RAY
Lo que empezó como un juego inocente para pasar el rato y calentar un poco a mi vecino, pronto empezó a jugar en mi contra.
Nunca he sido un hombre pudoroso con mi cuerpo. Cuando pasas toda tu vida adulta, delante de miles de personas en los conciertos, sabiendo que tus innumerables fans te adoran, la vergüenza y el pudor quedan olvidados a un lado.
Me había machacado innumerables horas en los gimnasios y con un entrenador personal, porque las giras gastan una energía, tanto física como mental, y tienes que saber mantenerte para no acabar machacado tras meses de estar viajando de acá para allá.
Pero tras mi accidente, verme el cuerpo lleno de cicatrices había mermado mucho mi autoestima y ya no estaba tan crecidito ni me gustaba tanto presumir de mi cuerpo.
Además, Liam era un portento de hombre. Al estar todo el día cortando leña se le habían definido los bíceps y el pecho de tal manera, que se me caía la baba mirándolo, y el gilipollas estaba ahí, mirándome, los dos medio desnudos, sin alterarse lo más mínimo.
Tenía la piel morena, de estar al aire libre, de qué iba a ser, y los abdominales marcados me distraían cada vez que se movía.
Es que los estaba oyendo, llamándome. Los dos estábamos solo con los vaquero, yo había perdido ya los calcetines y los zapatos, lo siguiente que me tocaba quitarme eran los pantalones, porque tampoco llevaba ropa interior.
¿Todavía había gente que usaba de eso? Y mi vecino se mantenía impertérrito, es que ni parpadeaba el tío por tenerme casi desnudo, y yo estaba a punto de tirarme de los pelos por el nerviosismo. ¿Por qué me salía todo tan mal?
Al final, decidimos cambiar de juego y adaptamos el trivial que siempre llevaba conmigo a todas partes. Con cada error que cometiéramos, nos quitábamos una prenda. Y en esas estábamos. Ganaba el que antes se quedase en pelotas.
—¿Por dónde íbamos?
Él cogió una tarjeta de geografía para leérmela. Yo no era bueno en geografía. Me gustaba la historia y la lengua, sobre todo para chupar pollas, pero la geografía se me daba como el culo. Por supuesto lo que mejor se me daba era la música. De esas no fallaba una.
—¿Qué bandera es esta?
Esa sonrisita me sacaba de quicio. Sabía que iba a perder, porque ¿quién coño conocía esa puta bandera? Seguro que no la conocían ni los de su país.
—¿Estás de coña? ¿eso es una puta bandera?
Sonrió, dejando sus dientes blancos a la vista y un colmillo, una pizca torcido, que no sabía por qué me excitaba tanto, relamiéndose en silencio creyéndose ya ganador.
—Eso parece.
Esa sonrisita…
—Pero si parece un cuadro de verano, con las olas y la puta gaviota.
—La verdad es que es rara.
—¿Rara? —estaba indignado— No he visto esa bandera en mi vida.
—Te voy a dejar tres intentos.
Eso aún me puso de peor humor.
—¿Tú conocías esa bandera?
—No —negó con la cabeza y leyó el país al que pertenecía— de hecho, ni siquiera conozco al país.
Menos mal.
—¿Podemos cambiar de tarjeta? —a lo mejor se apiadaba de mí.
—Te dejo tres intentos —me repitió, y miró mis pantalones sabiendo que me los iba a tener que quitar.
—Pues no llevo ropa interior —ala, ya se lo había dicho.
Me gustó que me mirara perdiendo esa sonrisita divertida que tenía desde hacía rato.
—Bueno, tampoco es la primera polla que voy a ver.
Ahora sonreí yo.
—Ya te digo que no has visto ninguna como la mía.
Me di por vencido y no dije ninguna respuesta para la bandera. De repente me apetecía sorprenderlo y borrarle esa sonrisita de la cara.
—¿Te das por vencido? —se separó de la mesa para no perderse detalle del momento en el que me iba a desnudar.
—Sí, fantasma, disfruta de tu victoria.
No me contestó, pero vi como su sonrisita desaparecía para mirarme con avidez. Por más que intentara disimular, su lenguaje corporal me indicaba que estaba tenso, en espera…
No me lo pensé ni un segundo más. Me quité los pantalones y me quedé desnudo delante de él. Mis cartas estaban echadas y no tenía nada más que ocultar.
—¿Qué coño tienes en la polla?
Ya sabía que se iba a sorprender. No había nadie que no lo hiciera.
Sonreí…
Me encantó la mirada que me dirigió.