Asuntos pendientes RAY
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RAY

Me sentía medianamente persona cuando me obligué a salir del baño, ya vestido, para aclararle al tocapelotas de mi vecino que no me había intentado suicidar.

¿De dónde coño había sacado esa idea? Que estuviese ahogando mis penas en alcohol, que eran muchas y lo había intentado con ganas, para qué negarlo, no significaba que fuera tan cobarde de intentar acabar con mi vida, pero seguía sin entender por qué había llegado a esa conclusión.

Incluso si fuera así, ¿a él qué coño le importaba lo que yo hiciera con mi vida?

Él estaba con el teléfono en la mano, junto a la puerta de la cabaña que era donde mejor cobertura había.

No quise saber con quién había hablado…posiblemente con Avery que era muy pesada, aunque en el fondo me remordía la conciencia por no haberle cogido el teléfono ninguna de las muchas veces que me había estado llamando estos días.

—¿Me lo estás diciendo en serio?

Se acercó a mí en dos zancadas y parecía tan furioso que estuve a punto de dar un paso atrás. Si mis piernas me hubiesen respondido, que no era el caso.

Dejé que mi cuerpo se arrastrara hasta el suelo y me quedé allí sentado, intentando que mi cabeza, que no dejaba de dar vueltas, se asentara un poco. Y mi estómago también, ya puestos a pedir.

—No sé de dónde has sacado esa mierda de idea —le solté, porque veía con claridad que no me estaba creyendo.

—Quizás porque al obligarte a vomitar he encontrado suficientes pastillas de las que te receté en tu estómago, y eso no tiene otra explicación.

Estaba intentando analizar sus palabras, pero seguía con la cabeza llena de niebla y era incapaz de hilar dos pensamientos seguidos. Pero sí entendí algo relacionado con sus pastillas y con vomitar.

—¿Me has obligado a vomitar con lo malo que me pongo? ¿pero a ti qué coño te pasa?

—Te he salvado la vida, gilipollas —se alzó sobre mí como un ángel vengador y esa idea no supe por qué me gustó y luego me horrorizó, casi todo a la vez.

—Y dale, que no me he querido suicidar —cerré los ojos con fuerza, ante el dolor de cabeza tan horroroso que sentí de repente— y no me grites, joder que me duele la cabeza.

—Eres la persona más egoísta e irresponsable que me echado a la cara.

Abrí los ojos por el odio con el que me soltó esa frase. No entendía qué coño le había hecho a este tío. ¿Y yo había pensado que liarme con él podía ser buena idea?

Ese comentario me dolió tanto que conseguí ponerme de pie sujetándome a la pared para poder mantenerme erguido y enfrentarme a él desde su misma altura.

Estar sentado en el suelo me dejaba en una posición vulnerable, y no me daba la gana que me riñese como si fuese un crío mientras estaba tumbado en el suelo.

—¿Qué coño sabes tú lo que estoy sufriendo? —le solté perdiendo la paciencia.

Ese último comentario me había dolido, y no iba a permitir que me juzgara sin saber por lo que estaba pasando— he perdido a toda mi familia, joder— Sentí mis ojos llenarse de lágrimas, otra vez.

Pensaba que ya había llorado suficiente desde el accidente, pero estaba visto que tenía una capacidad ilimitada para crear lágrimas.

Me las limpié con un manotazo molesto— mi grupo y la música eran toda mi vida, y ahora…

—intenté coger aire, pero tenía un nudo en la garganta que no me dejaba respirar, me obligué a decirle lo que pasaba para que supiera de una vez la mierda de vida que estaba llevando desde los últimos meses—…

ahora no me queda nada. Por mi culpa todos están muertos, todos… y yo no me merezco seguir viviendo…

—Fue un accidente.

Lo dijo en voz tan baja que me callé de repente, pensando que me lo había imaginado.

—¿Qué?

—Que fue un accidente, Ray, no fue culpa tuya ni de nadie.

—Fue culpa mía —repetí alzando la voz para que me oyera bien y no le quedara ninguna duda— soy un monstruo y no me merezco nada bueno después de lo que hice.

—¿Y por eso has intentado suicidarte? No te pensaba tan cobarde.

Este hombre no se enteraba de nada. ¿Cuántas veces se lo iba a tener que repetir?

—Y dale, que no he intentado nada. Es solo que esas pastillas junto con el alcohol me evadían de la realidad —le solté malhumorado. A él no le importaba una mierda lo que yo hiciera, pero no quería que pensara lo que no era.

—Había cuatro pastillas en tu estómago —me gritó a la cara y yo me sobresalté.

Joder con los gritos. Me limpié los mocos en la manga de la camiseta porque apenas podía respirar y me importó una mierda el gesto que hizo con la cara cuando me vio lo que hice —habrías caído en coma si no te llego a hacer un lavado de estómago.

¿Y me estás diciendo que no lo has intentado?

Parpadeé, todavía confuso e intenté pensar en el tiempo que había pasado desde que me había tomado las últimas pastillas. Por supuesto no lo podía recordar.

—Me las tomaba de dos en dos, cada vez que se me pasaba el colocón —dije en voz baja mientras intentaba poner en orden mis pensamientos —debí tomármelas pensando que había pasado más tiempo…

—¿Encima ibas a morir por accidente? —bufó sin saber bien si reírse o no —lo tuyo no tiene nombre, de verdad. Eres increíble.

—Y tú no tienes ni puta idea de lo que se siente cuando lo pierdes todo.

—Mi pareja murió en mis brazos después de pisar una mina antipersonas que casi lo partió por la mitad —me soltó en voz baja. Para mi desgracia eso sí lo oí con claridad, y me dejó totalmente fuera de juego —no me digas a mí lo que se siente al perder a alguien querido.

No supe qué decirle a eso. Mis lágrimas caían por mis mejillas mientras oía la ventisca silbar fuera de la cabaña. Se hizo tal silencio dentro, que oía la leña crepitar en el fuego y a Apolo roncar suavemente junto a la chimenea.

—Lo siento —fue lo único que le pude decir.

Y no supe por qué, pero de repente me encontré abrazándolo con fuerza contra mi pecho, intentando consolarlo yo a él.

Los dos estuvimos llorando así, en silencio y abrazados uno al otro, dándonos un poco de consuelo ante el dolor de haber perdido a las personas queridas. Y ese momento fue nuestro punto de inflexión.