Asuntos pendientes LIAM
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LIAM

Lo observé salir de su habitación. Tenía mejor cara y parecía bastante más estable.

Por lo menos ya podía andar sin que pareciese que se desplomaría en cualquier momento.

Su manera de mirarme cuando llegó a la cocina me indicó que algo estaba tramando.

Podía oír su cerebro pensar, pero lo dejé estar.

Ya me diría lo que fuese cuando estuviese preparado.

Había hecho café, y como había estado aburrido, también había hecho tostadas francesas.

Un recuerdo de los desayunos de los domingos de mi infancia.

Me encantaban, y mi madre, que era ascendencia francesa, me enseñó a hacerlas de pequeño.

Hacía mucho que no las comía y pensé que a Ray le vendría bien algo de azúcar para combatir los restos de la resaca.

—Hay café y tostadas francesas —le indiqué la bandeja que había en la isla de la cocina— todavía queman, así que ten cuidado. ¿Estás mejor?

Se sirvió café y cerré los ojos para no ver el montón de azúcar que le puso. Luego cogió una torrija y se la zampó en dos bocados.

—Umm, qué rica. ¿Las has hecho tú? —cogió otra y se la trajo hasta el sillón donde estaba sentado con mi taza de café en la mano.

—El cocinero que contraté por horas acaba de marcharse.

—Pues dile que están muy buenas, que mañana las haga para desayunar.

—A sus órdenes. —Ignoró mi sarcasmo.

—¿Qué estás viendo?

Se comió la otra torrija igual de rápido y miró la cocina planteándose si levantarse a por otra, pero pareció ser demasiado trabajoso, y se quedó sentado, dándole pequeños tragos al café.

—No deberías comer así de rápido o volverán a entrarte nauseas.

—Claro, papá —ni puto caso— ah, esta peli ya la he visto. Está a punto de acabar. Si quieres te cuento el final.

—¿Qué? ¡no! —lo mire horrorizado— Llevo aquí casi dos horas para que ahora vengas tú y me la destripes.

Miró la hora en su reloj.

—¿Tanto tiempo he dormido?

—Supongo que tenías demasiado alcohol en el cuerpo y necesitabas dormirlo. Mejor eso que vomitarlo.

Hizo una mueca.

—No me lo recuerdes —se quedó sentado a mi lado esperando a que terminara la película— ¿qué vamos a hacer ahora?

Eso me había estado preguntando yo también. ¿Qué íbamos a hacer los dos en un espacio tan pequeño todo el tiempo que durase la tormenta, que no parecía que fuese a darnos un respiro pronto?

—Ya se nos ocurrirá algo —o eso esperaba.

—Podemos escuchar música —me envaré esperando que no dijese de escuchar la mierda de música que había estado escuchando estos días atrás.

—Pero si escuchamos música, quiero que sea elegida entre los dos —porque me negaba en redondo a oír siempre algo que no me gustara.

Entonces caí en la cuenta— ¿la música que has estado escuchando es la de tu grupo?

—su rostro se ensombreció en un segundo y maldije mi comentario. ¿Cómo podía tener la boca tan grande?

—No. Nunca escucho mi propia música.

Fue lo único que dijo, pero se envaró y apartó la mirada, incómodo.

Era muy raro que un músico no escuchara sus propias canciones, ¿no?

Tan raro como que un escritor no leyera sus libros.

Porque si lo escribes es porque te gusta ¿verdad?

Yo ni escribía libros ni componía música, así que no lo tenía tan claro.

—¿Por qué no? ¿tan mala es? —no pude evitar pincharlo un poco. Intentaba sacarlo del lugar al que había ido tras mis palabras, pero no lo conseguí.

—Ya sabes por qué —me soltó cuando se levantó con la taza vacía para meterla en el lavavajillas.

—Si es por lo del accidente, déjame que te diga que la música que habéis compuesto entre todos no tiene la culpa de lo sucedido.

En este caso debe ser al revés. Tienes algo que recordar con todos —no quise ahondar más en el tema porque parecía a punto de venirse abajo de un momento a otro.

Lo que menos necesitaba era que yo lo atormentara con mis preguntas.

—Bueno —soltó un suspiro y sus hombros se relajaron visiblemente —visto así. De todos modos, no estoy preparado para oír nuestras canciones todavía.

Eso lo podía entender.

—Bien. Podemos ver algo más en la tele, si quieres.

Yo no era demasiado fan de ver la tele. Normalmente me pasaba los días fuera de la cabaña, cortando leña, dando paseos por el bosque o incluso leyendo cuando conseguía que me subieran algún libro que era en muy contadas ocasiones. Aunque era un bicho raro, me gustaba leer en papel.

—No, prefiero hacer un juego para conocernos mejor.

Si eso no me puso sobre aviso, la sonrisa lasciva que pintó en su cara sí lo hizo. Algo me decía que eso era en lo que había estado pensando.

—Un juego ¿qué tenemos ahora, quince años?

Le quitó importancia a mis palabras con la mano y se sentó junto a mí.

—Nos servirá para conocernos mejor —me miró con los ojos brillantes de ilusión— normalmente se hace con alcohol, pero como no tenemos…podemos jugar a verdad o atrevimiento, y en vez de beber, nos tenemos que quitar una prenda de ropa.

Algo me decía que todo este montaje tenía relación con mi negativa anterior a follar, pero su ilusión había conseguido animarme a mí también. ¿Por qué no? Podía ser divertido.