Asuntos pendientes LIAM
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El juego se nos fue de las manos casi desde el principio.

Como no teníamos alcohol para jugar a ninguno de esos juegos adolescentes de verdad o atrevimiento y tonterías de esas, Ray sacó el trivial con el que decía que a veces jugaba solo, todo por no estar sin hacer nada. Al parecer lo llevaba siempre consigo.

Era un hombre que no sabía estar solo, quizás porque nunca lo había estado.

Sabía que había mucha gente que le pasaba lo mismo y es que estar contigo mismo sabiendo el tipo de persona que eres, no es nada fácil.

Yo era de los que pensaban que aceptarse a ti mismo como persona, con todas nuestras mierdas y defectos, era lo más importante que una persona tenía que hacer.

Cuando eres consciente de tus rarezas y de tus paranoillas, que no solían ser pocas, era cuando de verdad podías intentar cambiar tu forma de ser.

Necesitábamos conocernos a nosotros mismos para poder avanzar en la vida e intentar no cometer los mismos errores.

Y Ray era una de esas personas que no sabían vivir solas y necesitaba la constante atención de los demás, pero era muy difícil ignorarle por esa personalidad tan arrolladora que brillaba donde quiera que estuviese.

Era un hombre divertido al que le gustaba reírse de todo.

Aunque estuviese pasando por un mal momento, tenía momentos de esplendor donde sacaba a relucir todo su carisma, aunque ni siquiera parecía darse cuenta.

Jugar al trivial me ayudó a conocerlo mejor. Era un hombre instruido, sobre todo en música, como no podía ser de otra manera, pero también tenía amplios conocimientos en literatura y en biología. Sin embargo, la geografía no era lo suyo.

Llevaba sufriendo desde el principio porque no le estaba saliendo la jugada como esperaba. Quería provocarme, y yo, no podía más que agradecer que no se diera cuenta de lo muy cachondo que me tenía de verlo casi desnudo y comiéndome con la mirada cuando pensaba que no me daba cuenta.

Sabía lo que quería, pero si íbamos a compartir la cabaña, que no era grande precisamente, no podíamos dedicarnos a follar como conejos si luego teníamos que pasar todo el día juntos sin poder movernos de allí.

Pensaba follármelo en todas las posturas inventadas, e incluso podíamos inventar alguna más por el camino, pero cuando fuera el momento, porque ahora estaba sensible y pasando por un muy mal momento.

Posiblemente necesitaba un amigo, más que un amante del que no ibas a poder desconectar hasta que pasara la tormenta.

Pero mirar era gratis… y era un hombre imposible de ignorar.

Cuando se quitó los pantalones, que encima lo hizo a cámara lenta para generar expectación como si pudiese apartar mis ojos de él, casi se me salen los ojos de las órbitas. ¿Qué coño tenía en la polla?

—¿Es un piercing?

Estaba alucinando de que llevase una bolita cruzándole el prepucio.

Me acerqué para verlo mejor. Estaba tan cerca que bien podía besárselo de camino, o comérmelo directamente. Mi polla terminó de crecer en mis pantalones, tanto que hasta me molestaba el roce con la cremallera.

—Sí, se llama Apadravya y es una barra que cruza el prepucio entero y acaba con una bola a cada lado.

Me encogí solo de pensar en lo que debió de dolerle.

Su polla también estaba erecta, como no, y di un paso atrás cuando me di cuenta de que estaba a punto de tocarle las bolitas, las metálicas, claro.

—¿No te duele?

Como médico y como hombre, intenté informarme lo más posible. Jamás me haría nada así, al menos en mis partes íntimas, y me pregunté por qué haría esto un hombre como él, que parecía tenerlo todo, lo material, por lo menos.

—Solo un poco cuando lo ponen, pero pensaba que iba a doler más. Puedes tocarlo, si quieres.

¿En serio? Ya me costaba mantener las manos y la boca quietas sin necesidad de tocarlo, porque para qué me iba a engañar, me moría por tocarlo, besarlo, lamerlo y hasta morderlo, pero ahora que había visto la polla ribeteada, me encantaría poder jugar un poco con esa puta bolita de la que no podía apartar la mirada. ¡Manda huevos!

—¿Te da más placer?

Era curiosidad médica, lo juro.

—Pues no lo sé, porque me la hice cuando era un crío y casi todas mis experiencias sexuales han sido después de ponérmela.

Y si me preguntas si doy más placer con ella…

—su sonrisa lasciva me lo decía todo. Tenía una manera de comerme con los ojos que me sentía acalorado, a punto de entrar en combustión espontánea si eso era posible— podemos probarlo cuando quieras.

Esa decisión de mantenernos como amigos hasta que no estuviese tan sensible se tambaleó miserablemente. ¿A quién quería engañar? Me moría por comerle la boca y todo lo demás. Hacía tanto que no echaba un polvo que me obligué a alejarme antes de lanzarme sobre él.

—No estás tú para muchos meneos —le dije sentándome en el sillón y lanzándole su ropa para que se vistiera. Necesitaba apartar mis ojos de ese cuerpo desnudo tan sexi o me abalanzaría sobre él sin que me importara nada más.

Me miró mal mientras daba un paso hacia mi volviendo a tirar la ropa al suelo. Mal asunto.

—Deja que te demuestre lo preparado que estoy para todos los meneos que me quieras dar.

Su teléfono, bendito fuera, sonó en ese momento, rompiendo la tensión sexual que se estaba creando en el ambiente.

—Avery —le dije al mirar la pantalla del teléfono que estaba sobre el sillón, sin poder disimular mi alivio— cógeselo, y no la tengas más tiempo preocupada.

Me llevé mi ropa al baño para dejarlo solo y poder así recuperar la compostura. ¡Joder, qué guapo era y que cachondo me ponía!

—Y tú deja de apuntarlo, que ya sé las ganas que le tienes —le dije a mi polla que seguía erecta en los pantalones como una bandera izada.

Gemí cuando me metí en la ducha y puse el agua todo lo fría que pude aguantar para que se me bajara el calentón. Pero su polla ribeteada, por llamarla de alguna manera, no se me borraba del pensamiento.

¿Cómo iba a poder mirarlo ahora a la cara sabiendo lo que guardaba en los pantalones?