RAY
Desde que había despertado de la pequeña siesta que me había echado en el sillón, me sentía extraño.
No solo por la resaca, que era de campeonato y que me merecía por haber estado bañándome en whisky desde hacía ya, ni me acuerdo…
sino porque sentía la imperiosa necesidad de volver a beber, de este modo, seguro que me volvía a sentir mejor.
El alcohol y yo éramos amigos desde hacía tiempo, pero Avery, como buena gallina clueca, siempre se encargaba de que las adicciones no se nos fueran de las manos.
Así que ahora que no la tenía cerca, ¡cuánto la echaba de menos!
, me había estado bebiendo las botellas casi de dos en dos.
A la vista estaba, que parecía que me había bebido cuatro botellas de whisky en cinco días.
¿Era eso posible? No lo tenía demasiado claro, pero mi vecino decía que no quedaba más alcohol, y no tenía motivos para no creerle.
Intenté prestar atención a la serie de Netflix que estábamos viendo, pero mi cabeza no dejaba de pensar en que estaríamos mucho mejor si nos bebíamos una copa. Una sola, no necesitaba beberme muchas más.
Cuando ya no lo soportaba más, decidí buscar por mi cuenta las botellas, esperando encontrarme una que se le hubiese pasado a él por alto. Al fin y al cabo, era yo el que vivía allí y no él, ¿verdad?
Pero por más que busqué, el alcohol no aparecía por ningún sitio.
—¿Dónde coño está? —cuanto más buscaba sin hallarlo, más nervioso me ponía.
—¿Qué ocurre?
Que se hiciera el desentendido no me ayudó demasiado en calmar el nerviosismo que empezaba a sentir por no poder beberme una puta copa en mi puta casa.
—Estoy buscando el whisky —como si no fuera más que evidente.
—Te dije que habías acabado las botellas —no parecía demasiado preocupado por ese hecho, y no supe por qué, pero no me podía creer que me hubiese bebido todo el alcohol.
—Es imposible que me haya bebido cuatro botellas de whisky en escasamente una semana —¿verdad?
—Bueno, viendo la cogorza que llevabas encima, no debe extrañarte tanto. De todos modos, tu hígado te agradecerá que dejes de beber durante un tiempo.
—Y una mierda —recordé que él tenía las botellas que le había dado— iremos a tu casa a por las dos botellas que te di.
Se me quedó mirando como si no supiera bien qué decirme al respecto. Para mi consternación, me señaló la ventana mostrándome la ventisca tan impresionante que hacía fuera.
—Creo que no vamos a poder ir a mi casa durante un tiempo.
Esa idea no me aplacó, al revés, me dieron ganas de salir ahora mismo y que el puto frío consiguiera calmar mis ansias de alcohol, o que por lo menos el mal tiempo me adormeciera el cuerpo que empezaba a picarme por el nerviosismo.
—Tonterías —le solté, haciéndome el duro— no hace tan mal tiempo como para que no podamos salir y andar los escasos trescientos metros que hay hasta tu casa.
Cogí mi plumas del perchero que había junto a la puerta, y me lo puse abriendo la puerta de la calle para ir hasta su casa.
—¿Vienes o qué?
Me volví a mirarlo. No se había movido ni un palmo de donde estaba observándome con atención.
—Ray, no puedes salir ahí fuera.
Que me hablara como si fuese un crío me puso aún de peor humor.
—¿Qué? Lo vas a ver en directo. Ya verás como sí que puedo.
—¿Has oído alguna vez la ley de supervivencia del tres?
Parpadeé, intentando aclarar mi mente para ver si entendía lo que me estaba diciendo. ¿Ley del tres?
—¿De qué coño me hablas?
—No abras la puerta y siéntate que te lo explico.
Se sentó en el sillón y palmeó el cojín para que me sentara a su lado. Lo seguí como si estuviese hipnotizado. Ahora quería saber qué era esa ley de la que nunca había oído hablar.
—Digas lo que digas no me quitarás la idea de ir a por el whisky —avisé para que lo tuviera en cuenta.
—La ley de supervivencia dice que un humano no puede vivir más de tres semanas sin comer, tres días sin beber y sobrevivir más de tres horas en temperaturas extremas.
Me quedé pensando en lo que me estaba contando.
—Bueno, no vamos a tardar tres horas en llegar a tu casa —indiqué con la mano la puerta— está a penas a trescientos metros. Iremos y volveremos en apenas una media hora.
—¿Estás seguro de eso?
No entendía dónde estaba el problema.
—Claro —pero ya no estaba tan seguro. Él llevaba años viviendo aquí, en esta montaña agreste y seguro que sabía mejor que yo cómo sobrevivir aquí. Pero pensaba que tardar tres horas en ir y volver era algo exagerado.
—Bien, vamos fuera que te demuestre lo equivocado que estás.
¿Os he dicho lo que odiaba ese tonito de sabiondo con el que me hablaba algunas veces? Pues eso.
—¿Y tu abrigo?
No pensaría en salir sin ponerse algo encima. Porque eso sí que sería un suicidio.
—No lo voy a necesitar.
Nos dirigimos hacia la puerta que abrió de un tirón, bueno, lo intentó, porque al parecer la madera con la nieve del exterior se había quedado “pegada” o “congelada” así que tuvo que darle varios tirones para que por fin se abriera y entonces, un viento furioso y un frío glaciar nos golpeó en la cara, con tanta fuerza, que estuvo a punto de tirarnos al suelo.
La nieve comenzó a entrar en la casa, mientras yo intentaba mantenerme en pie.
—¿Qué coño? Cierra la puerta, joder.
Era mucho más fácil decirlo, que hacerlo. La furia del viento era tal que tuve que ayudar a Liam para poder cerrar la puerta porque él solo no podía.
Terminé congelado, con la cara llena de nieve y cansado de luchar a muerte con el viento para cerrar una puñetera puerta.
—¿Cuánto tiempo pensabas que íbamos a tardar en ir a mi casa y volver?
¿Otra vez ese tonito?
—¡Oh, cállate, joder! Si no vamos a beber, entonces quiero follar.