Asuntos pendientes RAY
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RAY

No sabía qué hacía mi vecino en mi casa, pero me daba absolutamente igual. Pensaba volver a coger otra botella de whisky y seguir con mi particular via crucis. No había hecho más que empezar.

La inconsciencia tiraba de mí con fuerza, y no tenía fuerzas ni para incorporarme y salir de la ducha. Gruñí por el frío del agua que me estaba congelado, pero no me podía poner de pie, ni aunque me fuera la vida en ello.

Como no podía levantarme me arrastré fuera de la ducha y me quedé tirado en el suelo, intentando recuperar el aliento por el esfuerzo.

La cabeza me daba vueltas y tiritaba tan fuerte, que me dolían los putos dientes por el castañeo que tenía.

Mi cuerpo temblaba de frío y de angustia, me sentía tan hecho mierda, que me aovillé en el suelo del baño y me quedé allí, esperando a coger una pulmonía o morirme de frío.

Me daba igual. Todo me daba igual. Pero por supuesto mi vecino no me iba a dejar morir en paz. ¡Maldito fuera!

—Bien, veo que ya estás más espabilado —entró en el baño como si estuviese en su propia casa y olí lo que traía en las manos. ¡Café! Pero no podía abrir los ojos ni para mirarlo.

—¿Qué coño haces en mi casa? —gruñirle esas simples palabras me costaron un enorme esfuerzo por el castañear de mis dientes.

—Salvarte de ti mismo por lo que veo.

Lo sentí más cerca de mí y supe que estaba acuclillado a mi lado. Me obligué a abrir los ojos para fulminarlo con ellos. No puedes fulminar a nadie si tienes los ojos cerrados ¿verdad? No se inmutó.

—Lárgate y déjame en paz.

Me miró unos segundos antes de contestarme.

—No, creo que no lo voy a hacer. Hace demasiado mal tiempo para volver a mi cabaña, y además, está claro que eres un peligro para ti mismo. ¿Puedes desnudarte solo o necesitas ayuda? Vas a coger una pulmonía con esa ropa mojada.

—Gracias a ti, se te ha olvidado decir— gruñí sin mirarlo.

—Arriba —me cogió la mano y me tiró de ella para incorporarme— gruñí por el dolor que sentí en mi hombro— vamos a quitarte esta ropa mojada, a ponerte algo seco y a que te tomes el café que he preparado mientras se termina de hacer la sopa. ¿Puedes desvestirte solo?

No conseguía entender lo que me estaba diciendo. ¿Desde cuando hablaba tan rápido este hombre?

—Ya veo. Vamos a sentarte aquí para poder quitarte esta ropa mojada.

Noté que me sentaban en algún sitio y luego comenzar a tirar de… mi ropa… un momento ¿me estaba desnudando?

Me sentí indignado por tomarse ese tipo de libertades.

—Quita…déjame.

Manoteé al aire para que me dejase en paz, y de repente, donde estaba sentado se movió y me sentí caer al vacío…

Me sujetaron antes de golpearme contra el suelo. Menos mal.

—Estate quietecito y déjame quitarte esta ropa mojada.

Volví a quejarme cuando sentí sus manos tirando de la ropa mojada que se me pegaba al cuerpo como si fueran parte de mi piel. Estaba lo suficientemente colocado como para marearme más todavía de moverme tan bruscamente de un lado a otro.

—¡Qué me dejes, joder…lárgate!

—No puedes mantenerte sentado así que tampoco puedes desnudarte solo. No voy a tocarte ni a hacerte nada, solo quiero quitarte la ropa mojada.

Sus palabras me llegaron, por fin, a mi cerebro donde conseguí procesarlas. Supuse que estaría a salvo con él, así que guardé la poca dignidad que me quedaba y me dejé desnudar mientras seguía temblando de frío.

Sentí una toalla mullida sobre mis hombros y agradecí que me secara, aunque más que secarme, parecía que me quería arrancar la piel a restregones.

—Ay… con cuidado, joder. Me estás despellejando vivo.

Me peleé con sus manos para arrebatarle la toalla, y cuando me la cedió con un bufido, me tapé con ella como si fuese una momia de Egipto.

—Voy a traerte ropa seca y dejaré que te vistas tú solo.

—Mmmm —no pude decirle nada más.

Estaba muy agustito tapado con la toalla. Me recreé en su suavidad y en el calor que me ofrecía. Me acurruqué, y gemí de gusto sin abrir ni siquiera los ojos.

—Tómate el café —no iba a hacerle caso, pero el pesado me destapó buscando mi mano y me puso la taza caliente en ella para que la sujetara.

—Pero ¿qué coño pasa contigo? —hasta ahora no me había dado cuenta de su agresividad conmigo. ¿Qué coño le pasaba? ¿Estaba enfadado?

—No quieras saber lo que me pasa —me soltó cuando cogí la taza, y salió del baño para dirigirse a mi habitación, supuse que a por la ropa.

—Venga, ilumíname —le pedí mientras daba un sorbo al café caliente que tenía en las manos.

—No me imaginaba que fueras un puto cobarde.

Me puso la ropa encima de tan malas maneras que estuvo a punto de tirarme del banquito donde estaba sentado junto a la ducha. No conseguía entender lo que me decía.

—¿Nunca has intentado olvidar tus penas con alcohol? —no entendía cuál era el drama.

—Pero nunca he intentado suicidarme —se quedó parado frente a mí, exudando mal humor por todos los poros de su cuerpo.

Tenía la mandíbula apretada y los puños cerrados con fuerza, quizás para evitar darme un puñetazo que era lo que de verdad parecía querer hacer— ¿En qué coño estabas pensando? ¿Suicidarte? ¿En serio?

Parpadeé desorientado. Me seguía costando mucho entender lo que me decía, pero… ¿suicidarme? ¿De dónde coño había sacado esa idea?