LIAM
No supe lo que habló con Avery mientras me daba una muy necesitada ducha de agua templada.
Con el frío que hacía, ducharse con agua fría estaba descartado, si no quería quedarme convertido en un bloque de hielo.
Cuando salí del baño, Ray estaba vestido, y no volvió a hacerme ningún comentario de carácter sexual, cosa que agradecí.
Los siguientes días, convivimos en una rutina bastante tranquila. Con la tensión sexual en segundo plano, nos centramos un poco en conocernos algo más. Al fin y al cabo, convivíamos veinticuatro horas al día sin poder salir de la cabaña así que, en algo teníamos que matar el tiempo.
—Cuéntame tu secreto mejor guardado —me preguntó un día, en esas sesiones que teníamos todos los días en las que nos preguntábamos de todo para conocernos mejor.
No esperaba esa pregunta y me obligué a contestar con sinceridad.
Habíamos puesto la norma de no mentirnos, y de intentar contestar todas las preguntas.
No tenía sentido mentirle ni intentar engañarnos.
Estábamos obligados a convivir, y el invierno podía ser muy largo en estas montañas.
—Si te cuento mis secretos posiblemente dejes de verme con buenos ojos —bueno era avisarlo.
—Pues anda que si te cuento yo los míos. Cuenta, anda.
Eso era lo que me gustaba de él. Lo espontáneo que podía ser. No tenía filtros, y decía las cosas según las pensaba, cosa que lo ponía en algunas situaciones bastante embarazosas. Pero así era él, transparente como el agua de un riachuelo.
—Bien, allá vamos —me giré hacia la chimenea porque me daba vergüenza mirarlo a los ojos.
Tragué saliva y le conté lo que nunca había contado a nadie— en mi segundo año en Irak, me trajeron a un iraquí al que habían cogido prisionero.
Me enteré de que ese día había muerto uno de los soldados que yo conocía y consideraba un amigo en esa jungla de miseria y desesperación que era la guerra.
Al iraquí le habían volado la mano de un tiro y gritaba de dolor cuando llegó a la enfermería donde estaba.
Me quedé mirándolo durante unos minutos intentando recordar que había hecho un juramento hipocrático donde aseguré que siempre intentaría curar a la gente, fuese quién fuese el paciente.
Pero mirar cara a cara al asesino del que era un amigo en ese lugar tan alejado de todos, y sabiendo que acababa de tener una niña a la que no había podido ni conocer …
rompió algo dentro de mí que hoy en día no he conseguido recomponer.
Tenía que amputarle los dos últimos dedos que seguían unidos a la mano por unos casi inexistentes tendones y trozos de huesos que podían verse a simple vista.
Llevaba toda la mañana curando a soldados de nuestro batallón que habían sido heridos por este hombre y aunque me odié por ello mientras lo hacía, le amputé los dedos que le quedaban sin ponerle anestesia previa.
Todavía me atormentan sus gritos mientras duermo —confesé avergonzado.
Se hizo tal silencio, que me obligué a mirarlo para saber si se había levantado y se había marchado asqueado de escuchar lo que le había hecho a un ser humano. Pero Ray me volvió a sorprender cuando me sonrió, intentando quitarle hierro al asunto.
—No puedes culparte por ello —me dijo él. Para mi sorpresa, no parecía horrorizado— siempre me he preguntado como podéis curar a la gente que sabéis que han hecho daño a otras personas. Daños horribles que nadie podrá perdonarles nunca.
—No soy nadie para juzgar a los demás. Mi trabajo consiste en sanar o ayudar a los enfermos.
No puedo dejar que mis sentimientos tomen el control, pero ese día…
todos los horrores de ese día me superaron, y perdí de vista el objetivo por el que me hice médico.
Después de eso dejé el ejército y me vine aquí huyendo un poco de todo.
—Bueno. ¿Se salvó el hijo de puta?
Sonreí a mi pesar.
—Sí. Pero cada vez que me veía acercarse se acojonaba.
—Bien hecho. Yo lo hubiese torturado todavía más. —Me reí bajito. Este era Ray.
—No estoy orgulloso de ello —confesé en voz baja.
—Porque eres buena persona —con esas palabras consiguió aligerar el peso que llevaba en mi corazón desde ese día.
—Te toca.
—Buf —se rascó la cabeza nervioso— ¿cuál te cuento?
Me reí porque no pensaba que tuviese tantas anécdotas que lo avergonzaran.
—Cuando empezamos en el grupo y la gente comenzó a seguirnos, me follé a una chica que se coló en el hotel y llegó hasta mi habitación.
Supuse, o mejor dicho, quise pensar que era mayor de edad, pero en el fondo sabía que no podía tener más de diecisiete o dieciocho años.
Por entonces fumaba maría e iba demasiado colocado como para pensar en nada más que en follarme a todo lo que se me ponía por delante.
Lo dijo de seguido, como si así le resultase más fácil contar sus mierdas.
—Supongo que los fans os han dado más de un problema.
—No te creas, después de lo de esa chica, Avery empezó a contratar seguridad en los hoteles para que no nos molestaran en las habitaciones.
Nunca más me volvió a pasar eso. Luego Avery puso fin al tema de las drogas y eso nos centró mucho más en la música —me miró unos instantes antes de volver a hablar— Cuéntame cuál fue tu primera vez.
Me atraganté por la preguntita de marras.
—¿Sexual? —¿lo había entendido mal?
—Claro —bufó, divertido— no va a ser como médico.
—Bueno, yo soy bisexual, aunque ahora prefiero relaciones de pareja con hombres, no hago ascos a un buen polvo si la tía me gusta.
Así que mi primera vez fue con una chica— la recordé como si la tuviese delante.
Pelo dorado y cuerpo delgado y atlético y una boca que sabía hacer cosas que deberían estar prohibidas si no tienes por lo menos veinte años—Tenía dieciséis años, sí ya sé que empecé tarde, pero era muy tímido en esos años, y me gustaba mucho Amanda Clyton, una rubia preciosa, capitana de las animadoras del instituto, todos los chicos revoloteaban a su alrededor y a mí me invitó a su casa directamente cuando no estaban sus padres.
Así que follamos en su cama y estaba tan cachondo y nervioso que creo que ni siquiera llegué a metérsela del todo.
Ray se rio, por supuesto que sí y su risa ronca consiguió hacerme reír a mí también de algo que me había avergonzado toda la vida.
—He cogido mucha experiencia después de ese fracaso estrepitoso— solté todo digno.
—Eso espero —ahí estaba su mirada ardiente de nuevo, pero volvió a reírse, y el momento pasó— todos hemos tenido una primera vez desastrosa.
Yo me acosté con mi mejor amigo cuando teníamos quince años.
Y me estuvo doliendo el culo una semana entera.
No usamos ni lubricante ni nada de nada.
El tío tenía una anaconda entre las piernas y a mí me ponía muy cachondo cada vez que lo veía en las duchas del instituto.
Luego me reconoció que no le gustaba los hombres que solo había querido experimentar porque yo le ponía mucho.
Nos reímos un poco más.
—Mira, ha dejado de nevar.
—¿En serio? ¿podemos salir de aquí?