LIAM
Estaba hecho unos zorros. Ray temblaba entre mis brazos y podía oler el alcohol en su piel. Supuse que llevaba borracho desde que le dieron la noticia de la muerte de su compañero, hacía ya unos días.
Aunque había estado muy enfadado con él por pensar que había intentado suicidarse sin pensar en el dolor que eso provocaría en Avery, sabía que toda esta rabia escondía una honda preocupación por un hombre, que sin saber bien por qué, porque ni siquiera nos caíamos especialmente bien, había conseguido llegarme al corazón y se había asentado en él de donde supuse que me iba a ser muy difícil sacar.
Era el único amigo que tenía ahora. Desde que me fui al ejército, había perdido todo contacto con mi vida anterior.
No me hablaba con mi padre, apenas tenía relación con mi madrastra y de mi hermanastra mejor ni hablar.
Los pocos amigos que tenía cuando me fui, los dejé de lado y me olvidé de ellos cuando me licencié del ejército y me vine a esta parte del mundo a lamerme mis heridas.
Así que aquí estaba. Abrazando a un hombre totalmente deshecho por el dolor y la culpa, y no sabía por qué motivo, no podía dejarlo solo.
Me aparté de él para mirarlo a la cara. La tenía congestionada de haber estado llorando. Se tambaleó un poco al perder mi punto de apoyo y se sonrojó, si era posible, por la vergüenza de que lo hubiera visto así.
—No me mires, joder —se intentó volver y dio un traspiés. Lo sujeté antes de que cayera al suelo y lo empujé con firmeza hacia el salón para que se sentara en el sillón mientras preparaba algo de comer.
—¿Has venido hasta aquí con este tiempo?
El viento sonaba aterrador tras la ventana y solo se veían los copos de nieve, desplazados furiosos por la ventisca.
—Bueno, ha empeorado bastante. Cuando salí de casa parecía que la tormenta se estaba tomando un respiro. Voy a preparar algo de comer. Debes tener hambre.
Me sentía extrañamente en paz conmigo mismo. Haber contado mi propio dolor mientras él se derrumbaba en mis brazos me había servido de catarsis para mis propios fantasmas. Saber que no había intentado suicidarse y que nunca pensó en esa opción me dejaba mucho más tranquilo.
Podía marcharme y dejarlo en paz con su duelo. Pero no iba a dejar que siguiera alimentándose de whisky hasta destrozarse la vida.
—No tengo hambre —miró a la encimera donde tenía las botellas de whisky que yo había ocultado antes por seguridad— ¿no queda más whisky?
Entrecerró los ojos para concentrarse. Había estado tan borracho que ni siquiera sabía lo que se había bebido durante estos días. No pensaba decirle nada hasta que desapareciera esta parte autodestructiva que tenía desde la muerte de su compañero.
—Tú sabrás que eres el que se lo ha estado bebiendo —decidí cambiar de tema —voy a hacer pasta. Te asentará el estómago.
Iba a volver a negarse, pero sus tripas gruñeron de manera muy ruidosa y ya no pudo volver a negarse.
—Vale —se quedó callado mirando el fuego de la chimenea. Apolo se le acercó, buscando mimos y le puso la cabeza en la pierna. Siempre me sorprendía lo empático que era. Siempre sabía cuál era mi estado de ánimo y lo que necesitaba para sentirme mejor.
Ray lo acarició, distraído.
No apartaba sus ojos grises de mí, mientras yo seguía preparando la comida en el fuego.
—¿Te ha llamado Avery?
Lo miré antes de contestarle. Continuaba acariciando la cabeza de Apolo mientras seguía con la mirada mi ir y venir de la nevera a la vitrocerámica, buscando los ingredientes para hacer un plato mínimamente nutritivo.
—Sí. Estaba muy preocupada por ti —no quise callarme lo que pensaba al respecto de ser tan cruel con ella— deberías llamarla en cuanto te sientas mejor.
—Esa mujer es peor que un perro con un hueso —se agachó para hablar con Apolo más de cerca— Sin ánimo de ofender, ¿eh? —le dijo al perro que no levantó la cabeza de su pierna para que siguiera acariciándolo.
—Le pagas para eso, ¿no?
—Ya, pero también le pedí que me dejara un poco de espacio y mira…
Me señaló a mí con la mano y me reí bajito. Tenía razón. Avery era una mamá gallina que necesitaba saber lo que pasaba con su polluelo. En estos momentos hacía bien por preocuparse por Ray, ya que estaba de todo menos bien.
—No sé qué hubiese pasado si no hubiera venido a verte— todavía tenía el susto en el cuerpo.
—Y dale, que no intenté suicidarme, pesado. Solo que me tomé las pastillas demasiado seguidas, pero no lo hice a intento.
Me miró, ofendido por que no me creyese su explicación. Ahora que lo veía con otra perspectiva parecía que lo decía en serio.
—Bueno, pues las pastillas se acabaron —lo tenía más que claro.
—¿Qué? ¿por qué?
No me sorprendía nada su indignación.
—Porque te las receté para que lidiaras con el dolor, no para que te colocaras con ellas —cada vez que lo recordaba, mi genio se encendía como la gresca seca.
—¿Y a ti qué coño te importa? Las necesito y punto.
Bueno, si Avery era una mamá gallina que no cesaba nunca en su empeño, yo podía ser mucho peor.
—Cuando las necesites de verdad, te daré una. Ahora ayúdame a poner la mesa que vamos a comer.
Se levantó gruñendo por lo bajo, pero comenzó a sacar los cubiertos y a ponerlos en la isla de la cocina.
—Todavía estoy borracho, joder —se sentó en el banco alto o mejor, se dejó caer cuando estaba a punto de irse al suelo, y luego me miró como si acabara de darse cuenta— espera, ¿vas a quedarte aquí conmigo?
Su tono de sorpresa y desagrado me hizo reír.
—Justo —le señalé la ventana— por lo menos hasta que se calme la tormenta.
—Aquí siempre está o lloviendo o nevando —refunfuñó de mal humor.
—Qué suerte tienes, ¿no?
—Sí, una suerte loca.