LIAM
Con esa petición consiguió dejarme fuera de juego. ¿Tenía los santos cojones de pedirlo como si yo fuese su esclavo y tuviese la obligación de atender todas sus necesidades?
En cualquier otro momento lo hubiese empotrado contra la pared y nos hubiésemos quitado las ganas a base de polvos, pero para mi disgusto, que también me moría por echar un polvo, tuve que negarme porque él no estaba en condiciones de nada, y así se lo expliqué cuando me miró con ganas de asesinarme por negarme a sus deseos.
—No estás tú en condiciones de nada, y mucho menos de follar conmigo.
—¿Y eso quién lo dice?
Se enfrentó a mí con esa mirada lasciva que estaba seguro de que arrasaba con todo aquel a quién mirase.
Nunca había visto unos ojos grises tan expresivos como los suyos.
Si no fuera porque estaba más pálido que un muerto y que apenas podía mantenerse en pie por la resaca, me hubiese dejado llevar por mis ganas y las suyas, pero no estaba listo para lo que pensaba hacerle cuando por fin lo tuviese en mi cama.
—Lo dices tú que apenas puedes mantenerte en pie —le indiqué por si no se estaba dando cuenta de que se tambaleaba de manera alarmante— y lo digo yo porque no estás listo para follar conmigo.
Para estar “borracho” todavía, tenía las manos más largas de lo que esperaba, porque me agarró la polla por encima del pantalón y apretó, lo suficiente como para provocarme un espasmo entre el dolor y el placer. Siseé por la impresión y odié la sonrisita engreída que me soltó.
—¿Estás seguro de eso?
Me empujó contra la pared sin soltarme la polla y apretó su cuerpo contra el mío.
—No sé con quién has estado follando todos estos años, pare ya te digo yo que no vas a poder sentarte durante unos días.
Me moría por ver lo que pensaba hacer a continuación y no me sorprendió demasiado cuando se puso pálido y me soltó mientras corría hacia el baño donde lo oí vomitar lo poco que tenía en el estómago.
Y hasta ahí había llegado su intento por llevarme a la cama. ¡Lástima! Porque la verdad era que nos teníamos muchas ganas.
Quería ir a comprobar que se encontraba bien, pero si fuera al revés, yo querría un poco de privacidad. No era agradable vomitar, y mucho menos cuando lo hacías delante de otra persona.
—¿Estás bien?
Tendría que preocuparme desde aquí.
No me contestó con claridad. Dijo algo como “ de puta madre ” y luego lo oí irse hasta la cama, donde supuse que dormiría de nuevo hasta que su cuerpo eliminara parte del exceso de whisky que aún llevaba dentro.
Me acerqué en silencio a la habitación. Estaba tapado hasta el cuello y tenía el pelo rubio desordenado sobre la almohada.
Ni siquiera me miró cuando encendí la luz para poder verlo bien.
Apolo me siguió y se subió a la cama para acurrucarse junto a él, pero decidí bajarlo.
Una cosa es que se subiera a mi cama, y otra que lo hiciese en la suya sin saber si le gustaba o no.
Aún había que poner ciertos límites a nuestra convivencia. Ray era un completo desastre dejándolo todo por el medio y yo era todo lo contrario. Me gustaba el orden y saber dónde estaban mis cosas y sobre todo me gustaba la pulcritud.
Si Ray pensaba que me iba a pasar los días limpiando lo que iba ensuciando y ordenándole la casa, iba a llevarse una gran sorpresa.
Volví a la cocina y me serví un generoso vaso de whisky escondiendo de nuevo la botella para que no la encontrase cuando despertara. Me senté en el sillón con Apolo a mis pies y me dispuse a buscar algo en la tele que me entretuviese.
Me moría por saber cómo sería nuestra convivencia.