LIAM
Es muy extraño cómo nuestra mente nos trae recuerdos en los momentos más inoportunos.
Hace cinco años que discutí con mi padre, y cansado de intentar contentarlo sin perderme yo en el intento, decidí alistarme en el ejército y hacer algo útil para los demás.
Me destinaron a Irak como médico militar.
Maldita sea la hora en la que pensé que era buena idea irme al otro lado del mundo y meterme de lleno en el infierno, porque todo el que piense que una guerra no es el infierno en la tierra, debería irse un par de días a vivir en primera persona, el terror que se siente al ver las bombas caer, el olor del miedo y la sangre en el aire.
Y si encima tienes que ver a los escasos amigos que haces allí morir en tus brazos…
el teniente de mi batallón, el hombre que intentó hacerme más llevadero mis días allí, el que se convirtió en mi pareja y en mi paño de lágrimas, murió en mis brazos cuando le explotó una bomba bajo los pies al intentar entrar en un pueblo rodeado por el enemigo.
Me lo trajeron minutos después de que explotara, y llegó a mi tienda con el tiempo justo para despedirse de mí y pedirme que me marchara de esa guerra antes de que acabara también conmigo.
Yo intentaba no pensar en esos años, pero encontrarme a Ray tirado en el suelo sabiendo lo que había intentado hacer con su vida, me trajo a todos mis demonios de vuelta, y nunca sabía qué hacer con ellos cuando se metían en mi cabeza.
Este hombre era un puto desastre todo el tiempo. No conseguía saber por qué se había venido a este inhóspito lugar, porque si lo que quería era quitarse la vida, no iba a permitírselo. Al menos mientras pudiera evitarlo.
Tenía estrés postraumático desde que volví de Irak, y aunque lo había estado tratando antes de venirme a este rincón olvidado del mundo, la mayoría de las noches despertaba con pesadillas donde volvía a ver morir a mi pareja sin poder hacer nada por él.
La vida era un regalo y, si te lo propones, encuentras un motivo para seguir luchando día a día. Por muy destrozado que estés, por muchos golpes que te hubiese dado la vida, por muy negro que esté tu futuro, siempre había una luz después de un túnel.
Encontrarme a Ray tirado en la cama, así, medio muerto, me puso de un humor negro del que luego me costaba mucho salir.
No sabía por qué me preocupaba por él. Era desagradecido, arisco, y necesitaba una puta niñera que le dijera lo que tenía hacer y lo cuidara todos los días.
Me ponía de los nervios la mayoría de las veces, pero no podía dejar que se muriera allí, solo, aunque no fuéramos amigos, no podía alejarme de él y dejar de preocuparme.
El dolor que sentía y que se reflejaba en sus ojos, ya no solo el físico, sino el emocional, me atraía hacia él como un barco ante un faro en una noche sin luna. No podía desentenderme de él. Punto.
Se me partía el corazón verlo así, tan destrozado así que preferí mostrarme indiferente ante el evidente dolor que sabía que sufría, antes que abrazarlo y consolarlo, que era lo que de verdad me apetecía hacer.
La muerte de otro integrante de su grupo había roto el hilo mental que lo mantenía a un paso de una depresión en toda regla, y sabía que había sido el detonante para intentar destruirse, como estaba haciendo desde entonces.
—Por encima de mi cadáver —empecé a apilar troncos en la chimenea para asegurarme de que no volviera a apagarse durante un montón de horas.
No pensaba marcharme de allí. Ray iba a tener que aguantarse conmigo en su casa, y aunque no me apetecía nada hacerle de niñera, me sentía en deuda con Avery, y no me perdonaría nunca el dolor que sabía que sentiría si se enterara de que a este idiota le había pasado algo.
Me hice un café para mí también en la máquina de cápsulas que tenía el pijo este en la cabaña. Tenía que reconocer que estaban mejor que los que hacía yo en mi cafetera italiana.
Llamé a Avery, aunque supuse que estaría subiéndose por las paredes. Apolo no me quitaba el ojo de encima, quizás notando mi nerviosismo. De vez en cuando miraba hacia el baño, como esperando a que mi vecino saliera de allí para saludarlo.
—Hola, no te preocupes está bien— la oí suspirar al otro lado— no, estaba durmiendo la borrachera —no tenía necesidad de preocuparla más todavía si se enteraba de lo que había estado a punto de pasar— lo he dejado en la ducha…
—Por favor, quédate con él —me pidió en voz baja, como si Ray se pudiera enterar de lo que estábamos hablando— todo esto está siendo muy duro para él y me da miedo que haga un disparate.
—Si tú supieras— pensé para mí.
—Quédate tranquila, me quedaré aquí con él el tiempo que haga falta.
—Te pagaré lo que quieras —me propuso con voz insegura, sin saber muy bien lo que yo podía pensar por su ofrecimiento.
—No lo hago por dinero, Avery, a mí también me preocupa —reconocí a mi pesar.
—¿Puedo hablar con él?
Recordé que apenas se le entendía lo poco que podía hablar por el colocón que llevaba, así que quise evitarles el mal trago a los dos. Ella era capaz de venir a por él en el primer avión que encontrara.
—Lo he dejado en la ducha y creo que tardará un rato en dar señales de vida. Le diré que te llame en cuanto se encuentre más lúcido.
Yo mismo le marcaría el número para que se pudiese quedar tranquila.
¿Por qué trabajaba alguien para este tipo de personas que no suelen dar nada más que problemas?
Yo hubiese dimitido a los cinco minutos, o le hubiese roto la cara tan bonita que tenía de un puñetazo.
Ganas no me faltaban incluso sin trabajar para mí.
Colgué cuando oí abrirse la puerta del baño.
Ray se había vestido con la ropa que le había dado. Todavía estaba descalzo y le goteaba el pelo. Ni siquiera se lo había secado con la toalla. Se sujetó en el marco de la puerta. Parecía a punto de desplomarse en cualquier momento.
—No he querido suicidarme. Ni siquiera lo he pensado… solo quería huir del dolor.