Asuntos pendientes RAY
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RAY

Bastaron unas palabras en el móvil para destrozarme el corazón por completo. Tenía la triste ilusión de que Connor se recuperara. Lo esperaba, con el terror de saber que si él también moría, ese puto accidente había acabado con mi mundo entero. ¡Qué iluso!

Desde que conocí a mi vecino, esa costumbre tan extraña que teníamos en la que en todos los encuentros, uno de los dos decía algo indebido, me había terminado por gustar.

De hecho, cada vez me gustaba más encontrarlo en los momentos más inesperados.

No necesitaba unos chupitos de whisky para lanzarme a por él, pero aproveché ese momento como excusa. Tras tantos meses sin sexo estaba muy necesitado, así que me lancé sin pensármelo dos veces.

Maldita Avery por ser tan inoportuna, quizás si hubiésemos follado tendría otra imagen en mi mente que no fuera la de Connor, muerto por mi culpa.

No sé cómo llegué a mi casa tras la noticia, no tengo constancia alguna de lo que pasó tras leer el mensaje. Solo sé, que cogí una botella de whisky y me la metí en la cama conmigo hasta que se me olvidara el mundo y el dolor que tenía al respirar. No recuerdo nada más.

Pasaba de la inconsciencia del alcohol al dolor más absoluto. Mi alma clamaba a gritos que la aliviara, y, excepto por el alcohol y la bendita inconsciencia que lo acompañaba, no había nada que me aliviara ese dolor que me atenazaba el corazón roto en mil pedazos.

Solo recordaba ir de vez en cuando por otra botella a la cocina donde las tenía. Me olvidé del teléfono, de comer, y de todo, excepto de mis necesidades fisiológicas. Así que mi cama se convirtió en mi tumba.

No pensaba volver a levantarme jamás de esta cama. Me repudiaba por ser el asesino que había acabado con toda mi familia, porque mi grupo de música eran eso, la familia que escoges en determinados momentos de tu vida y a la que quieres incluso más que a la de sangre.

Si no estaba inconsciente por el alcohol no podía dormir, así que cuando el cuerpo no admitía más alcohol, me tomaba una o dos pastillas de las que me había dado mi vecino para que me dejaran fuera de combate un montón de horas, acallar mi conciencia y poder permanecer tranquilo.

De esos momentos de colocón en los que nada me importaba, despertaba para volver a perderme en el alcohol, y volver a conseguir la bendita oscuridad donde nada ni nadie me dolía.

Podía haber acabado con mi vida tomando todas las pastillas de golpe, pero era demasiado cobarde incluso para eso.

Me merecía una vida larga y atormentada por mi conciencia.

Los asesinos como yo, solo se merecen sufrir. Y así fueron pasando los días.

Cada vez tomaba las pastillas más seguidas y me había dado cuenta de que al tomarlas con el whisky me hacían más efecto todavía.

Salí de la inconsciencia cuando comencé a vomitar sin venir a cuento.

¡Joder, qué mal! Yo casi nunca vomitaba, y en las contadas ocasiones en las que lo hacía, me ponía malísimo.

No entendía por qué vomitaba de repente, pero ahí estaba.

Entonces lo escuché. Una voz que me obligaba a hacer cosas. Luego se calló. Bendito fuera. Luego alguien me amenazaba y quería… ¿qué quería? Gruñí e intenté volver a mi inconsciencia. Volvieron a amenazarme.

—Déjame —logré soltar en un susurro. Me dolía la garganta y la tenía seca como la arena del desierto.

Me quejé mientras me tumbaban en algún sitio.

Bendito fuera. ¿Quién había entrado en mi casa?

Estaba tan colocado que se me hacía imposible ordenar dos pensamientos seguidos.

En cuanto me relajaba un segundo, la mente se me quedaba en blanco y volvía a la inconsciencia.

Por mi parte se podían llevar la cabaña entera que no me importaba.

Un dolor agudo, como agujas clavadas en la piel, me sacó de golpe de la inconsciencia, y alcé la mano para evitar que se me clavaran en la cara. ¿Qué estaba pasando? Esas mismas agujas congeladas se me empezaron a clavar en la piel. ¡Joder, qué dolor!

Me quejé en voz alta.

—Joder.

—¡Te aguantas! —contestó alguien a mi lado.

​ Entonces reconocí la voz y me obligué a abrir los ojos y ver a Liam con la ducha en la mano. ¿El cabrón me estaba duchando con agua fría? Eso me sacó de mi estado de seminconsciencia. ¡Hijo de puta! Esta se la pensaba guardar.