de alegrarme de que se tuviese que quedar más tiempo conmigo sin saber bien lo que tenía planeado hacer. Quedarse todo el invierno en mi casa no sería su primera opción ¿verdad?
—No puedo culparte por no saber lo de la pala —me dijo con tono resignado.
No era solo por eso, pero preferí que pensase que sí.
Mientras me metía en la ducha lo oí llamando al perro para que volviese a entrar antes que la nieve volviese a bloquear el pequeño hueco que acababa de abrir en la puerta.