Asuntos pendientes RAY
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RAY

La puñetera tormenta parecía que nunca iba a amainar.

Cuando desperté de la siesta, con la inmensa resaca que tenía, me quedé en la cama oyendo el viento rugir entre los árboles y golpear la casa como si desease echarla abajo.

Ahora entendía por qué todos los pronósticos del tiempo habían dicho que se avecinaba una gran tormenta.

Me había venido a esta parte del mundo buscando curar mis heridas, tanto físicas como mentales. Y en principio me daba igual el tiempo que hiciera porque no pensaba salir de la cabaña para nada. Quizás dar paseos por el bosque cercano o ir al pueblo de vez en cuando. Pero nada más.

Aquí no me encontraría la prensa ni esa odiosa periodista con la que Avery contaba para darle nuestras exclusivas.

Esa Carla, comosellame, conseguía ponerme el pelo de punta.

Siempre se interesaba en nuestros secretos más vergonzosos que, aunque estaba claro que cuanto más jugosa fuera la noticia a más público le interesaba, no parecía conocer el límite y más de una vez había discutido con Avery por tener a esa garrapata alimentándose de nosotros y de nuestros trapos sucios.

Los que no podíamos esconder, del resto se encargaba Avery.

Oí el murmullo de la tele en el salón y recordé todo lo sucedido a lo largo del día. Gemí y me restregué la cara para intentar espabilarme y quitarme el sueño de encima, parecía que se me había pegado como una segunda piel y amenazaba con llevarme de nuevo al mundo de la inconsciencia.

—¿De verdad le has pedido sexo a tu vecino, Ray? —Negué avergonzado y me obligué a salir de la cama y enfrentarme a mi nueva realidad. Liam y Apolo iban a quedarse a vivir conmigo hasta que pasara la puñetera tormenta. ¡Qué bien todo!

Si mi vecino pensaba que me iba a conformar con su negativa para follar iba listo.

Si iba a convivir en mi casa, sería bajo mis condiciones.

Ya me encargaría yo de pagarle con la misma moneda.

Pensaba volverlo loco, y cuando estuviera cachondo, lo rechazaría, igual que había hecho él. Para empezar, dormiría en el salón.

Aún me dolían las costillas al moverme, pero ya aguantaba mejor el dolor y me removí buscando una postura más cómoda. Que no fuera el momento oportuno, no tenía nada que ver. Nadie me había rechazado antes.

Nunca.

Nadie.

Jamás.

Y esto iba a ser la guerra. ¿No decían que en el amor y en la guerra todo vale? Pues eso.

Estaba seguro de que no podría resistirse a mi sexapill sobre todo cuando sacaba todas mis armas de seducción.

Habíamos tenido casi un encuentro sexual, así que la atracción física entre los dos ya existía. Lo único que necesitaba mi odioso vecino era un pequeño empujoncito en la dirección correcta.

¿No quería vivir aquí conmigo? Pues eso.

La pena es que hiciese demasiado frío para pasearme en bolas por la casa. Seguro que así llamaba su atención.

Me reí de mis propias ideas y con todos esos pensamientos en mi cabeza salí de la habitación para enfrentarme a él. Ya veríamos si me seguía ignorando o no.