LIAM
No sabía qué era lo que me atraía tanto de Ray desde que lo conocí.
Ni siquiera era mi instinto protector de médico que me instaba a curar todo lo que viera herido, fuera persona o animal.
No era un animalito indefenso de los muchos que me había encontrado de niño y que siempre me había llevado a casa para intentar salvarles la vida.
Ya fueran pájaros pequeños caídos de los nidos, a los que casi nunca logré salvar, o erizos bebés que me llevé a mi casa, sin saber lo desagradable que sería buscarle gusanos en la tierra para alimentarlo todos los días.
Desde entonces odio los gusanos por encima de todas las cosas, pero salvar a ese animal, al que tuve conmigo durante unos años y al que al final solté en el bosque, fue lo que me animó a ser médico.
Me encontraba a menudo mirando a Ray, cuando estaba distraído, para intentar descifrar los sentimientos tan confusos que me provocaba. No parecía darse cuenta de mi interés, cosa que agradecía, porque no sabía qué podía decirle al respecto.
Era un hombre muy atractivo, de eso no había duda.
Rubio con el pelo por los hombros y sus ojos azules, casi grises, junto con la piel clara y casi lampiña, hacía volver la cabeza a todo el que lo mirara.
Pero ni siquiera era esa atracción física lo que me atraía como las moscas a la miel.
Ni su humor, ese tan borde que entendía muy bien y que me hacía más gracia que otra cosa, porque yo tampoco era el alma de la fiesta ni… yo qué sé.
No lo tenía claro y punto.
Quizás todo el conjunto. O su alma rota, tan a la vista por el dolor que se veía en su mirada. Lo único que sabía era que estaba dispuesto a averiguarlo, y a conocerlo un poco más.
Estábamos los dos sentados en el sillón, con Apolo echado delante de la chimenea, roncando con suavidad, viendo una serie de asesinatos en Netflix, mientras yo miraba el móvil, más aburrido que otra cosa.
De vez en cuando, le echaba algunas miradas a Ray, completamente entregado a la serie, cuando vi las muchas noticias que había en las redes sobre el accidente y la reciente muerte del batería del grupo.
¿Él sabría lo que se estaba contando sobre su grupo?
¿Y todo lo que se decía era verdad? No pude contenerme. Me moría de curiosidad.
—Ray…
—Ummm.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —no quería romper la armonía que habíamos conseguido en las últimas horas, pero quería saber lo que opinaba al respecto. Me miró sin decir nada y supuse que era un sí.
—¿Por qué no te bombardea la prensa con llamadas sobre el accidente? Sé lo muy pesados que se pueden volver para conseguir una noticia jugosa. Y tal como están las redes... —no quise añadir nada más, estaba seguro de que él sabía de lo que le estaba hablando.
—Avery es la que gestiona mi teléfono “público” por así decirlo. Casi nadie tiene mi número privado. Me he venido aquí, intentando dejar de ser el foco de atención. Si no fuera así, tendría a la prensa en la acera de mi casa día y noche, y ahora mismo no podría vivir bajo esa presión.
—Te entiendo. ¿Hace mucho qué conoces a Avery? —Parecía estar receptivo, así que aproveché para saciar mi curiosidad.
—Ella fue nuestra segunda representante y la que ha conseguido que lleguemos a donde estamos ahora.
Ya has podido comprobar que es muy protectora —asentí mientras me acomodaba para mirarlo de frente— nuestro anterior representante era un desalmado que nos timó llevándose nuestro dinero y nuestro prestigio con él.
A ella nos la presentó un amigo común cuando ya estábamos decididos a dejar la música, y hasta hoy.
Ella ha luchado con nosotros hasta llegar a lo más alto —Su voz se fue apagando a la vez que su rostro comenzó a entristecerse también— sé que representa a más gente y espero que le vaya bien ahora que nosotros ya no estamos.
—Bueno, tú eres músico, ¿no?
Se suponía que uno era músico siempre, y que la música no desaparecía por nuestro estado de ánimo.
—Sí, pero yo no soy nada sin ellos.
—Tonterías —no hice caso de su cara de incomodidad. Era un tema que tendría que decidir en algún momento y quería saber lo que pensaba hacer con su vida a partir de ahora —seguro que puedes cantar en solitario o montar otro grupo, cuando estés listo, claro.
—La música se acabó para mí.
Sentenció con rotundidad y no quise insistir para no romper el buen rollo.
—Bueno, supongo que el tiempo lo dirá.
Lo vi levantarse a la cocina y empezar a rebuscar por todos los armarios. Sabía lo que estaba buscando, el whisky, y la había escondido donde me garantizaba que no lo iba a encontrar.
—¿Dónde coño está? —murmuró por lo bajo sin dejar de abrir y cerrar armarios. La cocina era casi diminuta, así que no tenía mucho donde buscar.
—¿Qué ocurre? —me hice el desentendido.
—Estoy buscando el whisky.
Sabía lo que buscaba, pero preferí hacerme el desentendido.
—Te dije que te habías acabado las botellas.
Me alegraba mucho que no recordara con claridad las que se había bebido o sabría a ciencia cierta que se las había escondido, las dos que quedaban por lo menos. Seguir bebiendo era lo último que necesitaba, y no iba a permitirle que se volviese un alcohólico por muy hundido que estuviese.
—Es imposible que me haya bebido cuatro botellas de whisky en escasamente una semana.
Me encogí de hombros, haciéndome el desentendido.
—Bueno, viendo la cogorza que llevabas encima, no debe extrañarte tanto. De todos modos, tu hígado te agradecerá que dejes de beber durante un tiempo. —No estaba seguro de si eso lo convencería, por supuesto me equivoqué. No era un hombre que se diera por vencido con tanta facilidad.
—Y una mierda— me soltó —iremos a tu casa por las dos botellas que te di.